LA VIDA SOÑADA…

LA VIDA SOÑADA 

 

sta601901

 

            Era un día soleado, no asomaba en el cielo ni una sola nube de color distinto al blanco, y las más hermosas esponjas de color incoloro forjaban un mosaico bicolor con diez mil tonos distintos. Era un paraje perfecto, un lugar… – espérate, para… a ver, es así cómo empiezan todos los cuentos, todas las historietas de este mundo.

            – Bueno y qué… – ¿acaso piensas seguir un patrón que aburre hasta los más sabios? – Pero ellos me leen, y si lo hacen es porque les gusta… – No, no, a ver, recuerda que no eres como los demás, que tú eres…

             Me desperté súbitamente con la sensación  de que no viviría mejor en la calle que en el sueño del que me había despertado…

            El agua fresca trataba de espabilarme, y como el café, siempre acababa lográndolo. Busqué la ropa más adecuada al proceder de las actividades de mi agenda; lo mismo hice con mi peinado, y lo propio cada mañana de cada día, siempre distinta.

            Cuando arranqué el coche visualicé en mi mente todas las citas que tenía pendientes para ese día. No sé por cuánto tiempo lograría soportar aquello, me gustaba mi vida y la de los demás, pero a veces superaba mis fuerzas. Cada noche regresaba a casa con la plena sensación de haber ayudado a todo el que me lo había pedido. Eran normalmente las chicas las que acudían en mi ayuda. Siempre me había impresionado el modo en que estas se desenvolvían con la gente, de una manera tan natural, como si sus vidas fueran perfectas, como si realmente supieran controlar cada sensación, cada segundo, cada hombre… Sin embargo, con el tiempo fui dándome cuenta de eran capaces de esconder e interiorizar un profundo mar de sensaciones que sólo se transmitían para sí mismas y en  contadas ocasiones. Me gustaba ayudarlas, enseñarles y aprender de ellas con el corazón como estandarte, con la razón como bandera. Mi vida estaba llena de mil historias ajenas que mi mente fusionaba para crear una propia que se dividía en tres partes… irreal para algunos, un modo de vivir para otros…como yo…

            Volvía a casa con la sensación de haber sido útil a los demás pero con el amargo abatimiento de que mi existir constituía una compleja obra literaria que ni su mismo autor podía comprender, ni siquiera tener en sus manos. Escapaba a cualquier límite humano y sobrevivía a cada lucha, como un huracán que no sigue ninguna pauta, como una causa insuficiente, como una mente extensa que pervive infinita….

           

Todo daba vueltas, no conseguía fijar la vista en un punto concreto y de pronto volví a perder el conocimiento… no entendía muy bien qué estaba pasando.

            – Has tenido un accidente – oí a mi alrededor, se trataba de una voz conocida- no pasa nada chiquitito, todo va a salir bien…

            De pronto me volví a desvanecer…

 

            Miraba el reloj una y otra vez, Sandra llegaba ya con veinte minutos de retraso, el tiempo era horrible, pues al frío y al viento se le unía la tromba de agua que estaba cayendo. Desde la cristalera del Café París, pensaba con los ojillos tristes en las cosas que a veces afloraban desde mi interior creando un ambiente melancólico, poético y quizás algo depresivo. Me pasé como cinco minutos en esa misma situación, moviendo con la cucharilla un café que había perdido ya su temperatura perfecta. Poco después, unas manos, que cariñosamente se posaban sobre mi rostro tapándome la mirada, me despertaban de mis cavilaciones…

– Perdona cariño, es que me he quedado dormida, estaba súper cansada y se me ha pasado la hora, lo siento por hacerte esperar.

– No te preocupes – añadí con la sensación de quien no experimenta ninguna.

            – Qué guapo te veo, que cambio… ¿cuánto tiempo vas a estar por aquí?

