“Al fin y al cabo, no tengo nada que perder, y mucho que ganar…”

Para mi amigo y hermano extremeño, mi fiel compañero en cada instante de esta vida,

J.M.G.G.

Yo no sé si vale la pena mirar atrás para ver que los días que compusieron mi anterior vida nunca lograrán ser tan hermosos como esta época maravillosa que me ha tocado vivir, y ver.

Cada día me levanto entusiasmado y con ganas de comerme el mundo. Cuando me subo a mi Kia lo primero que hago es ponerme música. A veces maldigo a estos torpes sevillanos que aún siguen dormidos cuando conducen de camino al trabajo. Pero no me importa llegar tarde a clase. Nunca me ha importado. Porque así puedo elegir con quien sentarme. Incluso puedo decidir no entrar y esperar en la cafetería leyendo el periódico mientras devoro una tostada completa (Jamón, aceite y tomate restregado).

Tengo cara de enamorado. Eso me ha dicho Elena esta mañana. He hecho caso omiso a sus palabras pero es cierto que tengo el corazón en un puño desde hace unos meses. Y creo que estoy completamente enamorado de Noelia.

No sé si alguna vez has mirado a alguien y te has estremecido. Si has pasado junto a esa persona y has cerrado los ojos en un gesto de desesperación ante lo imposible pero necesario. Ese sentir como todos tus sueños se desvanecían en ese preciso instante en que aparecía el otro afortunado. Y el cuerpo temblar y perder el control de tus movimientos, de tus palabras, y el sentido de la vida. “Es el amor, que pasa…”, dijo Bécquer. “Hoy creo en Dios”, añadió en otra ocasión.

Me reí de los tiempos en que la noche era la parte fundamental del día. Las copas, las camisas ceñidas y el perfume de Jean Paul Gaultier. Qué derroche de horas para acabar entendiendo que los amaneceres y las miradas son el nacimiento de los sueños convertidos en vida, y que cuando anochece todo se desvanece.

Y es por esa razón por la que cuando mis ojos se encontraron con su mirada por primera vez, supe que la vida debía ganarle la batalla a los sueños. Porque si creía en mis posibilidades, tenía que concluir que contemplarla era algo maravilloso, pero conseguir un beso suyo sería la perfección más plena que podía alcanzar.

Siguieron las miradas y las palabras. Su caminar tan elegante y su pose de niña apasionada y dulce me cautivaron día tras día. Me estaba enamorando del sueño de mi vida, y eso, hermano, era lo más grande que podía pasarme.

Sé que no tengo nada, pero sus dos luceros me regalan todo lo que necesito. Cuando me mira desaparezco de la vida real y me transformo en un sueño que persigue cruzar al otro lado del río, allá donde se encuentran los tiempos de gloria. Persigo reencontrarme y enamorarla, y para eso mis ojos hablan de verdades como puños.

Yo camino alegre al verla sonreír. Y latir con su mirar, mi corazón se encoje entumecido. Con cada silbido los ruiseñores cuentan los segundos de añoranza, y los clamores son tambores que vaticinan la llegada de la tempestad que descorra la cortina del desconcierto. Yo camino con acierto, porque luchar y vivir es soñar despierto, y quien duerme con los ojos abiertos, siempre está despertando y ve nacer sus sueños.

“Al fin y al cabo, no tengo nada que perder, y mucho que ganar”…

Francisco José Campos Jareño

Zaragoza, 01/12/2011

DIARIO DE UN CORREDOR DE FONDO

Control federativo 1.500 mts. Pista de Carranque (Málaga). 2008

Despierto.

Ya nada es igual. La ilusión se ha desvanecido. Creía poseer toda la libertad conmigo, la facilidad de anteponer mi propia vida a la de quienes no compartían la misma escala de valores.

Me calzaba las zapatillas y recorría lugares desconocidos para los habitantes de mi propia tierra. Rodaba kilómetros y kilómetros luchando por una ilusión, que era demostrarme a mí mismo que podía ser invencible.

Nunca he destacado en los deportes individuales. He soportado las risas de quienes esperaban que subiera al podio. Pero la sonrisa interior se desprendía de todos esos comentarios, y luché por batirme a mí mismo, rodeándome de los mejores atletas de la ciudad, aprendiendo de cada uno de ellos y de los valores que se transmiten en la convivencia atlética, ideales alejados de aquellos que persiguen quienes corren día tras día sin saber a dónde.

Yo corría para alcanzar el cielo, para soñar desde arriba, para olvidar y para darle la bienvenida al tiempo alegre de los días. Imaginaba paisajes bellos y experimentaba sensaciones indescriptibles. Aquello era felicidad.

Pero un día dejó de serlo.

Abandoné las pistas, la tierra y el asfalto. Me abandonó la decisión ajena y la fortaleza propia.

Decaí y cuando me levanté las lesiones me recordaron que nada en esta vida es más fácil que ser como los demás quieren que seas.

Aguardé mi momento y el tiempo pasó lento. Un día. Otro día. Hasta tres años.

Despierto.

