HABLO POR ELLOS. POR LA MAYORÍA.

“En realidad te quiero para quererte”

Isaías Aguilar, Monterrey, México.

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En realidad hay miradas que mienten. Hay situaciones que se revierten. Y otras que no. En verdad hay conversaciones que contienen verdades que no son. Y amistades que son sin ser el humo disipado de esta vida que se ha vuelto efímera y discontinua.

Nuestro paso por el mundo parece que se trata de ese ansioso querer algo cuando no se tiene, y ese renegar de lo que se puede tener cuando dos manos se entrelazan. Esa confianza de pensar que lo tenemos todo cuando en realidad no tenemos nada, o casi nada. Es ese misterio de pensarnos que la vida es eso imposible que en realidad imaginamos pero que no existe. Eso en lo que pensamos mientras dejamos escapar lo que se va. Lo que se ha ido.

Y surgen situaciones de desconcierto. Ojos que alardeaban sobre mirar a un horizonte limpio. Mensajes que quisieron ser el unísono son que sólo fue un día, máximo dos. La vida se va. Se nos ha ido cuando caminábamos sin volver la vista atrás. Cuando decidimos que la premisa máxima era sonreír por dentro y por fuera. Sonreírle a los demás, aunque fuéramos conscientes de que no se lo merecían. Aunque guardáramos el silencio que otorga la dura sensación de callarse lo infinito. Lo que nunca se llevarán de nosotros. Jamás.

Y entre tanto, al frenarse el tiempo aparecen voces del pasado. Sensaciones olvidadas a miles de kilómetros que discurren levemente como esa brisa que roza nuestro cuerpo que divaga triste. Esa lenta caricia pura que es la consigna para resucitar. Ese amanecer por un instante que se nutre de lo insólito. El hecho de saber que hay personas grandes con grandes verdades. El rumor de lo profundo, que traspasa el alma que olvida las fotos y las coartadas de una carcasa que ya no necesitamos. Seguid fotografiando a la tristeza camuflada. Que yo me bajo de la vida. De esta puta vida de la mayoría.

Y se fue la vida. Pero llegaron los sueños para convertirse en realidad.

Por algo somos corredores de fondo. Por eso no hay más distancia que la que recorren los pasos de cada día sin importar lo que piensen los demás. Sin esperar nada a cambio de lo que damos por el puro arte de ayudar a quienes pensamos que son grandes personas. Aunque no lo sean. Aunque sólo necesiten un abrazo y crean que los demás no los necesitamos. La vida es este bucle de dejarse llevar y hacer las cosas porque nos nacen, y no porque las hemos pensado. Esa es la infelicidad más triste. Que a veces frenamos el curso de las cosas porque tenemos miedo. Porque asociamos fluidez a sentimiento, y sentimiento a dolor. No estamos capacitados para nada más que para hacer cosas poco duraderas. Necesitamos sentimientos diferentes en cortos espacios de tiempos. Como si costara esforzarse. Como si pensáramos que los grandes logros de las personas increíbles se deben a golpes de suerte. Pero la suerte no existe, ni para el éxito, ni para el sentimiento. La buena suerte se la debemos a nuestro corazón. A nuestro empuje y persistencia. A nuestra mirada cristalina. Eso es. Somos estrellas fugaces que queremos y podemos ser la luna Pero en cierto modo pocas veces queremos eso.

Nos hemos rendido antes de empezar. Y caminamos sin mover un dedo por nada. Navegamos porque nos llevan las olas sin saber a dónde. No tenemos claro el objetivo ni la cantidad de esfuerzo que necesitamos para lograr lo que queremos. Corremos y corremos sin importarnos nada. Lo fácil no es no sólo comprometerse, sino ni siquiera asumir la responsabilidad de ser educados, de ponernos en la situación de los demás. A veces pensamos que los demás tienen vidas fáciles. Que el mundo los ha colocado delante nuestra para que estén a nuestro servicio, como si pensáramos que somos una puñetera divinidad que merece ser alabada. Y realmente no somos nadie. Porque al fin y al cabo cuando conciliamos el sueño, lo hemos perdido todo. Hablo por ellos. Por la mayoría.

El lapso de tiempo necesario para afrontar el increíble reto de la vida ha llegado. Hay fronteras que demuestran su inexistencia, y una voz clara y dulce que me ha enseñado a valorar cada mañana la constancia que supone arrancar un pequeño fragmento de mí que tenía enterrado. No me importa absolutamente nada lo que piense este mundo que detesto, porque en cierto modo no cuenta para esto que estoy transcribiendo. Tampoco quiero que lea ningún punto de esta bocanada al aire, y espero que ni siquiera haya llegado hasta estas últimas palabras que me faltan para decirle que mejor así, que por favor caminemos por separado porque entonces la vida podrá campar al son que verdaderamente quiero. Ahora apagaré las velas que iluminan cada palabra con su significado. Y de este modo me despediré una vez más con el torso desnudo que se viste, con el puño apretado que resiste porque la vida tiene un sentido inequívoco. No me cabe duda. Y el primero de los sentidos es que la lucha significa silencio si no es mutua. Y yo me quedo con el silencio, porque lo mutuo significa amor, y el amor ha dejado de creer en las personas que son eso, genéricas y mayoritariamente estándares. En definitiva, el éxito del que hablo sólo le compete a esta última línea.

A ti. Que llegaste hasta el comienzo de este trozo de vida.

Francis Campos Jareño

Sevilla, miércoles 27 de julio de 2016

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