EL CHICO DE LA CASA VERDE

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No sabría decir qué clase de vida llevaba desde entonces. Lo que sí sé es que desde que ella había desaparecido nada había vuelto a ser lo mismo. Cada día era indistinto a los demás. Uno detrás de otro tenía el mismo significado, y cada mañana miraba desde la gran ventana del ático con la esperanza de volver a mi vida de antaño, a aquellas horas en las que ella, a mi lado, me había producido la más placentera sensación de sentirse enamorado.

Jamás supe explicar qué cosa corría por mi sangre por aquel entonces, ni qué sufrimiento me invadió cuando una mañana desperté solo en la cama en la que dos astros bailaron al son de la luna que los iluminaba. Estaba loco por ella, y ella, no lo sé, no sabría decir ni quién era, porque pasé de conocerla tanto a no saber absolutamente nada de ella. Porque ahora era una desconocida.

A lo mejor se había marchado con aquel rico alemán que la pretendía desde hacía tiempo. Y si así había sido, nada podría hacer contra eso. Pero tampoco estaba seguro de que fuera eso lo que le había sucedido, pues quizás se había marchado para siempre. Lo cierto es que nunca lo sabría, porque no abandonaría el lugar que tan intensamente nos había unido.

Ni siquiera se había despedido de mí. No me había dado la oportunidad de explicarle lo que sentía, de decirle lo que mi corazón me contaba cada minuto que pasaba con ella. Estuve noches en vela pensando por qué y sólo me dolió no saber qué fue lo que quedó en su corazón después de todo lo que nos había acontecido.

Pasaron meses y todo me recordaba a ella. No fueron capaces mis ojos de dejar caer ninguna gota milagrosa. No sucedió lo mismo con la tinta de la pluma que escribía la novela que escribiría mi futuro. La fe que tenía en que volviera traspasaba límites.

En aquellas fechas andaba trabajando en la reforma de mi humilde morada, esa que tanto me recordaba a la niña de mis ojos. Pensé pintarla verde porque era el color de aquella mirada conquistadora de mi alma. Me juré recordarla cada día de mi vida. Y prometí pensar que su desaparición tenía alguna explicación, por remota que fuera. Que la riqueza de otro no podría compararse a todo el amor que yo podría ofrecerle, era el único consuelo que me quedaba. Y si no había sido así, que Dios me llevara para volver a su lado.

Pero pasaron los días y mi casa verde iba perdiendo el sentido que le había dado mi pretensión de caminar hacia atrás buscándole sentido a algo que había cambiado mi vida de un modo estrepitoso. A veces perdía el norte y me ensimismaba con mis turbios pensamientos. La vida no estaba siendo justa conmigo y las gotas de tinta dieron paso a unos ojos húmedos que echaban en falta a aquel sueño tan maravilloso. Por qué había desaparecido de aquella manera.

Una noche me quedé despierto hasta tarde. Había estado escribiendo el final de mi novela. Había terminado de escribir la historia de mi vida. Tan distante de la realidad, que quise cerrar los ojos y que aquellos fueran los últimos segundos en los que existiría. Escuché de fondo el tic tac del reloj. Me perseguía la hora de mi hora, y ya sabía lo que sucedería cuando esa noche apagara la última luz de la casa. Estaba escrito, y el vaso a mi lado esperaba un trago cuando la oscuridad se hubiera apoderado del habitáculo.

Sentí el líquido en mi garganta y la última lágrima caer sobre mi rostro. Me dejé caer sobre la cama sin pensar en nada, sólo en lo que me esperaba, en lo que marcaría el sucederse de las palabras de mi libro. Jamás volvería a sufrir, jamás volvería a estar solo ni a ser abandonado. Estaba esperando el crujido del primer interruptor que encendiera una vida e iluminara el lugar donde esperaría sentado un cambio de rumbo.

*

Sonreíamos a la luz de las velas y las lámparas que encendían nuestras miradas perseguidoras de un sueño. Supimos que nuestro amor era diferente al del resto, por puro y de ensueño. Porque vivíamos el uno en el otro y nos sabíamos un sólo ser capaz de alcanzar lo infinito con un sólo beso. Entonces, a mi vuelta, la quise más aún, y borré las lágrimas y los malos recuerdos. No hice preguntas y mantuve la esperanza de que las luces fueran capaces de iluminar toda una vida. Quise dar un paso y regresar al principio de todo, quise volver para mirarla a los ojos y decirle todo cuando sentía. Una vez que consiguiera asir sus manos y mirarla para después susurrarle al oído que mi vida se justificaba con su existencia, y que nada tendría sentido sin ella, podría escribir una novela con un final bien distinto. Las luces se apagarían y el amor conquistaría cada rincón de aquel sueño que yo mismo había pintado de verde…

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25 de septiembre de 2009

Francisco José Campos Jareño

Monterrey – México

 

AL OTRO LADO DE ESTE OCÉANO TAN INMENSO

 Nights In Rodanthe

                Cada mañana al despertar me asomo a la ventana para contemplar las grandes montañas que rodean esta parte de la ciudad. Esta noche, las he fotografiado para inmortalizar todas las luces que permanecen sigilosas en el lugar. Y pensar que al otro lado esta el mar… o no…

                No me preguntes cómo ni de qué manera, pero cuando cierro los ojos la veo sentada al otro lado de este océano tan inmenso. Con la mirada perdida en el horizonte y una lágrima cayendo de una mirada más azul que el cielo marinero, aguarda cada día a que se cumpla el deseo que le pidió a la estrella fugaz de una vez cuando soñaba.