Todo vuelve a ser igual. La ilusión me ha estremecido en esta mañana clara. Poseo la libertad de los latidos, la facilidad de ordenar las cosas por su nombre y su importancia.

Me calzo las zapatillas y recorro los caminos del desierto. La maleza me respeta y a veces recorro el río en uno y otro sentido, imaginando el día en que podré volver a vestirme para competir y batirme a mí mismo, para convertirme en invencible.

Ahora, corro y pedaleo para ver la vida desde la perspectiva de elegir el camino que necesito. Huyo de la oscuridad de la noche y programo cada día con una sonrisa y un canto mañanero.

Sueño con recuperar el tiempo perdido. Con volver a sentir que puedo sobrevolar mares y hacer grande mi corazón. Subo las pulsaciones y no miro ni delante ni detrás. El objetivo está conmigo mismo, soy mi propia competencia, mis dolencias, mi felicidad, mi reloj, mi nostalgia y mi manera de ver las cosas.

He venido para demostrarme que no necesito nada externo a mis ideales para convertirme en la persona más feliz del planeta.

“La finalidad no es ganar. Aunque los espectadores te animen como locos. Esa es la soledad que siente el corredor de fondo….”

La felicidad es perecer ante la bruma. Decaer y levantarse, alzar el vuelo y regresar a tierra firme. Allí estaré esperando para tomar el próximo barco…

Francis Campos

Zar goza, 8 de octubre de 2011.

LA SOLEDAD DEL ESCRITOR

 “Hoy, por primera vez, mis ojos se posaron en ella con detenimiento. Frecuentemente, se dice que el sueño vuelve los párpados tan cerrados que debemos cerrarlos. Es posible que algo parecido ocurra en mis ojos. Es como si se cerrasen, pero al mismo tiempo, aparecen oscuras y misteriosas fuerzas. Ella no se da cuenta de que yo la miro, pero lo siente en todo el cuerpo. Cierro los ojos y anochece; en ella, en cambio, resplandece claramente el día”.

Diario de un Seductor
Sören Kierkegaard

 

San Vicente de la Barquera, Cantabria.

Cuántas veces el amor fue apagado con razón. Cuantas veces nos equivocamos y recorrimos el mismo camino erróneo una y otra vez. La historia de esta pluma se basa en la soledad que sentimos a lo largo de nuestros días.

La soledad es un sentimiento antagónico e inverso que alcanza proporciones incalculables. Nunca diría que es la satisfacción absoluta para un escritor, aunque se acerque mucho. La cosa es que amarte desde la soledad y desde dentro de ella, me produce un temblor que no consigo describir.

Sé que sonrío al mirarte, al disfrutar de cada momento de ti en esa primera mirada, de tu cuerpo, de tu piel brillando, de tu mirada intensa y tus labios que quisiera besar. En ese instante alzo el vuelo y divago perdido, emocionado. Pero cuando me detengo en seco y planto los pies en el suelo, aquí me hallo, un segundo detrás de otro, con ese martilleo y esa decepción constante. Acabo de alejarme de ti, y volar y aterrizar son dos cosas a las que se le llama soledad.

A veces sentimos el placer de vibrar por el efecto de una mirada. La vida se compone de momentos en los que la gente pasa, se desliza y arranca un trozo de ti. Es un tiempo que luego se desvanece y entonces todo regresa a la normalidad. En ese instante nos sentimos comprensivos y analizamos el por qué de las cosas sin apenas conocer al destino de nuestros ojos soñadores. Al final del día llegamos a la inevitable conclusión de que nos pertenece aquello que ansiamos, pero que incompresiblemente la balanza no se ha inclinado hacia nosotros. Entonces corremos, no sabemos hacia donde, pero corremos.

Intentamos recapacitar, reconducir nuestras ideas en base a nuestros sentimientos. Y volvemos a errar. Nos proponemos establecer unas pautas a nuestro corazón, pero la tempestad y el empuje de este arrasa todo cuanto se cruza por su senda. Antes de dormirnos caemos en la cuenta de que la vida consiste en perseguir incansablemente nuestros sueños. Y a la mañana siguiente al despertar, descubrimos que estamos a un solo paso de dar un giro de felicidad a nuestra vida. Pero entonces, razonamos de nuevo, y volvemos a correr.

Conducimos en soledad los kilómetros del desamor y volvemos la vista atrás sin olvidarnos de la primera mirada fugaz e intensa. Ese alguien podría cambiar nuestra vida. Quizás es pronto, y quizás es tarde.

Cuando llegamos al final de nuestro trayecto nos planteamos cuál es el valor que se le otorga a soñar mientras se leen unas líneas que escribe alguien que sueña todos los días de su vida. Probablemente queramos correr y escapar cuando las cosas no salen como esperamos, pero entonces volvemos a encontrarnos y nos miramos de nuevo. Y la segunda vez ya es imposible escaparse del deleite de unos ojos que irradian el sueño que una vez soñé.

Zaragoza, 10 de julio de 2011.

Francis Campos

¿Qué sientes cuando escribes?

