LA SOLEDAD DEL ESCRITOR

 “Hoy, por primera vez, mis ojos se posaron en ella con detenimiento. Frecuentemente, se dice que el sueño vuelve los párpados tan cerrados que debemos cerrarlos. Es posible que algo parecido ocurra en mis ojos. Es como si se cerrasen, pero al mismo tiempo, aparecen oscuras y misteriosas fuerzas. Ella no se da cuenta de que yo la miro, pero lo siente en todo el cuerpo. Cierro los ojos y anochece; en ella, en cambio, resplandece claramente el día”.

Diario de un Seductor
Sören Kierkegaard

 

San Vicente de la Barquera, Cantabria.

Cuántas veces el amor fue apagado con razón. Cuantas veces nos equivocamos y recorrimos el mismo camino erróneo una y otra vez. La historia de esta pluma se basa en la soledad que sentimos a lo largo de nuestros días.

La soledad es un sentimiento antagónico e inverso que alcanza proporciones incalculables. Nunca diría que es la satisfacción absoluta para un escritor, aunque se acerque mucho. La cosa es que amarte desde la soledad y desde dentro de ella, me produce un temblor que no consigo describir.

Sé que sonrío al mirarte, al disfrutar de cada momento de ti en esa primera mirada, de tu cuerpo, de tu piel brillando, de tu mirada intensa y tus labios que quisiera besar. En ese instante alzo el vuelo y divago perdido, emocionado. Pero cuando me detengo en seco y planto los pies en el suelo, aquí me hallo, un segundo detrás de otro, con ese martilleo y esa decepción constante. Acabo de alejarme de ti, y volar y aterrizar son dos cosas a las que se le llama soledad.

A veces sentimos el placer de vibrar por el efecto de una mirada. La vida se compone de momentos en los que la gente pasa, se desliza y arranca un trozo de ti. Es un tiempo que luego se desvanece y entonces todo regresa a la normalidad. En ese instante nos sentimos comprensivos y analizamos el por qué de las cosas sin apenas conocer al destino de nuestros ojos soñadores. Al final del día llegamos a la inevitable conclusión de que nos pertenece aquello que ansiamos, pero que incompresiblemente la balanza no se ha inclinado hacia nosotros. Entonces corremos, no sabemos hacia donde, pero corremos.

Intentamos recapacitar, reconducir nuestras ideas en base a nuestros sentimientos. Y volvemos a errar. Nos proponemos establecer unas pautas a nuestro corazón, pero la tempestad y el empuje de este arrasa todo cuanto se cruza por su senda. Antes de dormirnos caemos en la cuenta de que la vida consiste en perseguir incansablemente nuestros sueños. Y a la mañana siguiente al despertar, descubrimos que estamos a un solo paso de dar un giro de felicidad a nuestra vida. Pero entonces, razonamos de nuevo, y volvemos a correr.

Conducimos en soledad los kilómetros del desamor y volvemos la vista atrás sin olvidarnos de la primera mirada fugaz e intensa. Ese alguien podría cambiar nuestra vida. Quizás es pronto, y quizás es tarde.

Cuando llegamos al final de nuestro trayecto nos planteamos cuál es el valor que se le otorga a soñar mientras se leen unas líneas que escribe alguien que sueña todos los días de su vida. Probablemente queramos correr y escapar cuando las cosas no salen como esperamos, pero entonces volvemos a encontrarnos y nos miramos de nuevo. Y la segunda vez ya es imposible escaparse del deleite de unos ojos que irradian el sueño que una vez soñé.

Zaragoza, 10 de julio de 2011.

Francis Campos

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