                Me sorprendo de cómo al apagar mi mirada puedo estar contemplando a una muchacha tan hermosa. Seguramente Dios creó la tierra en un solo día y el tiempo restante de la semana lo empleo en crearla a ella, cómo se puede ser tan bonita…

                Y al toparme con la luz despierto súbitamente y entonces dudo si lo ocurrido ha sido cierto. Me rasco la cabeza y apoyo las manos sobre el cristal de la ventana. Maldita sea, no quiero que estés triste. Ojala pudiese traspasar fronteras…

                Comienzo a dar vueltas en el cuarto. Voy de un lado a otro sin parar, cómo puedo estar tan nervioso, voy a estallar de un momento a otro. Me visto, me pongo las zapatillas y tras cerrar la puerta con llave me dispongo a salir a la calle. A veces es necesario desconectar un poco. Tengo que aguantar como sea, la quiero tanto…

                Camino hacia el ascensor con el paso lento. Está abierto justo en mi planta, la tercera. Las luces parpadean, qué extraño. Entro despacio y pulso el botón PB (planta baja). Las puertas se cierran, necesito aire, estoy comenzando a marearme de tanto agobio. Que tarde poco…

                Comienza a bajar a la vez que rezo pidiendo que llegue abajo cuanto antes, necesito un poco de aire fresco. De pronto se para aquel trasto, y las luces parpadean un par de veces hasta que se apagan. Cómo me puede pasar algo así justo en este momento. 

                 Pasan diez segundos y sigo perplejo. Comienza moverse violentamente de un lado a otro, como si una fuerza extraña estuviera tratando de arrancarlo de su sitio. Apenas puedo mantenerme en pie, estoy a punto de perder el equilibrio. Jodido elevador, Dios santo.

                Me agarro con fuerza a las barandas que hay en la parte inferior de los cristales, qué está sucediendo, estoy muy asustado. Cierro los ojos con fuerza con la fe de que al abrirlos nada de aquellos esté sucediendo. Pero de repente se oye una explosión muy fuerte y caigo al suelo estrepitosamente…

               

                La claridad del sol ha comenzado a molestarme, pero nada comparado con el agua del mar mojando mi cuerpo. Me incorporo como puedo, la cabeza sigue doliéndome bastante. Dónde estoy.

                Analizo una y otra vez el lugar. Jamás he estado aquí antes. Qué está pasando. Es una playa desierta. Dios bendito, cómo me puede doler tanto, no recuerdo nada, por qué estoy aquí.

                Me pongo la mano en la frente y de pronto caigo al suelo. No sé el tiempo que he podido estar así. A duras penas consigo levantarme. A lo lejos se ve una casa solitaria, tengo que intentar llegar allí como sea, e inicio el paso como puedo. Pero por el camino vuelvo a caerme y me quedo así bastante tiempo…

 

                – ¡Cariño, cariño! ¿Qué haces aquí? ¿Qué te ha pasado? – Es una voz que me suena familiar – ¡Cariño, despierta! –vuelve a gritar mientras me moja la cara.

                ¿Es ella? ¿Si…? ¡La he encontrado, Dios, Dios, por fin! Ni siquiera sé por qué estoy aquí. La miro fijamente como observando un tesoro que colma el sentimiento más pleno. Con los ojos llorosos le hablo con dificultad…

                – Sonríe pequeña. He venido un día más a visitarte. ¿Me ves? Estoy a tu lado. Cierra los ojos e imagina por un momento mi mano agarrando la tuya. Es real, no lo olvides nunca. Cuando duermes sin mí conmigo sueñas, cuando vives en mi vivo contigo, porque cada día suspiro para conseguir que al otro lado de esta ventana vuelvas a aparecer como un día más, como ese momento en que consigues que alce el vuelo, como esa magia que explica lo inexplicable, que no son las palabras sino este estremecer constante que experimenta mi cuerpo cuando te siente tan cerca… ¿Damos un paseo? Estoy deseando contarte tantas cosas…

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 Monterrey, México, 6 de agosto de 2009

EL ASCENSOR

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             Hay quien piensa que la vida acaba con una sonrisa para quienes mantienen la fe. Y es que tras una lágrima, un rostro sonríe como reflejo y a continuación de la misma…

            Hacía el mismo camino cada mañana. Prefería caminar durante veinte minutos a sufrir el estrés de un autobús plagado de gente cuyas mañanas eran sólo eso, mañanas. Mi caminata me servía para reflexionar sobre los aspectos más variopintos de la vida. No se equivoquen, pensar es visualizar propósitos y establecer las líneas maestras para conseguirlos.

            No es que tuviera una vida perfecta, es más, mi existencia era un tanto austera y carente de sentido. Pero eso era algo que sólo yo sabía. Al final aprendes a convivir con las decisiones que tomas, y yo era preso de los numerosos errores que había estado cometiendo a lo largo de todos aquellos años.

            Tampoco todo era un calvario, no me gusta ser trascendental, que no perfeccionista. La ambición por alcanzar lo más alto me caracterizaba desde que tenía uso de razón. Ser soñador y proponerse metas no es de locos. La locura es el aspecto definidor de aquellos que permanecen en pie aguardando un cambio de rumbo en circunstancias ajenas a sus pasos.

            Y yo soñaba, claro que soñaba. Quería darle un vuelco a todo, y caminaba con el paso decidido, cada día más, más seguro de que aquella mirada que encontraba cada día al entrar en la oficina decía cosas, y yo jugaba a adivinarlas.

            Los que cogían el bus subían en ascensor, y yo que caminaba, hacía uso de las escaleras. No importaba el piso. Mi sueño estaría en la cima y la rapidez por alcanzarlo no suponía una pretensión, porque mientras contaba los peldaños, pensaba que aquellos ojos hablaban, definitivamente querían transmitirme algo y cuando la escalera llegaba a su fin, al cerrar y abrir la mirada me encontraba con ellos, como si siempre me hubieran estado esperando.

            Cuando volvía a casa me encontraba con la realidad. No me gustaban las compañías que frecuentaba, fruto de una infelicidad maquillada con superfluas pretensiones. Pero el día a día te delata, y al final acabas rompiendo a llorar la misma mañana en que esos ojos te han estado persiguiendo toda la noche. Es como saber que al otro lado, otro alguien, en el mismo modo que tú, ha estado esperándote durante toda una vida. Y sabiendo algo así, es imposible quedarse dormido…

            El café me espabilaba. Dios mío, qué haría yo sin ti. Entonces agarraba el maletín y ponía rumbo al trabajo, que algo bueno sí que tenía, y era el deseo, un día más, de ser tan libre como el velero que ondea una bandera poesía sobre el agua del océano más hermoso.

