EL ECLIPSE DE UN DÍA COMO EL DE HOY

“Ella te tiene presente por las cosas que le gustan de ti…”

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Capileira, Alpujarra Granadina

Esta encrucijada de sentir la vida, en ocasiones rara, es esa desolación de los domingos por la tarde. Ese querer hundir el barco ajeno cuando el nuestro no quiere navegar. Me pregunto por qué, y la única respuesta que encuentro está en el corazón, en ese más allá del que huir cuando pensamos que ser responsable equivale a ser mediocre.

Hay días, demasiados días en los que navegar se convierte en el camino solitario de la independencia. En esa transferencia de poder hacia uno mismo, en la que de lo único de lo que te vales es de ti mismo y de tu ilusión y tesón por continuar. Aunque parezca lejos, es cercano el hecho de no tener que depender de nada ajeno a nosotros. Y por triste que parezca, es la vida misma la que nos ha llevado a estos derroteros. El de las redes sociales, y el de los bailes de contrastes en los que besar varias bocas equivale a ponerle las pilas al que ya se ha quemado.

Al fin y al cabo, no existe mayor liberación que la de no necesitar absolutamente nada de nadie. No por el hecho de enfadarse o polemizar ante situaciones justas o injustas, sino por la talla que alcanza la educación, la modestia y el respeto cuando hacemos las cosas por lo que sentimos, y no por la repercusión o el futuro que sostienen. No existe nada que pueda derribar a un corazón que es capaz de mantener firme el propósito de ser libre y honesto.

Por eso las expectativas se han llegado a convertir en una serie de excusas que nos ponemos frente a nosotros cuando pasamos de largo sin saludar, o en una falsa pretensión de mantener en pie una ilusión desilusionada. Si no estamos dispuestos a actuar con coraje, ¿por qué avanzamos? ¿Es justo mostrar una sonrisa y un guiño cuando realmente queremos decir no tengo el suficiente valor de tomar tu mano y llevarte al fin del mundo? No estamos preparados para nada más que ser superfluos seres que buscan la autocomplacencia y el que nos recarguen la autoestima. Somos unos demandantes de coaching que detestamos el amor. No por su significado, sino por nuestro poco valor.

Nada cambiará la tarde de los domingos, ni los días lluviosos en los que la lluvia no convierta un desierto en manantial. La vida seguirá su curso, y sentiremos la grandeza de ser los independientes luchadores cuyo caminar navegue cuando la inercia lo permita, cuando quizás brevemente reinen los valores de aguantarse la mirada dos días seguidos. Nada cambiará ni nos convertirá en seres interdependientes cazadores de sueños porque no asumiremos el compromiso de apostar. Esa valiente elección que grite un nombre y lo grabe sin esconderse sobre la sombra del éxito efímero. Y pase por encima de esa construcción a base de la experiencia que supone calificar a las personas por lo que dicen y aparentan, y no por lo que realmente son y son capaces de darnos.

Hemos provocado la destrucción de las estrellas más bellas. Hemos hecho grande el sol pero hemos provocado el derrumbe del anochecer con nuestra media sonrisa. No se trata de quienes somos y dónde estamos, sino de quienes queremos ser y a dónde queremos llegar. Porque al mirar hacia el infinito extrapolamos nuestros sueños, nuestra sonrisa, y somos capaces de ensalzar la hemosa estampa de dar un beso y cerrar los ojos para sentir que la luna acaba de provocar el eclipse más bello durante un día como el de hoy…

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Francis Campos Jareño. 16 de mayo de 2016. Sevilla.

