
No sabría decir qué clase de vida llevaba desde entonces. Lo que sí sé es que desde que ella había desaparecido nada había vuelto a ser lo mismo. Cada día era indistinto a los demás. Uno detrás de otro tenía el mismo significado, y cada mañana miraba desde la gran ventana del ático con la esperanza de volver a mi vida de antaño, a aquellas horas en las que ella, a mi lado, me había producido la más placentera sensación de sentirse enamorado.
Jamás supe explicar qué cosa corría por mi sangre por aquel entonces, ni qué sufrimiento me invadió cuando una mañana desperté solo en la cama en la que dos astros bailaron al son de la luna que los iluminaba. Estaba loco por ella, y ella, no lo sé, no sabría decir ni quién era, porque pasé de conocerla tanto a no saber absolutamente nada de ella. Porque ahora era una desconocida.
A lo mejor se había marchado con aquel rico alemán que la pretendía desde hacía tiempo. Y si así había sido, nada podría hacer contra eso. Pero tampoco estaba seguro de que fuera eso lo que le había sucedido, pues quizás se había marchado para siempre. Lo cierto es que nunca lo sabría, porque no abandonaría el lugar que tan intensamente nos había unido.
Ni siquiera se había despedido de mí. No me había dado la oportunidad de explicarle lo que sentía, de decirle lo que mi corazón me contaba cada minuto que pasaba con ella. Estuve noches en vela pensando por qué y sólo me dolió no saber qué fue lo que quedó en su corazón después de todo lo que nos había acontecido.
Pasaron meses y todo me recordaba a ella. No fueron capaces mis ojos de dejar caer ninguna gota milagrosa. No sucedió lo mismo con la tinta de la pluma que escribía la novela que escribiría mi futuro. La fe que tenía en que volviera traspasaba límites.
En aquellas fechas andaba trabajando en la reforma de mi humilde morada, esa que tanto me recordaba a la niña de mis ojos. Pensé pintarla verde porque era el color de aquella mirada conquistadora de mi alma. Me juré recordarla cada día de mi vida. Y prometí pensar que su desaparición tenía alguna explicación, por remota que fuera. Que la riqueza de otro no podría compararse a todo el amor que yo podría ofrecerle, era el único consuelo que me quedaba. Y si no había sido así, que Dios me llevara para volver a su lado.
Pero pasaron los días y mi casa verde iba perdiendo el sentido que le había dado mi pretensión de caminar hacia atrás buscándole sentido a algo que había cambiado mi vida de un modo estrepitoso. A veces perdía el norte y me ensimismaba con mis turbios pensamientos. La vida no estaba siendo justa conmigo y las gotas de tinta dieron paso a unos ojos húmedos que echaban en falta a aquel sueño tan maravilloso. Por qué había desaparecido de aquella manera.
Una noche me quedé despierto hasta tarde. Había estado escribiendo el final de mi novela. Había terminado de escribir la historia de mi vida. Tan distante de la realidad, que quise cerrar los ojos y que aquellos fueran los últimos segundos en los que existiría. Escuché de fondo el tic tac del reloj. Me perseguía la hora de mi hora, y ya sabía lo que sucedería cuando esa noche apagara la última luz de la casa. Estaba escrito, y el vaso a mi lado esperaba un trago cuando la oscuridad se hubiera apoderado del habitáculo.
Sentí el líquido en mi garganta y la última lágrima caer sobre mi rostro. Me dejé caer sobre la cama sin pensar en nada, sólo en lo que me esperaba, en lo que marcaría el sucederse de las palabras de mi libro. Jamás volvería a sufrir, jamás volvería a estar solo ni a ser abandonado. Estaba esperando el crujido del primer interruptor que encendiera una vida e iluminara el lugar donde esperaría sentado un cambio de rumbo.
*
Sonreíamos a la luz de las velas y las lámparas que encendían nuestras miradas perseguidoras de un sueño. Supimos que nuestro amor era diferente al del resto, por puro y de ensueño. Porque vivíamos el uno en el otro y nos sabíamos un sólo ser capaz de alcanzar lo infinito con un sólo beso. Entonces, a mi vuelta, la quise más aún, y borré las lágrimas y los malos recuerdos. No hice preguntas y mantuve la esperanza de que las luces fueran capaces de iluminar toda una vida. Quise dar un paso y regresar al principio de todo, quise volver para mirarla a los ojos y decirle todo cuando sentía. Una vez que consiguiera asir sus manos y mirarla para después susurrarle al oído que mi vida se justificaba con su existencia, y que nada tendría sentido sin ella, podría escribir una novela con un final bien distinto. Las luces se apagarían y el amor conquistaría cada rincón de aquel sueño que yo mismo había pintado de verde…

25 de septiembre de 2009
Francisco José Campos Jareño
Monterrey – México