            – No sé, quizás cuatro o cinco días…

Su mirada risueña me ponía bastante nervioso, estando frente a ella no era capaz de pensar con la facilidad con la que habitualmente me desenvolvía. Había esperado durante mucho tiempo para poder volver a verla. Sandra había conseguido provocar en mi, como ninguna otra, una auténtica sensación placentera. Era linda y dulce en sus expresiones y poseía un hermoso rostro mediterráneo, moreno cabello y una piel sensible y suave. Su voz era capaz de cautivar a cualquier alma, su presencia dejaba huella, e incomprensiblemente, siempre y a pesar de todo marcaba una senda que mi ser quiso perseguir insistentemente a lo largo de cada segundo que lograra me fuera brindado junto a ella… el sonido de su teléfono móvil cortó nuestra conversación, acto seguido se levantó y haciendo un gesto de disculpa salió a la calle, donde la lluvia había dejado de existir. La miraba fijamente mientras ella dialogaba, no paraba de sonreír, aunque a veces cambiaba su gesto y miraba hacia mí, pero siempre volvía una sonrisa a su rostro.

            Unos minutos después entró de nuevo en el establecimiento y me dijo que tenía que irse, que tenía que arreglar unas cosas. Se sentó a mi lado y me besó tiernamente mientras acariciaba mi mejilla. Una lágrima asomó mi rostro y cuando me miró fijamente antes de cruzar la puerta sentí que jamás aquellos labios volverían a ser míos.

 

            Noté una mano muy suave en mi frente, abrí los ojos lentamente, pero no lograba ver con nitidez a quién pertenecía aquel gesto. Había varias personas rodeándome, todos hablaban en voz baja pero al igual que no lograba verlos, tampoco acertaba a oír con claridad de quién eran aquellas voces.

           

            Arribé a la Calle Betis y fui a mirar el reloj cuando el rugido del motor de un flamante coche me hizo levantar la vista y comprobar que se paraba a mi lado. “Sube” me dijo Julia, y subí.

            Juntos recorrimos de extremo a extremo una de las ciudades más bellas de todas. Julia era de esa clase de chicas que vivían a tope, que pensaban siempre que el día presente era el último día, y transmitía una imagen de decisión y de mujer conquistadora, lo que la convertía a la vista de la gente que la conocía en una chica inteligente, alegre e independiente, a la vez que fugaz y feliz. Se dedicó en los primeros quince minutos de nuestra cita a derrochar toda adrenalina que poseía. Entonces se serenó y paramos en un parque florido, una bella estampa para intentar convencerme de que tras aquella imagen de vida con emociones fuertes se encontraba una mujer a la que no le habían salido las cosas con los hombres. Su vida estaba llena de mil citas que no llegaban nunca a buen puerto, pero ella insistía en su búsqueda, detestaba lo que tenía y pretendía lo que no, amaba lo que detestaba y se encaprichaba de lo que pretendía.

            Su rostro tan provocativo sorprendía a cualquiera que osara contemplarlo por sólo un leve segundo. Muchos llegaban a imaginar situaciones de multitud de calibres varios. Ya me entienden.

            – Sabes cielo, tú eres la clase de hombre que a mi me gusta, tienes cara de interesante y eres como un corredor de fondo en una relación, sabes mantenerte y dar lo mejor de ti en cada momento, eres un cachito de pan… en fin, que tuya será la fémina que elijas, eres un sol.

            No supe qué responder, me dediqué a ver como pasaban los segundos a la vez que sus palabras. El tiempo me demostró que aquellos segundos me pertenecían, pero los demás segundos de su vida pertenecían a otros, que por un momento, y al igual que yo, se habían sentido únicos y exclusivos. ¿La razón? búsqueda y confusión, la duda y la pasión, quizás eso.

 

            Otra vez me desperté súbitamente, dejando perplejos a todos los que se reunían en la sala. Respiraba con dificultad y poco a poco me fui calmando hasta tranquilizarme y desvanecerme de nuevo.

 

            Sofía era esa clase de mujer cuya vida había experimentado un gran cambio de un año para otro. Una chica que se había venido a estudiar a esta ciudad tan maravillosa, pero a la vez tan distinta de la tierra de donde era procedente. La soledad se había adueñado de su vida y las gentes que la rodeaban, tan diferentes a su persona no llenaban su vida como ella bien quisiera. De carácter tímido y rostro angelical, su mirada me cautivó desde el primer momento en que pude contemplarla enmudecido. Las casualidades de la vida nos habían hecho coincidir en diversas situaciones, por las casualidades de mi vida la observaba como tesoro de otro caballero, y por las casualidades de la suya, poseía, seguramente, una profunda multitud de sentimientos que no transmitía por miedo, que se guardaba para sí a sabiendas de que un día los regalaría.