            Me quedaba extasiado en su mirada. Pasaba horas divagando en esa extraña y placentera sensación que guarece la llama que muy adentro permanece viva.

            Aquella mañana ni siquiera había amanecido. Me puse el traje y la corbata que más me gustaban y fui a la oficina tan temprano y sin saber porqué. Las calles estaban desiertas. A lo mejor era domingo, y quise comprobarlo pero el reloj había dejado de funcionar. Serían las siete pero el sol se resistía a salir.

            Pensé durante el camino que tenía claro que aquellos ojos eran el reflejo de los míos, que había algo que hacía que se persiguieran mutuamente y que si algo querían decirme, era lo mismo que yo llevaba queriendo decir durante tanto tiempo. Era la única conclusión que podía sacar en claro, no porque lo supiera con certeza, sino porque era lo que más deseaba que sucediera.

            Entré por la puerta del edificio con el paso decidido y rumbo a la escalera. No había nadie, no sé porqué. La puerta del ascensor estaba abierta y su interior permanecía iluminado, más que otras veces, creo…

            -¿Subes? –dijo alguien desde dentro.

            Era una voz dulce, muy dulce. Me frené en seco pero no vi a nadie. Así que decidí seguir mi camino.

            -¿Por qué no subes por el ascensor? Sabes, quizás los sueños no se consiguen al pensarlo, sino al sentirlos de verdad. Si subes por el camino largo gastarás todas tus energías en el camino, y una vez arriba te hallarás demasiado agotado como para entregar eso que traes entre tus brazos.

            Me quedé estupefacto, allí, con un pie sobre el primer peldaño. Pudieron pasar más de cinco segundos. No entendía nada. Estaba temblando. Y entonces, sin saber porqué, me di la vuelta y entré a aquel lugar desde el que aquella hermosa voz me estaba cautivando.

            Una vez dentro se cerraron las puertas, y aquello comenzó a moverse. Recuerdo todos los botones iluminados, pero nada ni nadie parecía estar en el interior. Sólo yo.

            La luz comenzó a ser intermitente, hasta que al final acabó por desvanecerse. Estaba un poco asustado. Porqué había entrado, algo en mi interior me había empujado a hacerlo. Y de pronto estaban allí, aquellos ojos, mirándome como si nada, a sólo diez centímetros de mi rostro. No daba crédito a lo que estaba sucediendo. Dios mío, qué estaba pasando. Me quedé parado, como quien no tiene palabras para responder lo que no tiene respuesta con palabras. Noté unos dedos sobre mis labios. Aquella mirada no dejaba de mirarme. Estaba viendo el mar, tan azul, tan hermoso, reflejado sobre él el mismo cielo iluminado por el astro de aquella luz que me estaba haciendo enloquecer.

            Aquella agradable situación, aquella calma, aquel sosiego incomparable a nada más bonito que sacar de dentro aquello que nunca había encontrado la salida y que ahora irrumpía con tanta fuerza.

            -¿Por qué has tardado tanto? – me susurró al oído.

            -¿Eres tu? – pregunté.

            -Por ejemplo… -respondió.

LA FÁBRICA DE AIRE

Copia de match point 

 

Apenas nos conocíamos. Bueno, he de decir que no la conocía de nada, de nada más que de cruzar un par de miradas, si podíamos llamar cruzar miradas a que sólo fuera yo quien la contemplara absorto. Porque estaba seguro de que ella ni siquiera había advertido mi presencia.

            Mi llegada a aquel pueblo alejado del extrarradio de la ciudad se había producido en el más profundo sigilo. Éramos una familia del levante de lo más normal, y lo cierto es que nada más pisar la calle nos percatamos de lo tosca y seria que era allí la gente. Me gustaba pensar que eso sólo sucedería al principio.

            Un día, al salir de casa la vi a lo lejos. Su cabello era de un dorado revuelto que emulaba el reflejo del sol sobre un mar que derrochaba vitalidad. Su mirada era el cielo más azul cuando un bosque verde bruma atrapa la brisa que recorre el aire más celeste.

            Pensé acercarme, pero ni siquiera me había mirado, cómo iba a pretender que no pensara que estaba loco. Por eso me monté en el coche y puse música tranquila. Me sentía solo una vez más. Esa horrible sensación de vacío me estaba atrapando de nuevo.

            Cuando arranqué, me dirigí hacia el lugar en el que pasaba las horas muertas de mi aburrida estancia en aquel pueblo donde la gente te miraba mal, o ni siquiera eso. La estación estaba rodeada de campo, y allí comenzaba todo aquel sitio infinito que se asimilaba a la sabana más africana. Aparcaba a lo lejos, donde nadie pudiese identificarme, aunque de qué me servía eso, si hasta ese momento ninguna persona había cruzado una palabra conmigo. Me sentaba en el capó del coche y leía versos de poetas franceses que rompían con toda esa patraña de románticos e idealistas que soñaban con cambiar el mundo. Aunque siempre quise ser como ellos, el mundo iba por otros derroteros y en aquel momento odiaba reconocer mis verdaderos gustos.

            Cuando regresé a casa pude contemplar su bella figura a lo lejos. Llevaba un vestido turquesa precioso que la hacía reina. Siempre he pensado que chicas como ella debían estar subidas en un trono o algo. No estoy hablando de personas corrientes, además, su mirada contenía algo misterioso y cada día dedicaba un tiempo a pensar qué podría ser eso que transmitían sus ojos.

            En un acto de valentía quise acercarme a preguntarle cómo se llamaba. Total, no tenía nada que perder. Éramos vecinos. Y fui caminando decidido hasta ver que ella había alzado su mirada. Dios, era preciosa. Nos miramos fijamente a los ojos. Podía verlo, no sé el qué, pero estaba allí, viendo algo insólito, algo inexplicable…

-         ¿Qué haces aquí? –preguntó otra voz seca mirándome fijamente.