Marina fue la primera en levantarse y dirigirse hacia la puerta con su carpeta bajo el brazo. Mientras se deslizaba por el aula sonreía mostrando su perfecta dentadura a la vez que todos arrojaban comentarios y halagos. En realidad nadie sabía si su sonrisa se debía a que algún otro chico la esperaba al otro lado de la verja o a que simplemente se jactaba de dejar atrás a un confín de estudiantes que perseguían cambiar sus propios destinos.

Las chicas envidiaban su manera de maquillarse. Su sombra de ojos era perfecta, su mirada y su silueta, y radiante la soltura con la que se discurría entre los demás pupilos. Nadie en la clase tenía tal capacidad de acaparar tantos sueños ajenos. Me pregunto qué razón le otorgaba tal derecho.

Cuando definitivamente abandonó la clase, todas las miradas se posaron en su compañera de asiento. Pero segundos después, la campanada que daba final a la jornada dio por terminado aquel torpedo de ideas e imágenes, y todos salieron a la calle en busca de un último segundo de gloria.

En ese instante retrocedí hasta el perchero para buscar mi abrigo, y al acercarme a ella me cercioré de su belleza inmensa una vez más. Su mirada del color de la melaza se encontró con la mía al pasar a su lado. En ese momento, mis ojos se detuvieron ante un sueño tal vez distinto a los de antes, aunque sabía por experiencia que nunca era así.

Diez segundos después, cuando me dirigía hacia fuera, vi que todavía seguía allí sentada, sin inmutarse de que había llegado la hora de marcharse a casa.

-          Perdona, ¿no te vas? –le pregunté.

-          Sí, ahora cuando salgan todos. Prefiero estar sola –respondió con ojos tiernos y tristes.

-          Ya me iba, no te preocupes.

-         No, no es por ti – aclaró.

Pasé a su lado y fui hacia la puerta con la idea de irme a casa

-         Los tíos sois unos cabrones –añadió.

Proseguí mi paso, ajeno a aquel comentario que tantas veces había oído. Es lo que tiene estar con un chulo que se pasea con su motito y te invita a cenar a sitios caros, pensé mientras me giraba para responderle.

-          Tu amiga Marina tiene otro concepto bien distinto de nosotros. Y los aspirantes a moqueta de su trono piensan lo mismo que tú pero de las tías. Supongo que al fin y al cabo la mayoría de las personas mantienen sus instintos un paso por encima de sus sentimientos. Hasta mañana.

Salí de la clase y fui hacia las escaleras para bajar hasta la puerta principal de la escuela. Segundos después, una voz apresurada gritó mi nombre. Me paré en seco y al girarme pude verla escalones más arriba con su anorak de cuadros de tonos grisáceos, mirándome con su sonrisa idílica. Estaba preciosa una vez más, con su cabello oscuro y ondulado y su radiante atractivo.

-     ¿Es verdad que eres poeta? – me preguntó a lo lejos.

-     ¿Quién te ha dicho eso? – respondí sin entender el sentido de la pregunta y mientras ella bajaba lentamente peldaño a peldaño.

-       No sé, aquí todos te llaman el poeta. Eso no es malo. Yo tengo amigos poetas.

-     Tienes razón, no es malo. Es lo mejor que puede pasarle a una persona –le dije al tiempo que proseguimos nuestro camino hacia la puerta de salida.

Caminamos, como extraños, sin hablar hasta salir fuera del recinto. Al otro lado de la acera la estaba esperando otro día más y la saludó sonriente al compás de mi tristeza. Ella avanzó unos metros e inesperadamente se giró hacia mí.

- ¿Qué sientes cuando escribes? – me preguntó mientras yo intentaba descifrar lo que clamaban sus ojos, valorando lo intangible de su mirada en ese instante que me pertenecía.

-Lo mismo que siento ahora al mirarte – le respondí.

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Brenes, 06-marzo-2011

ODIARME Y SENTIRLO TAN PROFUNDO, QUE OS DUELA.

Se despierta y deja de respirar.

Pero siente. Sobre todo siente. Uno Mismo presiente todo cuanto le rodea, paso a paso, como un día más en que ella falta, en que nada es lo mismo ni suficiente desde entonces.

Cada mañana el mismo pensamiento sentido, esa fugaz bruma que se clava dentro y persigue sueños rotos no irrecuperables. Acaso fue verdad lo cierto y verdadero si ahora la mentira inunda lo que la realidad aclama desde dos puntos distintos del mismo mar. Sentir no es evitable, ni cambiar, ni transformarse para el viento, para fluir mejor en la balada acierto.

Se pone en pie, fibroso, tatuado y mira al cielo, una vez más, incomprendido e incompresiblemente porque tiene un sueño que lleva impregnado en la sangre, en su recorrido, en el corazón que le pertenece, sensiblemente más grande que muchos y de un latir estremecedor.

Sale afuera desvestido, empuñando una lágrima que lo abarca todo, en la que navega. Y cuando arriba a tierra firme corretea por el Puerto, esperando a la espera que sigue sin llegar. Intenta sonreír, pero a veces ya ni puede. Lo pleno se escapa y anda lejos, porque cuando se ama, no se puede amar dos veces, ni siquiera la siguiente.

