Marina fue la primera en levantarse y dirigirse hacia la puerta con su carpeta bajo el brazo. Mientras se deslizaba por el aula sonreía mostrando su perfecta dentadura a la vez que todos arrojaban comentarios y halagos. En realidad nadie sabía si su sonrisa se debía a que algún otro chico la esperaba al otro lado de la verja o a que simplemente se jactaba de dejar atrás a un confín de estudiantes que perseguían cambiar sus propios destinos.
Las chicas envidiaban su manera de maquillarse. Su sombra de ojos era perfecta, su mirada y su silueta, y radiante la soltura con la que se discurría entre los demás pupilos. Nadie en la clase tenía tal capacidad de acaparar tantos sueños ajenos. Me pregunto qué razón le otorgaba tal derecho.
Cuando definitivamente abandonó la clase, todas las miradas se posaron en su compañera de asiento. Pero segundos después, la campanada que daba final a la jornada dio por terminado aquel torpedo de ideas e imágenes, y todos salieron a la calle en busca de un último segundo de gloria.
En ese instante retrocedí hasta el perchero para buscar mi abrigo, y al acercarme a ella me cercioré de su belleza inmensa una vez más. Su mirada del color de la melaza se encontró con la mía al pasar a su lado. En ese momento, mis ojos se detuvieron ante un sueño tal vez distinto a los de antes, aunque sabía por experiencia que nunca era así.
Diez segundos después, cuando me dirigía hacia fuera, vi que todavía seguía allí sentada, sin inmutarse de que había llegado la hora de marcharse a casa.
- Perdona, ¿no te vas? –le pregunté.
- Sí, ahora cuando salgan todos. Prefiero estar sola –respondió con ojos tiernos y tristes.
- Ya me iba, no te preocupes.
- No, no es por ti – aclaró.
Pasé a su lado y fui hacia la puerta con la idea de irme a casa
- Los tíos sois unos cabrones –añadió.
Proseguí mi paso, ajeno a aquel comentario que tantas veces había oído. Es lo que tiene estar con un chulo que se pasea con su motito y te invita a cenar a sitios caros, pensé mientras me giraba para responderle.
- Tu amiga Marina tiene otro concepto bien distinto de nosotros. Y los aspirantes a moqueta de su trono piensan lo mismo que tú pero de las tías. Supongo que al fin y al cabo la mayoría de las personas mantienen sus instintos un paso por encima de sus sentimientos. Hasta mañana.
Salí de la clase y fui hacia las escaleras para bajar hasta la puerta principal de la escuela. Segundos después, una voz apresurada gritó mi nombre. Me paré en seco y al girarme pude verla escalones más arriba con su anorak de cuadros de tonos grisáceos, mirándome con su sonrisa idílica. Estaba preciosa una vez más, con su cabello oscuro y ondulado y su radiante atractivo.
- ¿Es verdad que eres poeta? – me preguntó a lo lejos.
- ¿Quién te ha dicho eso? – respondí sin entender el sentido de la pregunta y mientras ella bajaba lentamente peldaño a peldaño.
- No sé, aquí todos te llaman el poeta. Eso no es malo. Yo tengo amigos poetas.
- Tienes razón, no es malo. Es lo mejor que puede pasarle a una persona –le dije al tiempo que proseguimos nuestro camino hacia la puerta de salida.
Caminamos, como extraños, sin hablar hasta salir fuera del recinto. Al otro lado de la acera la estaba esperando otro día más y la saludó sonriente al compás de mi tristeza. Ella avanzó unos metros e inesperadamente se giró hacia mí.
- ¿Qué sientes cuando escribes? – me preguntó mientras yo intentaba descifrar lo que clamaban sus ojos, valorando lo intangible de su mirada en ese instante que me pertenecía.
-Lo mismo que siento ahora al mirarte – le respondí.
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Brenes, 06-marzo-2011





Giorgio dijo:
marzo 7, 2011 a 10:52 pm
Me ha gustado mucho, se nota que tienes talento!