-         Lo siento señor, sólo quería…

-         ¡Lárgate!

 

Corrí, corrí, galopaba con fuerza, como en tantas otras veces que había luchado por esa sensación que siempre se desvanecía. Corrí tanto que cuando me di cuenta me encontraba rodeado de maleza y sentado en las escaleras de una vieja fábrica. Pude leer, “La Fábrica de Aire”, y se trataba de un gran edificio construido de piedra. En ruinas, se podía apreciar como la verdina y la naturaleza en sí se habían apoderado de aquel lugar. Eché a llorar desconsoladamente como un niño. Sentía una profunda decepción en mi interior debida a aquel rechazo incomprensible de aquellas personas.

Los poetas franceses tenían razón. Malditos románticos.

Estuve inspeccionando durante más de una hora aquel sitio, y entonces volví a casa. Me daba rabia lo acontecido, y más cuando pude ver la guinda del pastel, los dos besándose en la esquina de la calle. No recuerdo cuantas horas pude estar encerrado en mi cuarto diseñando las mejores teorías sobre la vida, me gustaba inspirarme de aquella manera. Pobre iluso que soñaba con los ojos abiertos.

A la mañana siguiente me desperté muy temprano. El día lluvioso acompañaba a aquel estado de ánimo típico de quien pasa largas horas de su vida viviendo cosas que hieren a su propio ser. Decidí salir de casa con el coche. Iría a la Fábrica otra vez.

Abrí la puerta y me la encontré de frente.

-         ¿Qué haces aquí?

-         Quería pedirte disculpas por lo de ayer.

-         No hace falta que me digas nada, lo siento, tengo prisa.

-         ¿Dónde vas?

-         A la Fábrica de Aire.

-         ¿Puedo ir contigo?

-         Será mejor que vaya solo. Hasta luego.

Nos miramos fijamente una vez más. El tiempo pareció quedarse en suspenso. No pude contener la mirada más de dos segundos. Hay ocasiones en que las cosas surgen de un traspié tras otro. Sentí su mano sobre mi brazo, y un estremecer mi cuerpo, un escalofrío irremediablemente placentero. Me hubiera quedado allí de pie toda una vida observándola detenidamente y aún así no habría logrado descubrirla por completo. Pero me fui. Cobarde.

En la Fábrica estuve pensando muchas cosas. No sé porqué extraña razón me parecía estar contemplando algo que había soñado durante toda una vida. Aquella chica me volvía loco. No podía pensar más que en ella. Porqué, porqué, si no la conocía, qué tenía su mirada y sus manos, esa sensación de querer avanzar por una senda que conduce hasta el infinito más pleno.

Me dediqué a estar sentando mirando hacia el horizonte. No recuerdo cuantas horas estuve así. Quizás estaba esperando que llegara, pobre tonto. Estaba bajo la lluvia dialogando conmigo mismo. No me importó mojarme, aquel lugar me fascinaba, y un sueño estaba entrando en mi sangre. Ahora lo importante no era que fuera imposible, que perteneciera a otro, que tuviéramos todas las trabas posibles, que la vida no cruzara nuestros caminos, que yo no fuera para ella, ni ella para mí. Ahora sin embargo, sabía que existía, que por una vez podía estar seguro de que la chica de mi vida vivía a metros de mi casa y que podría verla con mis ojos. Que ese sufrimiento e impotencia no importaba si ella existía. Porque la vida había alcanzado su máximo sentido. Todo lo demás se había desvanecido. El amor era el destino del hombre, y eso era algo por lo que lucharía con mi vida.

El día siguiente lo pasé en casa, escribiendo. A veces me levantaba de la silla y daba vueltas en mi cuarto. Una y otra vez visualizaba su belleza, sus palabras… ¿puedo ir contigo?… todo lo que veía y todo lo que pensaba y soñaba me recordaba a ella. Apenas la conocía, pero era ella, no me cabía ninguna duda. Era la perfección de mis sueños plasmada en el suceder de mi triste vida, que perseguía con ansia esa ilusión que se escribía una y otra vez en mis humildes palabras.

-         Hay una carta para ti – me dijo mi madre cuando bajé a tomar el almuerzo.

-         ¿De quién es? –pregunté.

-         No lo sé, no tiene remite.

La cogí, y rápidamente subí a mi cuarto.

 

“Todas las miradas esconden silencios y secretos, tesoros guardados que esperan ser encontrados… Te espero en la Fábrica de Aire”…

 

Salí corriendo. Jamás había tenido tanta prisa, tantas ganas de hallar, de cumplir un sueño. Ni siquiera había arrancado el coche. Corría bajo la lluvia sin importar nada, sólo quería llegar…

Y allí estaba, con los brazos abiertos. Y allí estaba yo, suspirando y tapándome los ojos, pestañeando una y otra vez para ver si era verdad lo que estaba sucediendo. Entonces, la abracé con fuerza y nos besamos como dos jóvenes ilusionados que redactan el cuento de su vida. Bajo la lluvia se rompían todos los esquemas, todas las pautas dejaban de ser reglas que cumplir. Lo que otros deseaban chocaba con la fuerza de nuestros labios persiguiéndose de la manera más hermosa.

A veces pienso, y a veces callo, pero de una cosa estoy seguro. Nada me hace más feliz que verla feliz, y nada me conmueve más que ver mi sonrisa dibujada con su preciosa sonrisa. Es algo que batallaré día tras día. Porque la vida consiste en perseguir lo que llevamos toda una vida soñando. Y tú, eres el sueño de mi vida…

 

Francis Campos

Brenes, Sevilla, a 31 de mayo de 2009

CUANDO ENCIENDAS LA MIRADA…

“… Larra es algo más complejo que un símbolo del movimiento romántico, pese a su suicidio  aparentemente motivado por el fracaso de una pasión amorosa. Es incuestionable, por histórico, que el pistoletazo que puso fin a su vida, a los veintiocho años de edad, resonó minutos después de la salida del domicilio del escritor de Dolores Armijo, que ha ido a él para romper, definitivamente, con su amante.”