            Nuestra cita no era más que parte obligatoria en otro menester que nos ocupaba. De todos modos, supe cómo saborear cada una de las palabras que procedente de sus labios, y con ese acento tan peculiar y dulce, llenaban la conversación que sobrellevábamos. Transmitía tranquilidad aunque, no cabía duda de que era dueña de un alma fogosa y pasional; cierta melancolía resurgía de su esencia, no todo era perfecto al fin y al cabo y a pesar de su búsqueda vital, de su situación ansiosa por hallar tal plenitud. Mi respeto me hizo mantenerme alejado y soñador, como en tantas otras ocasiones de mi vida.

 

            En cuestión de segundos, del recuerdo pasé a experimentar una situación extraña y a la vez placentera, por un momento dejé de sentir a mi lado a toda esa gente que me estaba rodeando, deje de oír sus comentarios y pude contemplar un ambiente totalmente desconocido; me encontraba en un túnel de piedra tipo mármol, era brillante y desprendía un olor sensual que jamás mi olfato había rozado. Al fondo, muy lejos, pude divisar un gran portón de hierro y madera con un candelabro a cada lado que lo iluminaba. Por unos momentos me sentí extraño y decidí caminar, anduve durante unos segundos, pero me frené en seco y miré hacia atrás. Absorto, pude contemplar un gran palacio de color plata rodeado de unos inmensos jardines, un lugar verde vegetal frondoso con unas flores y unas formas en su cuidado, adornado todo con el más bello colorido que jamás nadie hubiera podido contemplar. Sobre un puente de piedra que daba paso a la escaleras que llevaban a las puertas de la hermosa edificación, se hallaba una princesa de rostro aniñado… no pude evitar caminar hacia ella y descubrir que se trataba de Sandra. Al verme sonrió y cuando la alcancé pudimos abrazarnos con fuerza, nos dejamos caer, y ella se apoyó en mi, con un gesto de felicidad radiante, nos besamos y nos acariciamos como dos enamorados cuando la luna más bella y grandiosa los ilumina con fuerza. Pasamos largo rato juntos, y entonces me sorprendí de que el tiempo no pasaba, de que en aquel lugar no había reglas ni límites. Entonces me incorporé y miré hacia el otro extremo de aquel paraje, hacia el túnel que formaba mi camino. Me puse nervioso y empecé a temblar. Sandra se incorporó y me abrazó con fuerza.

– Ven conmigo, tú que me enamoras con las palabras, ven conmigo… – me agarró de la mano y tiró de mi con sutileza en dirección a las puertas de palacio- ven conmigo triste poeta y sabrás lo que se siente en este paraíso mío que ha de ser tuyo.

De repente solté su mano y volví a mirar hacia atrás, había desaparecido el túnel y en su lugar se hallaba un jardín superior en magnitud al que mis ojos habían podido contemplar horas antes, minutos antes, si es que fueron horas, si es que fueron minutos. La miré fijamente mientras lloraba pálido…

– Lo siento princesa, no puede ser, he de marcharme, lo siento…

Salí corriendo de aquel lugar, mi pulso se había acelerado considerablemente, lloraba de rabia, de angustia, lloraba de tristeza, pero no paré el ritmo. El cansancio estaba haciéndome añicos, la agonía se había apoderado de mi alma pero yo seguía corriendo. Variaba a cada instante el sitio en que me iba encontrando, ahora un paraje solitario y montañoso pero rocoso, pues no asomaba ni un solo amago de vegetación. Apenas notaba la sensación de dolor en mi cuerpo, corría y corría sin percatarme de nada, sólo buscaba un túnel, una salida… No pude ver lo que se avecinaba, no pude parar, no pude cerciorarme de que había llegado al final del trayecto terrestre y por un momento me vi sobrevolando el cielo durante unos segundos hasta chocar estrepitosamente sobre una superficie marítima, cerré los ojos y pude ver mi muerte a un paso, tendiéndome la mano, ofreciéndome el oxígeno que me faltaba…