Pasea largas horas divagando, volviendo tiempo atrás, acariciando al recuerdo. Se lamenta una y otra vez y maldice los segundos marchitos que arrojaron días felices al fondo del abismo más profundo. Quisiera volver atrás, recuperar las sensaciones de cuando caminaba con valentía, a sabiendas de que amar era algo que le pertenecía y que meritoriamente había alcanzado. Ahora se odiaba. Cumplía la voluntad de cada una de esas personas que se regocijan en vidas ajenas buscando la manera de que el amor se desvanezca y se aleje hasta ser inalcanzable.

Pero el amor nunca muere, ni siquiera podemos herirle. Una vez que pasa sobre nosotros, se queda impregnado en nuestro interior. Podemos intentar evitarlo, pero al final siempre acaba por encontrarnos. Es algo contra lo que no se puede luchar.

Y muchas veces, le consuela la idea de que ese sentir permanece, de que es capaz de mostrarle al mundo que sigue siendo Uno Mismo con una misma pretensión y un sueño que cruza mares y fronteras por conquistar espacios de tiempo dentro de la vida. Emprende el camino a casa ensimismado en sus pensamientos.

Toma el metro y evita el centro. Odiarme y sentirlo tan profundo que os duela suena a raudales en sus auriculares mientras camina. Se siente odiado por sus virtudes y amado por sus defectos. Odiadme por ser tan auténtico.  Siente el flechazo al corazón que lo mantiene vivo, lo recuerda sutilmente y desea abrazarlo con fuerza. Pero sigue solo.

Piensa en todos, y prefiere el silencio. El respeto de poder sentir libremente lo invade, esa libertad de no negar lo que ha pasado y de afirmar que mataría por haber nacido en un tablero de ajedrez que conserva sus reglas, donde no existe espacio para especular ni para la envidia. Hace un gesto de aplauso a todos aquellos que han malgastado su energía en robarle lo que lleva consigo siempre, dentro de sí, impregnado en su alma.

Tumbado en la cama yace. Quién no busca consuelo en un anzuelo dulce, piensa. Y un día más, lucha a contracorriente contra la vida, que se sucede en la dirección contraria. Eterna búsqueda, convertida en eterna espera. Y la espera corretea cerca del amor y lejos del olvido. Cuando sube la marea…se queda dormido. Ha cerrado los ojos un día más y ahora comienza a respirar de nuevo.

Al día siguiente, justo al despertarse sonríe y piensa:

Ódiame por sonreírle a la mañana. Y ámame porque me amas, porque no lo puedes evitar…

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Este regalo te pertenece, porque así lo he sentido mientras lo escribía.

Para mi primo, Carlos Escriche, de todo corazón.

Eres grande, no lo olvides nunca.

Francis Campos

Brenes, Sevilla a 30 de diciembre de 2010

CARTAS MARINERAS – Nueva publicación en 2011

Fotografía tomada por Francis Campos en la isla de Cozumel (México) en 2009.

“Cartas Marineras” es la nueva entrega de Francis Campos. Un libro muy personal donde el autor hará gala de su faceta más íntima. Un modo de ver la vida y los sueños desde la óptica de un poeta cuyos versos soñadores persiguen una utopía a veces inalcanzable.

En mayo de 2011 saldrá a la luz este ensayo novelesco, donde la prosa poética se deja llevar en su recorrido por los numerosos senderos del amor y los sueños. Los lectores tendrán acceso a ejemplares tradicionales en papel y al nuevo formato electrónico conocido como ebook o libro electrónico.

Además, “Cartas Marineras” contará con una publicidad online diseñada específicamente para su promoción, en la que participarán amigos y personas cercanas al autor con el objetivo de relanzar y publicitar sus creaciones. Al igual que en “Por ser Pintura de mis sueños”, el objetivo de su difusión no constituye un mero incentivo económico, sino más bien la idea de acercar la lectura a personas que se sienten soñadores y que desean ser capaces de transformar sus vidas para encontrar un proyecto nuevo por el que luchar. Esa es la mejor manera de perseguir la plenitud, y con esa ilusión nace esta web que mantiene el pulso gracias a vosotros, lectores que soñais.

Sorbo a sorbo

           

             Muchos no pensaban ver más letras como estas que atormentan las miradas. Descifrarme siempre fue ambición de no pocos descubridores natos de palabrería que escapaba de lo corriente, lo usual. Muchos creían que era el final, que la inspiración era efímera, algo capaz de alzar el vuelo sin despedirse.

            No es esta la novela que siempre soñé escribir. Me vengo a referir en este caso a la tenue emboscada de ojos que persiguen con insistencia lo idílico, lo soñado. Y lo cierto es que la vida caza almas, una a una, a su paso por la suave brisa que recorre los cuerpos que creemos en lo que viene luego, en la felicidad del mañana.