(*Fotos de mi amigo el atleta y triatleta Francisco Javier Tovar)

 

ENAMÓRATE DE UN CASTILLO SIN NAIPES

“Enamórate de un castillo sin naipes, o no te enamores, porque muchas de las flores que contemplamos se secan al sol.” (Francis Campos)

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No tienes que ser el mejor ni el que más alto vuele. Tienes que ser tú de principio a fin, porque siendo tú no importa lo que sean los demás. La competición más importante de todas está en nuestro propio corazón. Y sobre todo en saber dominarlo, dosificarlo y no entregarlo si se esconde el sol. Por eso, el rayo de luz más incesante es siempre el cara a cara con uno mismo…

El corazón no entiende de razones sino de impulsos y emociones. La razón más importante que presiente es el compás de la vida, ese que a veces empieza y otras veces termina. Y la libertad que nunca quiere ser efímera empuja a tientas al dominio de escribir lo que se quiere y lo que se siente. No hay querer más bello que el que explica con palabras y también con hechos lo que una mirada termina de aclarar. Por eso este vals inicia un rumbo que escapa a deshoras de la madrugada que nos aguarda, la noche en que nos abrazamos hasta amanecer y desfallecer con la única atadura de hacerle frente al reloj que nos persigue.

La valentía no es un valor medible, como sí lo son anochecer con esa persona y la ausencia de excusas al amanecer. La luz solar advierte un sueño y la luz lunar una ilusión hecha realidad. Lo que escapa a este brillar no es pasión sino evasión, ni calor sino escapar. Cortejar es como bailar, y amar es traspasar un cuerpo de un flechazo que deja huella, que denota esa rabia de apretar los dientes por desear algo que en ocasiones se escapa. Porque la vida hace justicia a los corazones que purifican el camino recorrido. Se va porque es destino. Y al discurrir tan lejos nos demuestra que fueron vanas tantas noches de desatino.

La sensación más hermosa que se puede tener es la de sentir la calma de un mar que deja de estar enfurecido. Es entonces cuando resuenan los latidos y se enciende la mirada, y al pronunciar versos como leve marejada, toman manos cuerpos que entrelazan pieles encontradas. El abrazo infinito que nunca deja de mirar más allá del horizonte, como si el presente se hubiera detenido y el pasado se hubiera lanzado al olvido, siendo el futuro el ruidoso tic tac que en vez de hacer el amor, enreda los caminos como brumas que se pierden sin sentido.

Yo sé que no es sencillo enamorarse. Como tampoco es sencillo mantener fija la mirada sin temblar una sola vez. Yo sé que no es fácil hallar el momento en que dos cuerpos persigan lo mismo que dos almas unidas pueden encontrar. Pero a veces es más difícil defraudar y lo hacemos, como faltar el respeto y ser lo educado y lo agradecido con la vida que nadie nos enseñó, pero que aprendimos a la perfección. La vida no es sencilla pero la hacemos complicada. Todo lo enrevesada que nuestra mente quiere y nuestro corazón dosifica. Todo lo que la armadura de nuestro cuerpo protege mientras ataca con su espada. Porque enigmáticamente a veces caminar implica masacrar, y sentir defenderse de este batallar sin sentido. Es lo que hacemos constantemente. Como si para sonreír tuviéramos que jactarnos de lo infelices que somos por dentro. Será que la verdad absoluta es que tenemos miedo. Que nos apena actuar con el corazón porque sabemos que somos honestos y justos con nuestros labios cuando besan para después desdecirse.

Y entre tanto pasan segundos en los que se pierde la magia. Tiempo pasado que jamás volverá. No es necesario dejarse llevar, ni obligatorio hacer feliz a nadie. Pero a veces viene bien un poco de sonrisa sincera, y un poco de besarse donde quiera que dos miradas se encuentren y piensen que la vida es un presente consentido, que inevitablemente busca enamorarse de una ilusión, que al fin y al cabo consiste en el sueño de encontrar a esa persona que te haga vibrar. Ese alguien que al mirarte te admire por ser quién eres, y por lo que haces y dices. Porque llegará el momento en que un abrazo no busque arrojarte a una jaula en la que se disipen los latidos. Porque arribarán tiempos en que ser quienes somos, nos devuelva la ilusión de sentirnos orgullosos por haber entregado el infinito de nuestro ser. Y mientras vuelva este grandioso querer, no perdamos la esencia de desfallecer mientras luchamos por hacernos invencibles, sigilosos y soñadores a la vez.