Unas manos rodearon mi cuerpo y me desmayé contemplando sus ojos y su cabello pelirrojo…

Me desperté en la noche más cálida y brillante de todas, respiré profundamente y me vi rodeado de decenas de hombres que me miraban desconfiados. Su actitud no parecía demasiado amigable. De pronto, apareció haciéndose hueco entre la multitud, con su cabellera rojiza y su cuerpo moreno y destapado, menos en sus más intimas facciones. Julia la aventurera, Julia con su sonrisa y su gesto alegre

y cariñoso.

En cuestión de segundos, todos los hombres desaparecieron.

– ¿Quiénes son?

– ¿Estos? Son amigos míos; –me respondió- te estaba esperando, amor mío…

            – Gracias por salvarme, mi reina.

            Sus perfectos labios atraparon a los míos, ansiosos, expectantes… Nos besamos y acariciamos un sinfín de veces, cuando su boca recorría mi cuello experimentaba una sensación tan hermosa que ya no recordaba ni mi sufrimiento ni mi angustia, sólo a mi salvadora, sólo podía mantenerme preso de la chica que le daba la felicidad en aquellos instantes a este triste ausente, a este náufrago perdido…

            El tiempo no pasaba, el tic tac de los relojes consistía en sensaciones infinitas que se repetían como un vaivén, como un tren que daba vueltas a la redonda.

            Después de aquello se despidió de mi tras llevarme a dormir a un lugar escondido y precioso, indescriptible y rodeado de naturaleza, acogedor y de belleza insólita. No fui capaz de dormitar más de lo que hubieran durado algunas caricias más, y entonces me levanté y decidí conocer aquel paraje tan especial. Anduve largo rato y pude ver cómo todos dormían en circunstancias semejantes a la mía. Seguí andando y vi una luz muy poderosa al fondo de un sendero iluminado. Me fui acercando poco a poco y entonces me paré en seco al contemplar aquella imagen, aquella escena que me partió el alma en dos…

            Eché a correr una vez más en la nocturnidad mientras una voz luchaba por perseguirme. Pero estaba ansioso por escapar, decepcionado, furioso y enérgico. Estuve corriendo toda la noche a tientas por lugares desconocidos en busca del túnel, en busca del portón que me devolviera a la vida. El eco de aquella voz retumbaba aún en mi oído, no era mi salvadora, o quizás la compartía con otros.

            Repentinamente y sin quererlo me frené en seco y comencé a experimentar una sensación de paz interior increíble, quedándome perplejo, paralizado. La nocturnidad estaba dando paso a la estampa más preciosa que unos ojos podían contemplar, el bello amanecer, el gran astro procedente de oriente, la hermosa estrella que iluminaba las mañanas, que llamaba a las puertas de un corazón en ruinas, que seguía una senda gloriosa que hallaba el amor eterno en vida…

            Estaba completamente perdido, era un ausente del mundo en que me hallaba. Caí de rodillas estrepitosamente llevándome las manos al corazón. Este empezó a latir con contundencia, como la ciencia explica un sentimiento, como el viento revuelve unos cabellos color dorado. Se aproximaba una luz deslumbrante, abrí mis brazos y contemplé aquella figura mientras me estremecía, mientras

 me hervía la sangre. Era un ángel, era Sofía, era su esencia vestida de sol, brillante, sonriente, decidida…

            Cerré los ojos y los abrí repitiendo aquel proceso una

 

 y otra vez, y cada vez la veía más cerca, más y más hasta verla acercar sus suaves manos y dejarlas caer sobre mis hombros. Levanté la mirada y la dirigí hacia su bello

rostro, hacia su tierna imagen, hacia su dorada existencia… Y me fui incorporando lentamente, hasta estar a su altura, hasta poder mirarla fijamente, por una vez, victorioso… Con la delicadeza de una dama tan sensual y perfecta tomó mis manos, la sangre en mis venas estaba agitada, revoltosa y mi corazón rugía de un modo fervoroso, era la sensación más plena que había experimentado en todos los años de mi vida, era la cima de mi existencia, era la cumbre de mi sueño, la verdad más cierta y humillante para todas las mentiras defraudadas… amor, amor, cálido sentir, el sol amanecer, y apagar el llanto y morir feliz…