            Regresé con la brillante idea de abrirme paso entre la vida, de recorrer cada rincón de este mundo maravilloso que he descubierto. Volé tan alto a la largo de miles de kilómetros, que en cuatro meses y tres días supe con certeza que mi camino no estaba al otro lado del Atlántico.

            Para aquellos que persiguen un sueño, la vida se alcanza rápido cuando somos nosotros mismos y creemos en las cosas que nos hacen felices. Cerrar los ojos y abrirlos, ver un mundo nuevo donde los problemas consisten en decidir entre lo bueno y lo mejor, un camino sin desvíos y sin regresos, con un final que sonríe cada vez que te acercas. El amor es algo maravilloso.

            Esta mañana he salido a pasear, he recorrido el muelle mientras sacaba a pasear al perro. Me he sentado en la terraza del puerto para tomarme el café sorbo a sorbo. Me fascina contemplarla cada día, es la imagen más hermosa que he visto jamás, y es una sensación que llevo varias semanas experimentando.

            Después me he sentado un rato a meditar con los pies colgando del muelle. La vida de aquí arriba está mucho mejor. De qué sirve flotar, divagar entre percepciones vagas e ilusas. El amor verdadero es algo firme, algo que se labra y que empieza por uno mismo. Es lo que ofrecemos a nuestra pareja sin esperar nada a cambio. A veces pienso que la historia ha tergiversado la forma en que vemos los sentimientos.

            Quizás me he vuelto loco. A lo mejor ya no soy el mismo que hace dos, tres años, pero sí soy lo que soñé cuando tenía diez o cuando entré en la facultad. Se puede defraudar a mucha gente, pero no estamos aquí para defraudarnos a nosotros mismos y a la gente que nos quiere. En la vida todo es relativo, y la amistad va con pinzas que los intereses dejan caer en ocasiones.

            Uno mismo, consigo y batallando por el prójimo que se vuelca contigo. ¿Algo más? A lo mejor no pensamos que no es que sea suficiente, sino que lo necesario comienza por acatar lo imprescindible. Y tu, reina mía, me has devuelto la vida y has hecho que toda esta historia tenga el más maravilloso de todos los sentidos.

            He cruzado la frontera de tener en cuenta posiciones adversas y contradictorias. He pasado de rondar la nocturnidad a vivirla con la sangre alterada. Y escribir es algo que ha marcado una etapa y que ahora prepara una nueva. Me levanto y comienzo a andar. Voy ensimismado y sin darme cuenta tropiezo con alguien. Es ella. No me lo puedo creer, me muero de vergüenza.

La vida me sonríe, los sueños no es que no me sonrían, sino que se notan menos. Al fin y al cabo existir es lo más grande, y lo otro es una simple afición, dejémoslo ahí. Ella sigue su camino cuando le pido disculpas para toparme con una sonrisa preciosa que se acompaña con una bonita mirada marinera. Entonces me doy la vuelta.

- ¡Perdona! ¡Se te ha caído esto! –le digo mostrándole un trozo de papel cuyo título alcanzo a leer brevemente: “La vida comienza por un sueño que te estremece en la mañana”.

            – Sí, es mío, lo siento.

            Ha regresado hacia mí con la mirada fija en algún punto del océano. Seguro que ella también tenía un sueño.

            – Disculpa que sea tan atrevido – me estoy poniendo un poco nervioso -. Verás, hace tiempo que te veo pasear por el muelle. Me pregunto si podría invitarte a un café.

            De camino a casa sigo la senda de mi perro. Sigo pensando que los cambios son buenos. Quizás debería retomar lo que dejé anclado en mis pensamientos. Tengo que empezar de nuevo, hay mucho por hacer.

            A veces he pensado que cuando la vida supera a los sueños la inspiración gira y cambia de rumbo. No es que se frene en seco, sino que prepara otras maneras, otro modo de seguir conquistando rutas indescriptibles. Lo idílico o soñado deja paso a la experiencia y la crítica. Por qué escribir de la tristeza si la angustia encarcelada es humo disipado. Qué más da si cada mañana y cada noche miro al cielo y te forjo en mis pensamientos, amapola de mi primavera.

            Subo las escaleras de casa, me pongo cómodo y me siento a escribir. Esta mañana, sorbo a sorbo he conocido a alguien muy especial. Cierro los ojos y me quedo en blanco unos segundos. De pronto comienzo a divagar, este mundo nuevo es fascinante. Es la chica más hermosa que he conocido nunca, esta noche viene preciosa y le estoy contando sobre mi nueva novela. Seguro que le encantaría saber que es la protagonista de esta historia, se adapta a la perfección a todo aquello que llevo esperando una vida entera. Estoy sintiendo cosas indescriptibles. De repente despierto, parpadeo unos instantes y comienzo a teclear.

Me he enamorado del amor de mi vida…

EL CHICO DE LA CASA VERDE

casaverdeblog

No sabría decir qué clase de vida llevaba desde entonces. Lo que sí sé es que desde que ella había desaparecido nada había vuelto a ser lo mismo. Cada día era indistinto a los demás. Uno detrás de otro tenía el mismo significado, y cada mañana miraba desde la gran ventana del ático con la esperanza de volver a mi vida de antaño, a aquellas horas en las que ella, a mi lado, me había producido la más placentera sensación de sentirse enamorado.