 Palmeras

            Cuando se marchó sentí un puñal clavado en lo más profundo de ese ser que tanto me martiriza. Un machete tan grande como el de cada día. No podemos controlar que la persona por la que te desvives deje de estar a tu lado y se vaya como con prisa y con la mirada un poco perdida.

            La sensación de la posibilidad de que fuera la última vez que mis ojos contemplaran los suyos o de que nuestras manos se separaran para siempre es el miedo a perder el ritmo acontecido. Tras ese traspié, sonrío. Soy el hombre más feliz sobre la faz de la tierra, razones no me faltan para ello, cuando veo que sonríe, algo dentro de mí se estremece. Es como contemplar una estrella fugaz una y otra vez. Indescriptible.

            A veces pienso que no basta con escribir estas palabras. Pero esto es más real de lo que parece. Podemos jugar a esconder, a camuflar, pero no podemos engañar, las verdades no son a medias, están enteras una a una. Y eso, al fin y al cabo, es la satisfacción de poder irse a dormir con una sonrisa en los labios. No solo yo. Y en cuanto a ti, nadie sabe como tú adentrarse en la magia de cada escrito. Por algo llevas esa corona que nadie antes ha llevado, no te equivoques.

            Esto no es ficción, para ficción están los que utilizan la dialéctica. Nosotros no escribimos palabras, las palabras nos escriben. No escribimos para enamorar sino para enamorarnos de lo que describimos. Es nuestra manera de adentrarnos en nuestros sueños. Y no aborrezco la perfección, todo lo contrario, me fascina lo perfecto. Me encanta ser el mismo una y otra vez, nada me defraudaría más que irme a dormir sabiendo que tengo algo pendiente por hacer.

            Mi mirada y mi sonrisa son la misma cosa que lo que escribo. La pluma me define en cuerpo y alma, y este es tu momento. Para mi no existe la duda o el quizás. Cada segundo que conforma mi existencia piensa en ti. Y cada cosa que hago o decido te tiene en cuenta. Si permanezco en silencio es porque estoy escribiendo poesía. Si desaparezco es porque no estoy en este lugar en el que está mi cuerpo. Si voy en este tren es porque lo siento, y siento que necesito un beso tuyo antes de cerrar los ojos cuando arriba cada noche.

            Me encanta que no sigas un protocolo. La realeza que estoy forjando con mi existencia no contiene formalismos. Tu mirada y tu saber estar es razón suficiente para coronarte. La manera de expresar tus ideas, la manera de acontecerse lo acontecido es magia sucedida a cada beso. Si la naturaleza no fuera fantasía, la poesía no sería literatura. Los sueños son vida conquistada. Tus ojos, mis ojos. Mis labios los tuyos.

            Vengo a decirte que no existe el miedo. Que nada más que tú es lo que le importa a quien siente palpitar el instante adormecido. Que se pierde la razón y la locura comienza a divagar a sus anchas más extensas. Es la ilusión de entrar en tu sueño cada noche. Este poder observarte mientras duermes, y la forma que tienes de mantenerme en vilo. La fe de alcanzar lo más hermoso. La espera, día tras día en este tren con un destino vital feliz. Esta lágrima, que aún no entiendes porque no se ve, porque nadie puede verla, y casi nadie entenderla. Esta vida extraña que corretea impasible ante la mirada de curiosos. Quién opina, quién piensa. Yo considero que indudablemente nada de esto es ficción. Para inventar inventamos novelas. Para esconder intimamos poesía. Y para mostrar lo que somos y lo que sentimos escribimos estas cartas marineras que son prosa poética acompasada a las olas del mar.

            Dame la mano, preciosa. Vamos a un lugar maravilloso. Cierra los ojos, que el Sol se deslumbra cuando los abres. Deja que te muestre este paraíso sin fin. Aún no has visto nada, espera, larga espera. Y vuélvete y abrázame en la madrugada. Estaré flotando sobre el aire, contemplándote una vida más allá de esta. Estaré tras de ti, empujando esta fragata que navega viento en popa a toda vela.

            Aguarda unos minutos, ya casi estamos, destapa esa mirada tuya coloreada marinera. La luna precisa que alumbres la nocturnidad más maravillosa. Te pertenece ese ingenio de imaginar lo que sucederá mañana cuando despertemos de este viaje. Porque cuando abras los ojos sentirás mis manos sobre tu rostro, y mis ojos perseguir tus dos luceros cristalinos. Comprenderás porqué lloraba, comprenderás porqué nosotros podemos volar cogidos de la mano o surcar los mares más remotos. Cuando enciendas la mirada estaré allí, allí al otro lado de este lugar llamado Por siempre jamás…

            Bienvenida pequeña…

 

Francis Campos

Brenes, 14 y 15 de mayo de 2009

EL TRANVÍA DE POR SIEMPRE JAMÁS

   tranvia    

     Anoche, cuando salí de trabajar que quedé pensando qué podía hacer con la libertad de mi actuar en aquel momento. Estuve divagando durante unos minutos en el interior de mi coche, paseando por las calles de este pueblo con leyes un tanto flexibles.

            Me pareció perderme en mis pensamientos. La recordaba corretear por el patio del colegio que me vio crecer. Aún tengo grabada su mirada en mi memoria. Unos ojos de esa intensidad marinera jamás pueden se olvidados. Es como explicar la fusión entre cielo y mar en el amanecer más hermoso. Y ella contenía todo aquello, todo aquel elixir que la hacía relucir entre las demás.

            Probablemente nuestras sendas no se cruzarían nunca, y a lo mejor me habría de bastar mirarla una y otra vez hasta escribir estas líneas con alguna que otra lágrima de impotencia. Probablemente los sueños y la vida discurrían por distintos derroteros. Sin embargo, existe un lugar, un ambiente, un entorno que más que idílico constituye el hábitat de aquellas personas que mantienen que la perfección y la felicidad se componen de dos sonrisas que buscan besarse en un único instante.