Francis Campos Jareño

Brenes, Sevilla, 8 de mayo de 2016.

LA POESÍA CONVERTIDA EN PROSA

Dedicado a uno de los pilares fundamentales de mi vida. Por su constante avance y su profundo mirar, para sus palabras que siempre me sobrevuelan y me dan alcance, estas líneas son para ti, amigo Alberto Romance.

“…Tampoco pretendo ser un héroe, ni quien no soy; tampoco que discurra entre nosotros el compromiso de la ausencia de la libertad de reírnos como si la vida siempre fuera bella. A veces pienso que la magia de momentos así puede trasladarnos al maravilloso mundo de los sueños, a eso que a veces has pensado y que ves al apagar la mirada antes de dormir. Este mundo en el que vivimos espera de nosotros que seamos el velero que se deja llevar, quizás porque la vida es el volcán de los versos que reflejan la voz de un ser que nunca descansa…”

Francis Campos Jareño

Carta III, Madrid, 5 de abril de 2016

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La poesía es un arma que discrimina lo insólito de lo común. Eso pienso al despertar mientras los trozos rotos de papel caen sobre el suelo. Después camino dando bandazos por mi largo pasillo. La luz entra con fuerza por los ventanales como si quisiera iluminar este discurrir alegre por la vida. Pase lo que pase. Luzca o no luzca, al final siempre brilla el mármol blanco.

Dentro de mí tengo la viva sensación de saber más de lo que mis ojos alcanzan a ver. Quizás por eso mantengo el silencio. Por eso la llama resiste tempestades. Pienso y siento con la comodidad de no tener que demostrar nada. Me resulta fácil avanzar. La vida pone las cosas bien fáciles a las personas que actúan con la mano en el corazón. Será que la única justificación que precisan estos seres es la de ser el fuego encendido que los demás ven apagado.

El mestizaje del mar con las dunas refleja la fusión irreal de los sueños volátiles con la real vida. Sin duda, prefiero las dunas, porque mantienen la mirada al frente. Me gusta la firmeza lineal y la educación vital, la que al saludar es la viva señal de alegrarse por lo demás. Las arenas son la constante existencia que estructura la base de la felicidad. Mientras que las olas van y vienen, la playa da la bienvenida a la sonrisa que no topa con las rocas, la única no efímera y que siempre camina sola.

Hay una máxima que la verdad necesita. Y aunque la duda ofende, también desprende excusas que no merecen los versos que hacen frente a la lujuria. La tristeza es un valor silencioso que no oculta las ganas de vivir. Lo único que las palabras precisan es el papel donde discurrir. Y lo más fascinante de los versos es el clímax que son capaces de alcanzar. Son como fuegos artificiales que al llegar a lo más alto al final siempre se apagan. Emulan al último abrazo, a la mano diciendo adiós y a la última lágrima de la ilusión.

Lo más bello de la poesía es que queda escrita para siempre. También que se recompone al romperse el jarrón. Resiste sonrisas desdibujadas y hace alarde de esconder lo que sólo se puede demostrar dentro de cuatro paredes. Es uno de los pocos sentimientos que no sólo implican belleza. Porque al fin y al cabo, la belleza y el placer pueden ser suscritos por muchas personas y situaciones. Pero la ilusión de vibrar en cada amanecer demuestra una autenticidad que no cualquiera puede dejar entrever. Donde la mayoría ve algo hermoso, otros aprecian un enclave escondido y lejano, casi imposible de alcanzar.

“Lo que con otras muchas cosas del mundo, en que todo es cuestión de la distancia a que se miran, y la mayor parte de las veces, cuando se llega a ellos, la poesía se convierte en prosa. [CARTA III, Gustavo Adolfo Bécquer].

