VOLVER AL ORIGEN

“La vida, para mí, no es una vela que se apaga. Es más bien una espléndida antorcha que sostengo en mis manos durante un momento, y quiero que arda con la máxima claridad posible antes de entregarla a futuras generaciones.”

George Bernard Shaw

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Francis Campos – Kyoto (Japón)

Camino a primera hora de la mañana hacia la clínica donde me dan rehabilitación. Hago eso que llaman meditar o reflexionar. Detener el mundo, o intentarlo cuando hemos olvidado cómo se hace. Mientras ando, observo a mi alrededor a todas las personas que llevan entre sus manos un teléfono móvil. Nos hemos convertido en seres que ya no sabemos cómo se vive sin engullir información inútil.

Pienso en la foto de la mañana, en la de ayer y en las de los días que vendrán. Las fotos donde explicaremos al mundo en las redes sociales lo felices que somos, aunque muchas veces nos coma la infelicidad, o aunque ni siquiera pensemos del modo en que reflejamos en los estados que hacemos públicos. Que se enteren todos de que somos muy profesionales, muy deportistas y por supuesto personas bien hermosas por dentro y por fuera.

Hoy me he despertado con el pie correcto, el de la sensatez. El de la razón que me dice que puede que el mundo también se equivoque a veces. De pronto, dejo de creer en el curso de las cosas que pasan junto a mí mientras camino. Dentro de la clínica suelto el móvil y agarro un libro. Los sucesivos días avanzo en mi libro hasta terminarlo. Y entonces, recuerdo cuando en el colegio gané un concurso en el que acabé terminando 64 libros en todo el curso.

De pronto, siento que estoy derrochando mi tiempo. El de cada vez que interactúo con personas a las que no les importa mi vida, ni a mí la de ellos. Porque realmente no tenemos que demostrarnos nada los unos a los otros, y aun así hasta muchas veces somos grandes amigos fuera del mundo virtual. Tampoco tenemos que bebernos toda la información que la red nos ofrece. Al final, terminamos la jornada exhaustos con tanta publicidad y experiencias maravillosas. Ese día hemos vivido un poco menos. Y así sucesivamente.

Cada amanecer comienzo a pensar que a veces la vida es mucho más simple de cómo nos la pintan. No me importa cuánto avancen los demás, pero no puedo avanzar sabiendo que dejo detrás de mí los rasgos que me forjaron cuando no había Facebook, Instagram, Twitter, Whatsapp, o ni si quiera internet. Pertenezco a esa generación que creció en las calles de su pueblo jugando sin parar. Creo que en las circunstancias en las que me encuentro a día de hoy, con tantas distracciones que transportamos en nuestros Smartphones, no sería capaz de fundar un equipo de hockey, como hice cuando tenía apenas diez años. Me enseñó mucho más pasar horas y horas con mis patines que el encender la pantalla para visualizar sensaciones artificiales que realmente representan la verdad o la mentira que uno quiere crear en su mente.

Finalmente, detengo al mundo y me bajo. Este ser que observo no soy yo. El Francis Campos que publicó un libro de poesía con veinte años, el que escribía artículos y poemas casi cada día. El que se sumergía en un mundo interior que ahora veo arrasado por los derroteros de nuestra experiencia sobre la generalidad que supone ser como los demás.

No tengo nada que reprocharme. Quizás mañana publique otra vez ante todos lo feliz que soy, porque realmente es así cómo me siento. Pero quizás esté rescatando partes de mí que me caracterizan y que me definen como persona. Los sentimientos no tienen por qué inventarse, pero cuando deslizo la tinta sobre el papel no necesito ningún “me gusta”, porque me conformo con pensar y sentir dentro de mi esa plenitud de sincerarme con mis seres más queridos.

Hoy es el día en el que vuelvo al origen. A los días en los que transportaba lápiz y libreta para expresarme. A las horas en las que observaba al mundo a mi alrededor. A la búsqueda constante de una vida mejor, a la réplica nunca efímera de los momentos que causan infelicidad. Me debato entre mi filosofía de vida y la vida de la filosofía del hoy. No me importa que la soledad me indique que todos caminan en una única dirección contraria a mí. Mis caminos son la múltiple esencia de sentirme vivo cuando beso a mi novia y abrazo a mi familia.

También me siento vivo cuando corro, cuando pedaleo, cuando nado y cuando cocino. Esta es la vida que yo elegí. Y también puedo equivocarme y confiar en que el mundo está en lo cierto, pero también puedo hacer un alto para redescubrirme y abrir un libro que me devuelva a la realidad de mi ser. No es fácil desconectar de la necesariedad de estar siempre conectado. Quizás nunca alcance la fama, ni la riqueza, ni grandes patrocinadores para cumplir mis sueños. Pero no estoy dispuesto a manchar mi humilde esencia, porque ante todo siempre antepondré mis valores a lo preestablecido, y cuestionaré cualquier enseñanza que signifique damnificar a mis sentimientos y a mis principios más elementales. No es fácil caminar a contracorriente, pero un escritor no puede escribir lo que la gente quiere, sino lo que el mundo necesita de verdad.

Francis Campos Jareño

Brenes, 26 de julio de 2017

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