Jamás supe explicar qué cosa corría por mi sangre por aquel entonces, ni qué sufrimiento me invadió cuando una mañana desperté solo en la cama en la que dos astros bailaron al son de la luna que los iluminaba. Estaba loco por ella, y ella, no lo sé, no sabría decir ni quién era, porque pasé de conocerla tanto a no saber absolutamente nada de ella. Porque ahora era una desconocida.

A lo mejor se había marchado con aquel rico alemán que la pretendía desde hacía tiempo. Y si así había sido, nada podría hacer contra eso. Pero tampoco estaba seguro de que fuera eso lo que le había sucedido, pues quizás se había marchado para siempre. Lo cierto es que nunca lo sabría, porque no abandonaría el lugar que tan intensamente nos había unido.

Ni siquiera se había despedido de mí. No me había dado la oportunidad de explicarle lo que sentía, de decirle lo que mi corazón me contaba cada minuto que pasaba con ella. Estuve noches en vela pensando por qué y sólo me dolió no saber qué fue lo que quedó en su corazón después de todo lo que nos había acontecido.

Pasaron meses y todo me recordaba a ella. No fueron capaces mis ojos de dejar caer ninguna gota milagrosa. No sucedió lo mismo con la tinta de la pluma que escribía la novela que escribiría mi futuro. La fe que tenía en que volviera traspasaba límites.

En aquellas fechas andaba trabajando en la reforma de mi humilde morada, esa que tanto me recordaba a la niña de mis ojos. Pensé pintarla verde porque era el color de aquella mirada conquistadora de mi alma. Me juré recordarla cada día de mi vida. Y prometí pensar que su desaparición tenía alguna explicación, por remota que fuera. Que la riqueza de otro no podría compararse a todo el amor que yo podría ofrecerle, era el único consuelo que me quedaba. Y si no había sido así, que Dios me llevara para volver a su lado.

Pero pasaron los días y mi casa verde iba perdiendo el sentido que le había dado mi pretensión de caminar hacia atrás buscándole sentido a algo que había cambiado mi vida de un modo estrepitoso. A veces perdía el norte y me ensimismaba con mis turbios pensamientos. La vida no estaba siendo justa conmigo y las gotas de tinta dieron paso a unos ojos húmedos que echaban en falta a aquel sueño tan maravilloso. Por qué había desaparecido de aquella manera.

Una noche me quedé despierto hasta tarde. Había estado escribiendo el final de mi novela. Había terminado de escribir la historia de mi vida. Tan distante de la realidad, que quise cerrar los ojos y que aquellos fueran los últimos segundos en los que existiría. Escuché de fondo el tic tac del reloj. Me perseguía la hora de mi hora, y ya sabía lo que sucedería cuando esa noche apagara la última luz de la casa. Estaba escrito, y el vaso a mi lado esperaba un trago cuando la oscuridad se hubiera apoderado del habitáculo.

Sentí el líquido en mi garganta y la última lágrima caer sobre mi rostro. Me dejé caer sobre la cama sin pensar en nada, sólo en lo que me esperaba, en lo que marcaría el sucederse de las palabras de mi libro. Jamás volvería a sufrir, jamás volvería a estar solo ni a ser abandonado. Estaba esperando el crujido del primer interruptor que encendiera una vida e iluminara el lugar donde esperaría sentado un cambio de rumbo.

*

Sonreíamos a la luz de las velas y las lámparas que encendían nuestras miradas perseguidoras de un sueño. Supimos que nuestro amor era diferente al del resto, por puro y de ensueño. Porque vivíamos el uno en el otro y nos sabíamos un sólo ser capaz de alcanzar lo infinito con un sólo beso. Entonces, a mi vuelta, la quise más aún, y borré las lágrimas y los malos recuerdos. No hice preguntas y mantuve la esperanza de que las luces fueran capaces de iluminar toda una vida. Quise dar un paso y regresar al principio de todo, quise volver para mirarla a los ojos y decirle todo cuando sentía. Una vez que consiguiera asir sus manos y mirarla para después susurrarle al oído que mi vida se justificaba con su existencia, y que nada tendría sentido sin ella, podría escribir una novela con un final bien distinto. Las luces se apagarían y el amor conquistaría cada rincón de aquel sueño que yo mismo había pintado de verde…

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25 de septiembre de 2009

Francisco José Campos Jareño

Monterrey – México

 

AL OTRO LADO DE ESTE OCÉANO TAN INMENSO

 Nights In Rodanthe

                Cada mañana al despertar me asomo a la ventana para contemplar las grandes montañas que rodean esta parte de la ciudad. Esta noche, las he fotografiado para inmortalizar todas las luces que permanecen sigilosas en el lugar. Y pensar que al otro lado esta el mar… o no…

                No me preguntes cómo ni de qué manera, pero cuando cierro los ojos la veo sentada al otro lado de este océano tan inmenso. Con la mirada perdida en el horizonte y una lágrima cayendo de una mirada más azul que el cielo marinero, aguarda cada día a que se cumpla el deseo que le pidió a la estrella fugaz de una vez cuando soñaba.