Muchas veces al acercarnos a mirar al mundo, la poesía se convierte en prosa. Las perspectivas  desde asunciones que suponen apuestas pueden ser ciertas, pero también erróneas. Eso pienso con el primer sorbo del café. Por si el tiempo me arrastra, a playas desiertas. Y el tiempo nunca deja de tener razón. Avanzar implica cambiar y apostar. También perder o ganar. Lo más hermoso de las despedidas es que siempre hay un punto de la vida que las recuerda. Nos muestran de algún modo el baremo con el que se miden las bienvenidas. Es la valorable regla que evalúa a las personas. La fugaz tregua que provoca la incrédula experiencia volátil que se evapora de repente. Y entonces sobrevuelan los pocos corazones que esconden el oasis de ser agradecidos con la vida y con las personas. Las sinceras miradas de discurrir por los lares de humildad. La camuflada verdad que siempre camina y que extraña lo que olvida. Así es la vida cuando la dejamos pasar. Así es la lluvia de las tardes de domingo y los besos del más allá. Así será que el deslizarse por el rumbo atraiga un cielo claro que sonría sin parar, hoy, ahora y mañana más.

Francis Campos Jareño

Brenes, Sevilla 10 de abril de 2016

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Los cuatro lados de la cama

La perfección no existe. No la he visto y ya la he olvidado. Pero la he soñado y ahora me dispongo a escribirla.” CARTAS MARINERAS

Francis Campos
Brenes, 27 de abril de 2013.

Djedje Apali y Adriana Ugarte en Palmeras en la nieve

Djedje Apali y Adriana Ugarte en Palmeras en la nieve

No existe ni existirá porque la única verdad se llama voluntad, se llama respeto, y todo eso escapa al miedo. El amor no es dolor, ni la pasión es amor. Conozco demasiados seres humanos que aman y sufren al mismo tiempo. Quizás no aman, o quizás sí. Pero el sufrimiento no es motivo ni razón, y cuando es resultado no olvidado, tampoco es amor.

Perdemos demasiado tiempo en no ser felices. El reloj pasa y pensamos constantemente. Vamos y venimos sin son, dejándonos llevar por expectativas a las que nos aferramos para hallar una inminente e irreal felicidad próxima. Pasan los días y nos encogemos ante la pregunta más importante de todas. Dónde quiero estar a partir de mañana. Y es que el rumbo no consiste a veces en dejarse llevar, ni en sentir, ni en la intuición del momento, sino en levantar la mirada y ser real. La realidad, lo que pasa, es lo realmente importante.

La poesía es el arma magnífica, los sueños y la sucesión de hechos idílicos que quieren ser verdad. Pero la prosa describe los momentos, las miradas y las conversaciones que hablan de lo que nunca será. Y el tiempo pasa cada vez más rápido, pero siempre recuerda. Es lo que tiene el futuro, que se debe a lo que fue, a las decisiones que tomamos un día.

Pero el sentimiento no puede discutirse sin un beso. Yo conozco miradas que han atravesado un corazón hasta derribarlo y palabras que han embaucado y desaparecido al instante. Amar no puede ser verdad sin besar los cuatro lados de la cama. Lo contrario no es que sea mentira, es que es pura literatura, porque la complicidad no es un regalo momentáneo. El verdadero amor no es como el café, que primero sube y luego describe un descenso estrepitoso. La vida real no tiene absolutamente nada que ver con eso porque no es un punto concreto, sino una sucesión de eventos y actos sentidos y razonados. Ser conservador es una actitud razonable. Pero insisto, a veces lo bueno es enemigo de lo mejor, y conservar significa quedarse en tierra despertando cada día de la misma manera.