            Sea como fuere cerré los ojos con fuerza y aceleré pisando a fondo. Lo hice con tanta energía que cuando los abrí me encontraba de pie en una habitación cuya única luz eran dos ojos acompañados de una pequeña lámpara y el relucir de una ninfa que sobrevolaba paisajes de ensueño. Mi mano derecha contenía una llave y la izquierda una amapola enorme, la flor más hermosa que mis ojos habían visto hasta aquel momento.

            Frente a frente, nos miramos fijamente hasta encontrarnos justo a varios centímetros de distancia. Su tierno gesto y sus pálidas mejillas escondían el tesoro más grandioso que una dama puede cubrir con sus pensamientos más turbios. La sentí tan cerca que quise abrazarla infinito hasta lograr esa esencia que cualquier ser humano mataría por conseguir.

            Frené en seco. Los demás coches me estaban pitando y algunos conductores me miraban con el gesto desafiante. Dios santo, qué había pasado…

            Giré el volante en seco y volví a mi carril. Cuando pude me quedé apartado a la derecha, y cuando hube parado rompí a llorar con las manos sobre mi cabeza. Pienso que, a veces, esa ansia por hallar supera todas mis fuerzas. De pronto, así como si nada decidí retomar el rumbo y partir hacia la ciudad. Iba con lo puesto, ni siquiera sabía dónde dejaba la cabeza. En ocasiones me da por creer que huyo de la vida. A lo mejor nunca he dejado de perseguirla.

            Cuando llegué, las calles estaban casi desiertas. Aparqué donde pude y me cercioré de que estaba haciendo lo que había pensado durante toda una vida. Si todos aquellos años habían dado tanta lucha por conseguir aquello que anhelan los que pretenden la plenitud, si aquellas batallas con coraza y espada me habían hecho querer alcanzar aquel ideal puro y natural que es alcanzar la cima no sólo en los versos, cómo iba a desistir ahora que lo tenía delante de mis ojos.

            Apagué la mirada un instante. ¿Qué piensas? No pienso, ¿Qué miras, qué tengo? No miro, no tienes nada, me siento extasiado, conmovido, he perdido las fuerzas para decidir lo que no se puede razonar. He dejado a un lado las armas, he colgado la espada y la teoría sobre las princesas. He pensado sin pensar que sentir y dejarse llevar me trasladará al lugar con el que he soñado todas las noches de mi existencia. Por eso me marcho.

            Cuando subí, me dio la sensación de que se me estaba poniendo la carne de gallina. Tuve la impresión de marearme, pero entendía que sería alguna alucinación o algo. Mientras sacaba mi billete observé su mirar y su forma de estar inquieta. Quizás buscaba a alguien, no lo sé.

            Cogí mis cosas y me trasladé al final del todo. Recorrimos toda la ciudad durante horas hasta que me quedé dormido. Cuando desperté estaba junto a mi, mirándome fijamente a los ojos. Qué pasaría si eres lo que una persona ha estado esperando durante toda su vida. Qué pasaría si esa persona representa lo mismo para ti. Qué pasaría si el tranvía de los sueños nos lleva al anochecer más bello sobre aquel paisaje en el que nos besamos por primera vez al mismo tiempo que luchamos por no sucumbir ante el frío nocturno. Qué pasaría si dos sonrisas se dibujan mutuamente. Qué pasaría si nos marchamos cogidos de la mano hacia un lugar llamado Por siempre jamás

            Es lo que me pregunto cada noche en que cierro los ojos, cada mañana en la que despierto adormecido pensando lo maravilloso que resulta dormir con la sensación de que somos los pasajeros más afortunados del universo…

            Buen viaje pequeña…

 

Brenes, 9 de mayo de 2009

Francis Campos

EL CAFÉ

CAPÍTULO 1

 

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Brenes, viernes 7.30 a.m.

Esta mañana no es como las demás. Aún no estoy despierto, aunque ando dando bandazos de aquí para allá. No sé qué hago. Definitivamente, no sé qué estoy buscando.

Tengo la sensación de estar sobrecogido, de tener algo en mi interior que me ahoga segundo tras segundo, es un malestar odioso que me persigue sin tregua. No sé que hace. Definitivamente, hoy no es un buen día, ayer tampoco lo fue. Mañana lo será, quizás.

No es costumbre poner la cafetera, dos o tres cucharadas de soluble va mejor en proporción al tiempo que se tarda en servir tras el chisporroteo de la maquinita. La prisa siempre es un aspecto técnico presente.

Sorbo tras sorbo, agrio, amargo y dulce. Sorbo tras sorbo abro los ojos y lo veo todo distinto. Cambian perspectivas, ideas, es un cúmulo de cosas y vivencias. He divagado en mil imágenes contradictorias, he maldecido al amor a sabiendas de que mentía. Ahora lo maldigo con certeza. Bendito café.

Me siento pleno. Bueno, eso creo. Y estoy comenzando a vislumbrar su sonrisa, es preciosa, es algo nuevo…

 

¡Calla, insensato! Camina y camina, haz lo que todos, no pienses más allá de donde corresponde…

 

Pero algo dentro de mi toma mi mano, algo me estremece y me corta el cuerpo. Inmenso aroma… cierra los ojos… tic tac, otra vez es él, que me persigue a tientas. “Una vez más, una vez más, ven conmigo…”

Caen mil lágrimas, he volcado la taza. Estoy temblando, Dios mío, qué está pasando. Es ella, es él, esa extraña sensación, otra vez, ¿cómo puede ser?

Me seco la cara con una toalla. Otro sobresalto así acabaría conmigo. Esto es una locura… “quiere conocerte, quiere conocerte…”

 

¿Por qué, por qué? Corre, corre, huye a tientas que te persigue y te está alcanzando. No, por favor, me quiero ir, suelta mi mano. Tengo que marcharme. Ya te he visto antes, eres la misma con distinto color. Te odio. Te odio con todas mis fuerzas.