                Me sorprendo de cómo al apagar mi mirada puedo estar contemplando a una muchacha tan hermosa. Seguramente Dios creó la tierra en un solo día y el tiempo restante de la semana lo empleo en crearla a ella, cómo se puede ser tan bonita…

                Y al toparme con la luz despierto súbitamente y entonces dudo si lo ocurrido ha sido cierto. Me rasco la cabeza y apoyo las manos sobre el cristal de la ventana. Maldita sea, no quiero que estés triste. Ojala pudiese traspasar fronteras…

                Comienzo a dar vueltas en el cuarto. Voy de un lado a otro sin parar, cómo puedo estar tan nervioso, voy a estallar de un momento a otro. Me visto, me pongo las zapatillas y tras cerrar la puerta con llave me dispongo a salir a la calle. A veces es necesario desconectar un poco. Tengo que aguantar como sea, la quiero tanto…

                Camino hacia el ascensor con el paso lento. Está abierto justo en mi planta, la tercera. Las luces parpadean, qué extraño. Entro despacio y pulso el botón PB (planta baja). Las puertas se cierran, necesito aire, estoy comenzando a marearme de tanto agobio. Que tarde poco…

                Comienza a bajar a la vez que rezo pidiendo que llegue abajo cuanto antes, necesito un poco de aire fresco. De pronto se para aquel trasto, y las luces parpadean un par de veces hasta que se apagan. Cómo me puede pasar algo así justo en este momento. 

                 Pasan diez segundos y sigo perplejo. Comienza moverse violentamente de un lado a otro, como si una fuerza extraña estuviera tratando de arrancarlo de su sitio. Apenas puedo mantenerme en pie, estoy a punto de perder el equilibrio. Jodido elevador, Dios santo.

                Me agarro con fuerza a las barandas que hay en la parte inferior de los cristales, qué está sucediendo, estoy muy asustado. Cierro los ojos con fuerza con la fe de que al abrirlos nada de aquellos esté sucediendo. Pero de repente se oye una explosión muy fuerte y caigo al suelo estrepitosamente…

               

                La claridad del sol ha comenzado a molestarme, pero nada comparado con el agua del mar mojando mi cuerpo. Me incorporo como puedo, la cabeza sigue doliéndome bastante. Dónde estoy.

                Analizo una y otra vez el lugar. Jamás he estado aquí antes. Qué está pasando. Es una playa desierta. Dios bendito, cómo me puede doler tanto, no recuerdo nada, por qué estoy aquí.

                Me pongo la mano en la frente y de pronto caigo al suelo. No sé el tiempo que he podido estar así. A duras penas consigo levantarme. A lo lejos se ve una casa solitaria, tengo que intentar llegar allí como sea, e inicio el paso como puedo. Pero por el camino vuelvo a caerme y me quedo así bastante tiempo…

 

                – ¡Cariño, cariño! ¿Qué haces aquí? ¿Qué te ha pasado? – Es una voz que me suena familiar – ¡Cariño, despierta! –vuelve a gritar mientras me moja la cara.

                ¿Es ella? ¿Si…? ¡La he encontrado, Dios, Dios, por fin! Ni siquiera sé por qué estoy aquí. La miro fijamente como observando un tesoro que colma el sentimiento más pleno. Con los ojos llorosos le hablo con dificultad…

                – Sonríe pequeña. He venido un día más a visitarte. ¿Me ves? Estoy a tu lado. Cierra los ojos e imagina por un momento mi mano agarrando la tuya. Es real, no lo olvides nunca. Cuando duermes sin mí conmigo sueñas, cuando vives en mi vivo contigo, porque cada día suspiro para conseguir que al otro lado de esta ventana vuelvas a aparecer como un día más, como ese momento en que consigues que alce el vuelo, como esa magia que explica lo inexplicable, que no son las palabras sino este estremecer constante que experimenta mi cuerpo cuando te siente tan cerca… ¿Damos un paseo? Estoy deseando contarte tantas cosas…

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 Monterrey, México, 6 de agosto de 2009

EL ASCENSOR

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             Hay quien piensa que la vida acaba con una sonrisa para quienes mantienen la fe. Y es que tras una lágrima, un rostro sonríe como reflejo y a continuación de la misma…

            Hacía el mismo camino cada mañana. Prefería caminar durante veinte minutos a sufrir el estrés de un autobús plagado de gente cuyas mañanas eran sólo eso, mañanas. Mi caminata me servía para reflexionar sobre los aspectos más variopintos de la vida. No se equivoquen, pensar es visualizar propósitos y establecer las líneas maestras para conseguirlos.

            No es que tuviera una vida perfecta, es más, mi existencia era un tanto austera y carente de sentido. Pero eso era algo que sólo yo sabía. Al final aprendes a convivir con las decisiones que tomas, y yo era preso de los numerosos errores que había estado cometiendo a lo largo de todos aquellos años.