La prisa nunca es buena compañera, así que yo alzo el vuelo cada día y diviso la vida desde arriba, desde donde se ve todo lo que acontece. No me importa el trayecto sino el fin. Y ahora que ya no creo en nada, ahora que comprendo que dar es recibir del azar, me voy a tomar este último sorbo y voy hacia delante. Los sueños no pueden esperar al juego oculto al otro lado, como tampoco puede esperar lo que ha de venir. Porque si no tuviera claro lo que quiero ser, estaría caminando sin destino. Y cuando las personas caminamos sin son, es porque hemos decidido estancarnos en la comparativa del misterio encantado. El “y si” estuvo bien, pero ser feliz es una determinación que ha de ser aplicada a partir de este justo instante, porque lo que nos queda por vivir es un tiempo que se acaba, que se terminará un día.

Yo sólo espero que durante el primer beso, la perfección siga sin existir, pero al menos nuestras vidas pasen rozándola. Quizás a partir de ese instante, el presente cobre fuerza y estas cartas describan lo que vendrá cuando confiemos en esto que el viento ha arrasado y las personas reales han de construir.

Francis Campos Jareño,

Granada, 21 de febrero de 2016.

Écrire

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Francis Campos – Roquetas de Mar

Escribir no es demostrar nada, sino demostrarse a uno mismo lo que es capaz de conseguir cuando persigue los sueños. Lo que importa es conseguirlo. Lo realmente importante es el camino de ida o el camino de regreso si la luna se escapa, porque al fin y al cabo siempre nace el sol, y al final siempre se hace inmenso. No podemos no conformarnos con esta naturaleza. Podemos correr y escapar de la vida, pero no podemos mirar hacia el lado opuesto de los versos.

Escribir es un acto de responsabilidad, de fidelidad, de honestidad y de fe, de mucha fe. No es un medio para conseguir nada sino la clave para sentir, para describir cada nota de un sentimiento. No importa el desaire del viento ni el ritmo del tiempo. Las palabras son, existen y permanecen para siempre cuando la tinta impregna el papel.

Ha pasado un buen trozo de vida y muy poco ha cambiado desde entonces. Escribir forma parte del sufrimiento y de la alegría. Conforma la libertad más libre y el lado más profundo del corazón. El martilleo de cada sílaba se asemeja al pulso, ese que se acelera cuando nos emocionamos, el que no miente nunca porque no se controla, y el que sufre varapalos en silencio. Así es nuestro existir, el de los poetas, una tristeza con matices alegres o una alegría agridulce.

Y es que nada es fácil. Si todo fuera fácil soñar sería gratis. Pero no lo es, porque los sueños nunca fluyen. Nuestros deseos no son metas accesibles sin esfuerzo. Si no cerramos los ojos y vemos el otro lado del horizonte, ese ente lejano a veces imposible y algunos días cercano. No es fácil, no lo es. Porque si lo fuera no escribiría. Ni siquiera me detendría a malgastar estas humildes palabras, ni miraría al otro lado de esta ventana en ocasiones opaca.

Mi único objetivo es ser la llama que ilumina el silencio. Es hacer grande el sentimiento. Meditar y fluir en pensamiento. Ser la bruma escondida y por dentro auténtico. Eso es la poesía, puro reflejo del sol en nuestro adentro. De eso habla la prosa, de los misterios que las estrofas escribieron. No saldrán, por tanto, veleros a navegar, ni se mudarán de puerto. El océano es un lugar donde ruge el viento, donde los molinos son las nubes y las olas los sueños.