 

Sigo sudando, estoy empezando a marearme…

 

No puedo despertarme, ¿qué pasa?

Solos tú y yo, me fascina tenerte a mi lado, besa mis labios, linda flor, que me estremezco. Tu sonrisa me hace despertar, tus palabras son el aliento que engrandece un alma. Tu verdad es la mía, pura y consistente. Mi verdad luce a pecho descubierto, la tuya traspasa la luna y rellena el universo. Eres la fusión del sueño con el sueño cuando la vida expectante divaga atónita ante lo que ven estos ojos…

 

¡No, cállate!

Lloraba desconsoladamente una vez más. Vida y sueño, sueño y vida, tic tac, el inconfundible reloj del martirio hiriente. Siempre antagónicos, porqué, porqué. No lo sé.

 

Dame la mano, anda. Ven, por favor, y no se lo digas a nadie, solos tú y yo. Cuenta hasta tres, nos vamos lejos… tic, tac, tres…

Un sorbo más, por favor, un sueño más antes de irme a dormir… un sorbo más, no me podré quedar dormido…

Me he enamorado de una mujer desconocida…

 

Brenes, Sevilla 14 de abril de 2009

Francis Campos

BUENAS NOCHES, Y DULCES SUEÑOS…

 mujerleyendo11

 

En algún lugar del mundo, de esta franja formada por cuatro calles, existe, saliendo por el portón y mirando a la izquierda, una ruta que conduce hacia la salida mágica de los sueños…

            Escribir de puño y letra algo que estremece tanto que desvía la tinta y hace volar a la caligrafía termina desencajando el rostro y ocultando lo pasajero, a la misma vez que florece lo bello, hermoso y verdadero.

            Mis palabras persiguen tu alma soñadora, cierra los ojos y ábrelos de nuevo, suena el tic tac del reloj, es tarde. Déjate llevar por la nocturnidad, al otro lado de estas letras alguien como yo sueña lo inimaginable, lo que nunca ocurre cuando despertamos.

            Comienza la vida, y no nos gusta. Cierra los ojos, esta vida te pertenece más y se denomina in soñando, se viste de gala y nos acomoda, y nos teje un universo de besos y abrazos. No es mentira, está sucediendo, cada vez que pestañees, cada vez que susurren estos labios, estas líneas serán tuyas y caerán en la cuenta de que describen algo inmenso.

            Es algo natural, es la vida como tal, soñada al afán de los poetas por conquistar lo conquistado en tantas noches de vigilia. Persigue esta mano que clama una sonrisa hermosa, y dime adiós para volver años más tarde a destapar lo encubierto entre cartones de intemperie. No es un juego de palabras, lo superfluo no cabe en una dedicatoria sentida ni cada folio transmite estados de ánimo duraderos, pero sí plasma cada renglón de una vida incansable y un deseo inconformista de alcanzar lo pleno que fueran su estar a mi lado.

            Por eso, cierra los ojos, duérmete, que comienza el vals de lo intenso. Dame tu mano, que despegamos en seguida. A dónde, no lo sé, no tengo más palabras, me produce un fuerte dolor escribir de esta manera, me está matando el alma resurgir de entre las cenizas, como una vez más, como si soñar fuera la cima, que lo es.

Porque la existencia se limita a comportarnos según unas pautas regladas. Lo verdadero está aquí, en esta noche hermosa en que traspasaría estos muros que me atrapan. El vivir se comprende de dos acciones: respirar y permanecer vivo. Soñar consiste en abrazar la vida mientras conseguimos aquello que no nos deja dormir por las noches.

Cierra los ojos ahora, y camina. Camina recto y mira hacia el fondo del todo. Allí te espero, como una luna más. Porque si apagas tu mirada puedo besarte eternamente. Puedo aparecer de entre la nada y hacer del tiempo el aliado acompañante de viajes a otros universos.

Te espero cuando pronuncien tus labios que sólo al soñar somos libres al pensar, te espero cuando cruces esta franja, subas las escaleras y me susurres al oído la vida comienza por un sueño que te estremece en la mañana

Buenas noches, y dulces sueños…

 

Francis Campos,

Brenes, Sevilla, madrugada de 8 de abril de 2009

¡BUENOS DÍAS SEÑOR KEVIN!

” ¿Quieres saber acaso
la causa del misterio?
Una estatua de carne
me envenenó la vida con sus besos.
Y tenía tus labios, lindos, rojos
y tenía tus ojos, grandes, bellos… “

 

Rubén Darío

 

el-amor-en-los-tiempos-del-colera       

6:30 a.m. 9 de febrero de 2009, Brenes (Sevilla)

 

Buenos días señor Kevin.

 

Hoy es un día raro, no me he despertado solo estremecido. Si acaso notara cerca el susurro de alguna dama. Si alguna imagen rondara por mi cabeza como cada mañana al despertar un sueño imaginado. Qué ha pasado, algo no funciona como debiera. Necesito un café. Tres cucharadas. Marca desconocida.

Voy en el coche como una moto, como un día más pero distinto. Dios, qué locura, cómo suena Radio Amanecer en mi nueva adquisición de Navidades. Le piso un poco y parece un animal descontrolado. Mi cabeza sigue vacía. Hoy comienzan las clases.

Es un mundo nuevo, diferente a todo lo vivido, a todo aquello soñado que pareciera inmenso. Se ha roto la frágil idea de lo idílico, de lo perfecto. Ahora existe la vida en sí, ni más ni menos, más o menos bonita, la que nos toca, o la que conseguimos al perseguir cosas.

Perseguir… cuánto hemos perseguido en los últimos años, una y otra vez, conquista, batalla, caída, escalada hasta la cima, cuanta pasión y cuánto dolor, cuanta verdad y cuanto engaño. Hemos terminado, aquí comienza la nueva historia, el partir de cero, la certeza de construir un nuevo paraíso.