            Tampoco todo era un calvario, no me gusta ser trascendental, que no perfeccionista. La ambición por alcanzar lo más alto me caracterizaba desde que tenía uso de razón. Ser soñador y proponerse metas no es de locos. La locura es el aspecto definidor de aquellos que permanecen en pie aguardando un cambio de rumbo en circunstancias ajenas a sus pasos.

            Y yo soñaba, claro que soñaba. Quería darle un vuelco a todo, y caminaba con el paso decidido, cada día más, más seguro de que aquella mirada que encontraba cada día al entrar en la oficina decía cosas, y yo jugaba a adivinarlas.

            Los que cogían el bus subían en ascensor, y yo que caminaba, hacía uso de las escaleras. No importaba el piso. Mi sueño estaría en la cima y la rapidez por alcanzarlo no suponía una pretensión, porque mientras contaba los peldaños, pensaba que aquellos ojos hablaban, definitivamente querían transmitirme algo y cuando la escalera llegaba a su fin, al cerrar y abrir la mirada me encontraba con ellos, como si siempre me hubieran estado esperando.

            Cuando volvía a casa me encontraba con la realidad. No me gustaban las compañías que frecuentaba, fruto de una infelicidad maquillada con superfluas pretensiones. Pero el día a día te delata, y al final acabas rompiendo a llorar la misma mañana en que esos ojos te han estado persiguiendo toda la noche. Es como saber que al otro lado, otro alguien, en el mismo modo que tú, ha estado esperándote durante toda una vida. Y sabiendo algo así, es imposible quedarse dormido…

            El café me espabilaba. Dios mío, qué haría yo sin ti. Entonces agarraba el maletín y ponía rumbo al trabajo, que algo bueno sí que tenía, y era el deseo, un día más, de ser tan libre como el velero que ondea una bandera poesía sobre el agua del océano más hermoso.

            Me quedaba extasiado en su mirada. Pasaba horas divagando en esa extraña y placentera sensación que guarece la llama que muy adentro permanece viva.

            Aquella mañana ni siquiera había amanecido. Me puse el traje y la corbata que más me gustaban y fui a la oficina tan temprano y sin saber porqué. Las calles estaban desiertas. A lo mejor era domingo, y quise comprobarlo pero el reloj había dejado de funcionar. Serían las siete pero el sol se resistía a salir.

            Pensé durante el camino que tenía claro que aquellos ojos eran el reflejo de los míos, que había algo que hacía que se persiguieran mutuamente y que si algo querían decirme, era lo mismo que yo llevaba queriendo decir durante tanto tiempo. Era la única conclusión que podía sacar en claro, no porque lo supiera con certeza, sino porque era lo que más deseaba que sucediera.

            Entré por la puerta del edificio con el paso decidido y rumbo a la escalera. No había nadie, no sé porqué. La puerta del ascensor estaba abierta y su interior permanecía iluminado, más que otras veces, creo…

            -¿Subes? –dijo alguien desde dentro.

            Era una voz dulce, muy dulce. Me frené en seco pero no vi a nadie. Así que decidí seguir mi camino.

            -¿Por qué no subes por el ascensor? Sabes, quizás los sueños no se consiguen al pensarlo, sino al sentirlos de verdad. Si subes por el camino largo gastarás todas tus energías en el camino, y una vez arriba te hallarás demasiado agotado como para entregar eso que traes entre tus brazos.

            Me quedé estupefacto, allí, con un pie sobre el primer peldaño. Pudieron pasar más de cinco segundos. No entendía nada. Estaba temblando. Y entonces, sin saber porqué, me di la vuelta y entré a aquel lugar desde el que aquella hermosa voz me estaba cautivando.

            Una vez dentro se cerraron las puertas, y aquello comenzó a moverse. Recuerdo todos los botones iluminados, pero nada ni nadie parecía estar en el interior. Sólo yo.

            La luz comenzó a ser intermitente, hasta que al final acabó por desvanecerse. Estaba un poco asustado. Porqué había entrado, algo en mi interior me había empujado a hacerlo. Y de pronto estaban allí, aquellos ojos, mirándome como si nada, a sólo diez centímetros de mi rostro. No daba crédito a lo que estaba sucediendo. Dios mío, qué estaba pasando. Me quedé parado, como quien no tiene palabras para responder lo que no tiene respuesta con palabras. Noté unos dedos sobre mis labios. Aquella mirada no dejaba de mirarme. Estaba viendo el mar, tan azul, tan hermoso, reflejado sobre él el mismo cielo iluminado por el astro de aquella luz que me estaba haciendo enloquecer.

            Aquella agradable situación, aquella calma, aquel sosiego incomparable a nada más bonito que sacar de dentro aquello que nunca había encontrado la salida y que ahora irrumpía con tanta fuerza.

            -¿Por qué has tardado tanto? – me susurró al oído.

            -¿Eres tu? – pregunté.

            -Por ejemplo… -respondió.

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