Ya no me importa nada. La fe es una virtud que no se puede dominar. Y también es un hecho que no se debe mostrar, porque para demostrarle a la vida lo que queremos ser nos bastan los momentos de desconcierto. Ya no me importa el ritmo ni el miedo porque los pasos atrás son recuerdos que se fueron. El futuro adolece de consistencia cuando el presente es lo que debe ser pero no es. Ahí está la clave, en ahora o nunca, y ahí están los versos finitos y las sonrisas tambaleando. Porque al fin y al cabo las olas siempre llegan a tierra firme, porque pase lo que pase mañana también saldrá el sol, y el anochecer siempre será la oscuridad más bella. El rumbo no está escrito pero puede escribirse. Los pasos que no fluyen no pueden describirse. Lo que existe es lo real, pero puede irse. Y lo escrito es la verdad reconocible. Las horas de los días me permiten dominar cada minuto, acariciarlo mientras los segundos intactos se escapan. Así es la vida cuando se marcha, cuando la dejamos ir. Cuando las horas muertas conforman días vacíos, y el sueño deja paso al retroceso del reloj. El tiempo avanza lento al apagarse las miradas. Es el cielo azul teñido de negro, son los cuerpos libres que están huyendo y el abrazo imposible que va ascendiendo. Queda escrito el poema que la prosa ha resuelto, el no quiero sintiendo callado y la voz del desaliento. Porque queda por escrito aun sin entenderlo, porque ser poeta no es la prisa del momento, sino el fuego derribado por las aguas del silencio.

Francis Campos Jareño

Sevilla, 2 de febrero de 2016

EL PRIMERO DE LOS PASOS

Tibidabo, Barcelona, 2014

Tibidabo, Barcelona, 2014

Hay mucha historia detrás de todo esto. Una vida plagada de sobresaltos, de baches, idas y venidas. Una estampida de lecciones y el esfuerzo de perseguir lo imperseguible cuando todos te creían vencido. La suerte no existe, sino la buena suerte, la que es fruto del esfuerzo de cada día, la que procede de llantos a escondidas y sonrisas en la galería.

Eso es la vida, la corta vida que hay detrás de todas estas palabras. Nada ha sido fácil, aunque siempre haya pensado que lo más complicado que encontré fue lidiar contra mí mismo en los momentos más difíciles. Pero la vida no te regala nada. Un día estás en lo más alto y al siguiente desciendes cuan pájaro abatido. Así son los latidos, los segundos y las bocanadas de silbidos que imitan la canción de una jornada que empieza al amanecer y termina al apagarse la mirada.

Yo nunca descanso. A veces lo pienso. No sé si es bueno o malo ser un incansable que persigue algo que quizás no existe, que se evapora al alcanzarse. Y qué son los sueños. Y qué sería de nuestras andanzas si nos detuviéramos a cada paso. Cuánto dejamos de vivir si apagamos nuestro gesto de ensueño, nuestra risa y nuestro pensamiento de logro incesante. Allá vamos. Esto es vivir.

Caigo rendido una noche más. Otro día más en que lo único que pienso es que los únicos responsables de nuestros aciertos y errores somos nosotros mismos. Cuál es el camino si no es el corazón. Cuál es la guía si no el sentimiento. Cuál es cuál y quién soy yo si me defraudo tan sólo un instante.

Qué sería de mi vida si dejara de perseguir lo que anhelo. Si dejara al azar el rumbo hacia la felicidad. Me perdería, sin duda. Será por eso, quizás, por lo que cada día salgo a correr, o monto en bicicleta, o pataleo dando brazadas en la piscina. El deporte siempre me acompañó y nunca dejó de enseñarme cosas. No sólo me sirvió para fortalecerme físicamente. Me hizo ser la persona que soy hoy, con mis defectos y mis virtudes. Pero también me decepcionó y me sorprendió en días contiguos o alternos.

Desde siempre medí con lupa las horas de bar y las conversaciones banales con gente sin ejemplo. Deseché cada minuto desaprovechado y me concentré en trabajar cada punto que formaba un trozo de mi ser. No para ser mejor para nadie, sino para ser mejor para mí mismo con el fin de poder ser mejor para los demás. Trabajé los tres primeros hábitos (The seven habits of highly effective people) con constancia y tesón. Fui honesto con todo y con todos. Sufrí mucho al perder grandes amistades que se quedaron en el camino. No fue fácil, pero llegué a la meta. No a la meta del Maratón de Frankfurt, sino a la meta de hoy, diez años después del Primer Hábito en los que puedo echar la vista atrás y verme con el gesto de sufrimiento en los días más desfavorables.