Qué teníamos que demostrar, hasta dónde teníamos que llegar, hasta dónde perseguirte, por qué alcanzarte, qué eras tú sino una más, por qué te perseguía si lo grandioso viene solo caminando lento el paso. Qué tenía que hacer para lograr una sonrisa tuya cuando nos ponías a todos en fila para que nos hiciéramos enemigos en la lucha por tu conquista.

Eso se ha terminado, nadie es imprescindible, ni tú, ni tú. Coge tus cosas y márchate, no te quiero cerca, ni más ni menos donde te corresponde. Estas son mis cartas, se barajan solas. Perseguimos un sueño llamado felicidad.

A mi izquierda queda el aeropuerto. Avión tras avión despegan al aire con sus alas. Me marcho. Este es mi camino. Bienvenido al maravilloso mundo de la existencia. Tomen asiento por favor.

La razón persigue al amor. Ambos corretean por este jardín hermoso. Surgen versos de marfil, una nueva obra de 12.000 €. No está nada mal, es un buen sueño si se cumple. Si tienes la cartera llena dicen que funciona. Si hablan de ti, más. Uy qué coche se ha comprado. ¿Qué está con esa? No, es mi amiga. ¿Tu amiga? Sí, mi amiga, no me mires así. Ah, es verdad que la amistad con el sexo opuesto no existe. Uno rápido y nos vamos. ¿Cómo?  Sí, lo que has oído. La primavera la sangre altera. Estoy rompiendo lo eterno a favor de un Carpe diem endemoniado que llevo encadenado a la experiencia. Me presento, soy nuevo aquí, vengo a pelear cara a cara con algunos de vosotros.

Es mentira, no me creáis. Me río de lo que veo cada mañana. Bienvenidos a la maravillosa Universidad Pablo de Olavide. Hogar dulce hogar. Comienza la jornada. Es bellísima esa señorita… ¿Por qué no un poema? Una silva de 100 €, vaya vaya, sí que inspira. Es preciosa, su novio debe estar forrado. Hola guapo, ¿te apetece un café?… ¿Perdona?… ¿Qué si te apetece quedar?… Lo siento, estoy escribiendo señorita, ¿me permite por favor?…

A veces lo bueno es enemigo de lo mejor. No alces la mirada, permanece en pie mirando al frente. Aguarda, respira lento, un, dos tres… Záss!!

¡¡Señorita!! ¿Le apetece un café?… Lo siento. Mi novio me está esperando. Audi Q7… increible… tengo que escribirlo…

 

 

Francis Campos Jareño

Brenes, Sevilla 25-03-09

 

TEORÍA SOBRE LAS PRINCESAS

Por Francis Campos

 

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            Revolotean emitiendo señales de atracción física, quien puede, hacia los corrientes… Princesas a los ojos de estos… Corrientes a los ojos de los Príncipes…

            Quizás no entiendan el texto, no está escrito para ello y no es necesario que se esfuercen por expresar una crítica fundamentada, para eso están los hechos, la vida y los sueños… que jamás mienten, no lo olviden nunca…

            Como decía, revolotean, hablan entre ellas sobre ellos, y ante estos callan, asienten y se comportan con astucia, como ante uno más, qué más da el número, si piensan que ellos también las cuentan y no es ninguna osadía ni invención, sino que es así, la vida es un número que se sucede a lo largo de los días, puede que hasta por minutos. Qué más da un segundo si el siguiente es para otra persona, y quién puede más, tú o yo, quien gana esta batalla absurda, no quiero sentir, para qué, si se llevan las guerras y los combatientes se examinan mutuamente en busca del hueco en que causar dolor…

            Cómo no pasar, no es una etapa, es una existencia, algo duradero, es la estancia con uno mismo, me acerco a ti y puedo ver en tus ojos lo que necesito saber de ti, sé cuando mientes, cuando todos oímos lo mismo dos veces seguidas, no embellezcas las palabras que son sucias de por sí, tampoco seas transparente si no te nace, no es tu esencia serlo, se te dan mejor otras cosas.

            Te miro revolotear una y otra vez, te gusta intentar controlarlo todo, tenerlo todo bien atado, te fascina ser el centro de atención y crees ser la reina del desfile por un instante, es como volar, es como sentirse única y eso te engrandece… Te equivocas, vives una gran mentira, eres la primera que lo sabe, que nada es cierto, sobre todo cuando despiertas en la mañana y tienes en el móvil tres llamadas perdidas y dos mensajes… Sonríes por un momento, pero no son más que flores de gente que te quiere por tu carcasa, que ni siquiera te complace a ti misma, piensa que vales eso, que la esencia desaparece, o que ni siquiera existe, quién sabe. Vives cada minuto rodeada de ilusiones, perfeccionas tu revoloteo y eres simpática para los que creen tus mentiras y alejas a los que te aprecian por tus verdades, que son cada vez menos.

            Crees que todo tiene un sentido inventado por ti, crees que cualquiera se rinde ante ti, eres hermosa para la multitud y te deslizas con talante derrochando energía, crees, bien dicho, piensas que la vida te rodea, pero te evaporas cada vez más, sueñas cada noche, nunca dejas de hacerlo pero tus sueños nunca son vivencias sino más bien lo que llevas cada vez más en el fondo. Todos son iguales. Todas son iguales. Una y otra vez. Es cierto, has creado un universo plagado de falsas creencias. No puedo verte pero puedo verlo en tus ojos como si te conociera de antaño, me gusta ver como te engañas, disfruto cuando intentas llamar la atención de alguien, me encantan los besos en las bocas de otros, me reconforta pensar que eres una menos por quien batallar, ahorras trabajo a los que permanecen.

            Camina, sigo observándote, sigo con tus ojos ante los míos, qué más da, pienso, si existo un día más es por mis verdades y por conocer tus mentiras, si vivo es porque sueño lo que me sucede, si sucede es porque te lo mereces más que nadie. Y por qué te escribo, porque eres una más entre las demás y me gusta que alguien te lo recuerde a menudo, que eres hermosa a los ojos de la mayoría pero no eres única para ningún único, no lo olvides nunca…

 

 

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