Despierto.
Ya nada es igual. La ilusión se ha desvanecido. Creía poseer toda la libertad conmigo, la facilidad de anteponer mi propia vida a la de quienes no compartían la misma escala de valores.
Me calzaba las zapatillas y recorría lugares desconocidos para los habitantes de mi propia tierra. Rodaba kilómetros y kilómetros luchando por una ilusión, que era demostrarme a mí mismo que podía ser invencible.
Nunca he destacado en los deportes individuales. He soportado las risas de quienes esperaban que subiera al podio. Pero la sonrisa interior se desprendía de todos esos comentarios, y luché por batirme a mí mismo, rodeándome de los mejores atletas de la ciudad, aprendiendo de cada uno de ellos y de los valores que se transmiten en la convivencia atlética, ideales alejados de aquellos que persiguen quienes corren día tras día sin saber a dónde.
Yo corría para alcanzar el cielo, para soñar desde arriba, para olvidar y para darle la bienvenida al tiempo alegre de los días. Imaginaba paisajes bellos y experimentaba sensaciones indescriptibles. Aquello era felicidad.
Pero un día dejó de serlo.
Abandoné las pistas, la tierra y el asfalto. Me abandonó la decisión ajena y la fortaleza propia.
Decaí y cuando me levanté las lesiones me recordaron que nada en esta vida es más fácil que ser como los demás quieren que seas.
Aguardé mi momento y el tiempo pasó lento. Un día. Otro día. Hasta tres años.
Despierto.
Todo vuelve a ser igual. La ilusión me ha estremecido en esta mañana clara. Poseo la libertad de los latidos, la facilidad de ordenar las cosas por su nombre y su importancia.
Me calzo las zapatillas y recorro los caminos del desierto. La maleza me respeta y a veces recorro el río en uno y otro sentido, imaginando el día en que podré volver a vestirme para competir y batirme a mí mismo, para convertirme en invencible.
Ahora, corro y pedaleo para ver la vida desde la perspectiva de elegir el camino que necesito. Huyo de la oscuridad de la noche y programo cada día con una sonrisa y un canto mañanero.
Sueño con recuperar el tiempo perdido. Con volver a sentir que puedo sobrevolar mares y hacer grande mi corazón. Subo las pulsaciones y no miro ni delante ni detrás. El objetivo está conmigo mismo, soy mi propia competencia, mis dolencias, mi felicidad, mi reloj, mi nostalgia y mi manera de ver las cosas.
He venido para demostrarme que no necesito nada externo a mis ideales para convertirme en la persona más feliz del planeta.
“La finalidad no es ganar. Aunque los espectadores te animen como locos. Esa es la soledad que siente el corredor de fondo….”
La felicidad es perecer ante la bruma. Decaer y levantarse, alzar el vuelo y regresar a tierra firme. Allí estaré esperando para tomar el próximo barco…
Francis Campos
Zar goza, 8 de octubre de 2011.




Jorge dijo:
octubre 8, 2011 a 8:16 pm
Hola Francis, me ha encantado, y me ha motivado mucho!!
Ya me he suscrito para poder leer lo que vayas escribiendo.
Un abrazo fuerte y sigue así!!!
Tuka dijo:
octubre 10, 2011 a 8:11 pm
Magnifico!!!como todo lo que haces!