Ahora que puedo evaluar lo que era y lo que soy, después de mucho tiempo navegando, he tomado una decisión muy importante. Una decisión que no será cosa de un instante, de un día, ni de un año, ni de dos. Llevará tiempo y tendrá su inicio. Será duro el camino. Mucho más que todo lo de atrás. No fue fácil llegar hasta aquí. He traspasado muchos muros en los que he puesto al límite mi cuerpo, mi mente y mi corazón. He contradicho a la lógica y me he enamorado del destino. De ese sentimiento que se tiene cada mañana al despertar. He pensado con la cabeza alta y he cruzado barreras que temía atravesar. Ahora estoy aquí y no voy a detener mi paso. Son las circunstancias que he elegido. La razón por la que navego y el fuego que arde dentro de mí. Es la humildad del silencio y la soledad de mis versos. El eterno poeta que ha vuelto para escribir el libro invisible. El libro de mi vida por mí y para los demás. Porque ahora que he llegado a este punto estoy dispuesto a ayudar a quien lo necesita. Porque ahora que lo he vivido, he comprendido que la vida más feliz no es la que un montante más alto genera sino la que se compone de momentos en los que la sonrisa nunca se evapora. Porque al fin y al cabo, lo importantes son nuestros sueños. El tuyo y el mío. Los dos y el infinito. Y este es el justo momento en el que me levanto para alzar el vuelo. Ahora que entiendo la idiosincrasia de este mundo que detesto, creo que somos las personas las que debemos proteger el rumbo alegre. Alejarnos de la desgracia de estar triste cuando no hay motivo. Olvidarnos de evitar el camino largo. Ahora que no debemos aguardar para no avanzar, es nuestro momento, que comienza con el primero de los pasos. Sonríe al cerrar los ojos y despierta del mismo modo. Será la única manera de llegar a donde hemos soñado.

Francis Campos Jareño.

Brenes, Sevilla, 16 de septiembre de 2015.

RUNNING MÍSTICO

Hay cosas que no podemos evitar, asuntos que escapan a nuestro control y que sobrevuelan nuestros pasos constantemente. Es la vida, que se completa de los tiempos que eficaces son aliento o desconcierto. (F.Campos)

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Desconecto el móvil. No soporto el desaire del desprecio sin sentido. No es justicia con medida, sino trabas consistentes en los muros del que cuida sus andanzas en esquinas donde muchos ejercitan los desprecios y conjuros. No es lujuria ni emoción la locura de lanzarse a la escritura de las voces que claman aventuras camufladas en el viento dulce. Les quise, pero ya no les quiero. Ya no me acompañan en este camino. Eso es todo.

Corro hasta que me falta el aliento. Me olvido del reloj, de las series y de los inútiles consejos de la sabiduría marketiniana. Uso la técnica autóctona de una vida cualquiera. Me olvido de todo y de todos, y corro. No importa que me repitan una y otra vez que no se puede. Que me desafíen constantemente con pergaminos en la mano significando argumentos científicos y darwinianos. No puedes cambiar la forma de correr, repiten.

Dicen que hay momentos en la vida en los que tenemos que detener nuestros pasos para tomar distancia sobre uno mismo y comprender que hay cosas en nuestro camino que podemos hacer mejor. Si haces algo bien no lo cambies. Pero cambia si quieres mejorar. Cambia y asume que por un momento largo tus mejores habilidades se verán mermadas para desarrollar un nuevo tú, una nueva persona con más y mejores prestaciones atléticas.

Ahora que lo pienso, no fueron momentos fáciles. Aunque reconozco que me sentí reconfortado. Satisfecho y feliz por no abandonar mis principios y saber llevarlos en silencio dentro de mí. Fueron momentos duros, instantes de apretar los dientes y arrastrarse a tientas con el rumbo extraviado y las energías sin renovar. Ese era yo, en solitario y con la boca cerrada un mes tras otro, pensando muchas cosas y ninguna de ellas positiva.