            Sus ojos brillantes deslumbraban el paisaje a nuestro alrededor… magnífico, increíble… tanto abarcaba, tanto, tanto, que a mi pesar pude ver reflejados en ellos lo que menos hubieran deseado mostrar esos dos soles, aquella gran puerta de hierro y madera con los candelabros a cada lado. Me asusté y miré hacia todos lados, di un paso atrás y me horroricé cuando a lo lejos y detrás de ella vi venir a un muchacho con una daga en la mano, un muchacho con el gesto furioso y el paso decidido que se dirigía hacia mi. Atónito, me di la vuelta impulsándome con una gran zancada, corrí y corrí en dirección a aquel gran portón, no paré en mi pretensión por cruzar la pequeña puerta que encajada me devolvería a la vida… ya faltaba poco, unos escasos metros hasta alcanzarla… y entonces me encontré frente a  ella y pude respirar tranquilo.

Procedí a abrirla, la empujé y al ver que no cedía tiré de ella por el pomo hacia mí. Repetí aquel acto sucesivamente, una y otra vez con violencia, con el ansia de escapar. Estaba cerrada. Caí de rodillas con los ojos llorosos. Mi tiempo se había agotado. Entonces, me di la vuelta y sólo pude ver el rostro de Sofía, su imagen una y otra vez, su sonrisa, su cabello, sus manos, su cuerpo, su mirada, su esencia… solo ella única y verdadera, sólo ella que también me estaba mirando… conseguí incorporarme y me apoyé sobre el portón, extendí los brazos y comencé a caminar hacia ella… que también pretendía alcanzarme… era precioso, la gran victoria a pesar de todo, era la vida de la muerte, eran los sueños de la vida, era el pequeño regalo de un mago inexistente…

De repente escuché un estruendo a mi espalda y un segundo después una daga clavada en lo más profundo de mi corazón. No pude volver a la vida, pero la vida había vuelto para apoderarse de mi mayor sentimiento, de mi mayor logro.

Tenía los ojos abiertos de par en par y las manos manchadas de sangre, había caído de nuevo arrodillado, pero mi mirada seguía fija en el bello amanecer, mis ojos batallantes y luchando hasta el final, hasta la conquista del más bello sol, que se despedía lloroso dejando paso a la nocturnidad más oscura, disfrazada de luna, de la locura helada, fría madrugada, mentira cierta y verdad camuflada…

 

            Los oía llorar a mi lado, eran llantos desconsolados contemplando mi muerte. Quizás me creyeron débil, pero habían visto morir a un auténtico guerrero. Poco a poco, fui dejando de existir, pero ellos siguieron a mi lado, todos y cada uno de ellos.

 

            Todo es dueño siempre de algún sentido, todo forma parte de una realidad y de una ficción, y no es distinguir sino unir esos dos lazos lo que nos lleva a ser plenos. Vive triste, pero vive, vive alegre, pero no dejes de soñar. Desaparece pero mantente en la lucha, siente en silencio pero escucha las palabras sonar en unos labios siempre sinceros. Y sigue y sigue caminando, sigue la senda con su ritmo, sigue vivo pero sigue soñando y hallarás un palacio rodeado de jardines, y hallarás la nocturnidad más fogosa como si fuera tu último día, y te estremecerás ante el amanecer más bello que unos ojos soñadores puedan contemplar, nunca pares porque se va la vida y con ella el sentimiento, nunca pares porque lo único que permanece es el sentir de los poetas, su sentir escrito, la sangre de sus palabras eternas… que ni siquiera son suficientes…

Vivir y soñar, vida y sueño, tiempo y gloria, pasión y sentimiento, el viento y la luz, él y ellas, en vida y muerte, en el sueño de la vida, en la muerte viva que sigue soñando…

 

Brenes, 29-01-07

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