Supe que me había equivocado. Yo. Yo y nadie más. Es uno quien elige su vida y forja su destino. Nadie más que uno mismo puede atender a las razones que guían el camino. Es así, sin trampa ni cartón. Somos dueños de nosotros mismos, y por tanto, recae en nosotros la responsabilidad de encontrar la manera de continuar cuando fallamos.

Tuve que pasar semanas de no ponerme las zapatillas. Ni si quiera pude dar unas cuantas pedaladas. Estaba jodido y sólo pude nadar y entrenar la materia gris, que se desplomaba a cada instante. No sabía correr. En absoluto sabía correr. Y mis marcas no significaban nada, absolutamente nada. No sabía correr, y punto.

Cómo llegué a aquella conclusión aún es algo que no sé muy bien. Había llegado el punto en que conocía perfectamente mi cuerpo, sus debilidades y sus fortalezas. Había conseguido jugar al juego de correr con las reglas innatas de concatenar los pasos unos detrás de otros. Había conseguido jugar al juego pero jugaba mal, ese era el hecho.

Por eso ahora me planteaba dudas. O me frenaba en seco o acabaría pasando el tiempo y seguiría jugando al tenis con una pelota de baloncesto. Sabía de sobra que mi rendimiento deportivo nunca sería otra cosa que el resultado del esfuerzo aficionado de un muchacho que disfrutaba más que nadie corriendo. Lo sabía pero no estaba dispuesto a dejarme vencer por las opiniones convencionales del mundo deportivo que me rodeaba.

Avancé con el único criterio de la fe como caballo de batalla. Me olvidé de muchos puntos de mi vida que frenaban mis pasos. Dejé a un lado todo lo negativo y asumí con cierto desprecio la máxima vital de trabajar para ganar dinero a la vez que abrazaba con fuerza cada segundo en que era libre alzando el vuelo. Amé mi forma de ver la vida y de rodearme de pocas y muy buenas personas que siempre estaban a mi lado. Entonces empecé a correr de nuevo.

Corrí sin parar. Un día correr, otro descansar. Contradije a la podología y a la tecnología de Bowerman. Me puse descalzo y me lancé al vació. Pensé en todas aquellas personas que durante la vida se quedaban detrás de nosotros como inconformistas esperanzados en cambiar vidas ajenas. Cerré los ojos y me negué a deambular de bar en bar con el paso zángano del que pulsa una tecla en el móvil y cambia el mundo. Me olvidé del rayo y su verdad absoluta y alcé la mirada hacia el arcoíris de una existencia que a veces nos aplaude y otras veces se desploma. Así era la vida.

Después de volar durante cincuenta minutos sin plantillas con alzas, refuerzos y tratamientos reactivos casi homologados por la NASA, me paré y caminé los escasos metros que quedaban para entrar en mi edificio. Subí las escaleras pensando en lo místico de acabar chorreando de sudor después hacer mis plegarias con cuarenta grados. Sonreí por enésima vez ese día. Era lo que me empujaba a continuar adelante. A proseguir ese camino sin fin con los únicos límites de no echar la mirada atrás. Subí el último escalón y me olvidé de todas las esquinas sorteadas. Cuando giré la llave para entrar supe que correr me había enseñado dos cosas. La primera de ellas: apartar todo lo negativo de mi camino. La segunda cosa: no darle tregua al Sueño, ni vida a los impedimentos ni a sus ejecutores. El resto quedaba a criterio del destino. Pero nunca contemplé fracaso, sino la posibilidad de aprender una lección. Por eso me encomendé a mi Reto y me olvidé del resto. Sólo era cuestión de tiempo. Y de un poco de fe.

Sevilla, 31 de julio de 2015