ALEXANDRE (Capítulos 1 a 7)

CAPÍTULO 1

¿En qué piensas cuando corres?

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Siempre vivo en una etapa en la que pienso. Pensar es necesario.

Quien no piensa no comprende, y no se comprende.

F.Campos

Lanzarote (foto de Laura Hermosa)

Lanzarote (foto de Laura Hermosa)

Revolviendo la mano dentro de su bolsillo sacó del mismo un trozo de papel que contenía un nombre y un teléfono móvil. De pronto recordó momentos no olvidados, pero sí apartados de sus expectativas más reales. Vio aquel nombre escrito a lápiz y le vibró el corazón. Sin quererlo ni esperarlo se le colapsó la mente y sintió frío. Caminó de un lado hacia otro en la terraza y sintió ganas de fumar pero se contuvo. Llevaba una semana sin comprar una maldita caja de Camel Light.

Lucía Barco, lanzaroteña hermosa donde las haya, sostuvo el timón de la vida de Alexandre por un momento. Como sin quererlo, y sin saberlo, irrumpió en su alma y se instaló irreversiblemente durante el espacio de tiempo suficiente como para hacer de Alexandre un torbellino de sensaciones con ganas de fumarse un cigarro. Pensaba que el enamoramiento sin dolor era la impasibilidad de quien embriagado rechazaba sentir y amaba pensar. Y Alexandre era el enamorado de esta historia.

Quizás por aquello que le habían dicho tantas veces que debía hacer para liberarse de esa sensación de estrés y angustia, se puso bermudas, una camiseta de propaganda y unas zapatillas de correr. Nunca había pretendido dar más de dos zancadas seguidas desde que con 18 años ganara el campeonato provincial de cross de su categoría. Pero aquello ya no formaba parte de su rutina. Y vaya mierda de rutina, fumar y beber cervezas no era lo que podía considerarse una vida ejemplar. Ni siquiera recordaba por qué ya no corría y qué le había empujado a él y a tantos compañeros a dejar el atletismo y a darse a la mala vida.

Mientras corría, si aquello podía parecerse algo a correr, pensó  en el número de teléfono que había encontrado. Parecía inexplicable cómo una simple mirada y un simple beso podían paralizar un cuerpo y sostenerlo flotante en el tiempo, como si nada más sucediese o existiera. Y aquello era exactamente lo que estaba experimentando Alexandre. Una mirada llevó a un beso y así sucesivamente hasta llegar a las noches más inimaginables que jamás había pasado.

Y es que Lanzarote no sólo fue, sino que seguía siendo un lugar inolvidable en el que dejar volar la imaginación, y sobre todo, ser feliz. Más allá de artificialidades y lujos, en la isla había encontrado las cosas que no se podían comprar con dinero. Allí pensó que un día podía intentar volver a correr como antaño. Y allí conoció a Lucía, quien le había robado el alma, y quien aún le mantenía en vilo.

Vio que su corazón aún funcionaba. Que corría sin parar, lento pero constante. Quizás no se dio cuenta de que el tiempo pasaba debido al ensimismamiento en la imagen de Lucía, tan presente en sus pensamientos, ilustres acompañantes de sus primeras zancadas. El recuerdo le vino a visitar en ese instante. Lucía, quien la última noche había desaparecido dejando un número de teléfono anotado en un papel. Un número sin whatsapp ni respuesta a ninguna de las llamadas que Alexandre había realizado a lo largo del año que había pasado.

El significado del amor había sido sin duda diferente para ambos. Para él no fue una simple coincidencia de un momento puntual, sino unos maravillosos días que parecieron años, toda una vida en la que congeniaron desde el primer segundo. Ella lo miraba. Él nunca ofrecía una imagen distinta a una gran sonrisa. Era como si al encontrarse sus ojos, sus labios también tuvieran que perseguirse incesantemente. Y aunque él siempre la cortejara y sólo recibiera gestos de agradecimiento como respuesta, entendía cuando ella lo abrazaba que existía un lazo infranqueable entre sus dos personas, y que nada ni nadie podía frenar aquel avance del amor hacia el infinito.

Pero quiso el romanticismo poner freno a las expectativas de Alexandre, y una mañana, justo antes de regresar a la Península, se despertó sólo. No hubo rastro de Lucía, sólo su olor especial a jazmín y un número de teléfono anotado en un papel de cuadrícula.

Se desvaneció entonces su idea de que la vida y los sueños podían fusionarse algún día. Se hizo mil preguntas pero no encontró ninguna respuesta. Estaba solo, triste y abandonado, y así regresó a casa un buen día en que había comprendido que amar a alguien era algo muy distinto a dejar de pensar en algo. La culpó al principio pero finalmente entendió que las personas tenemos grandes razones para no asumir la responsabilidad de valorar los acontecimientos por su profundidad sino por su repercusión. Permaneció en silencio una vez más, escuchando su respiración que empezaba a fallar después de treinta minutos sin detener su cuerpo.

Luego en la ducha tampoco dejó de pensar y se dijo:

He de volver. La vida es demasiado corta como para sólo pensar. Quien se pone barreras se autolimita y se arrepiente al final del camino. Yo necesito esa mirada, ese aliento. Tengo una corazonada. Me defraudaría si llegado este punto me detengo. Tengo que volver y ganar el 10 K de Lanzarote Marathon. Es la única cosa que me queda por demostrarme a mí mismo y lo único que Lucía desconoce de mí ser. Porque el resto de las cosas, todas ellas intangibles, ya las ha sentido. Y al sentir, algo dentro de nosotros queda escrito. Es imposible no dejar huella en las personas. Es imposible no sentir, porque quien no siente, ya se ha muerto.

Francis Campos

Barcelona, 16 de noviembre de 2013.

CAPÍTULO 2

 Lo idílico o lo real

Para los poetas, los monosílabos y las despedidas efímeras equivalen a la prosa mal escrita. Lo simple ni inspira, ni emociona.

Corredora al amanecer

Corredora al amanecer

Yacía sobre el asfalto del río Besós boca arriba. Tenía los ojos abiertos de par en par pero le costaba respirar. Escuchó una voz femenina gritando, pidiendo un médico. En ese momento cerró los ojos, apagó la mirada, pero no dejó de pensar.

No sintió miedo porque no era la primera vez que le sucedía algo así. Era como una sensación de vértigo que le dejaba desvalido por un instante. Sólo que en este caso estaba tardando demasiado tiempo en despertarse.

No pudo controlar ningún movimiento excepto los mentales, así que no dejó de pensar en Lucía, sus pantalones ajustados y su blusa vaquera. Le obsesionaba la idea de volver a verla, pero dentro de sí, en lo más profundo de su ser reconocía que estaba desorientado, y no sólo temía equivocarse, sino también idealizar una historia que nunca iba a suceder y que sólo su mente había imaginado.

Sea como fuere, de pronto despertó y se vio rodeado de mucha gente que no conocía. Por primera vez en los últimos meses, su mente permaneció en blanco, y sus ojos grandes como platos repararon en aquella hermosa muchacha morena con mechas californianas e indumentaria de running. Fue cuestión de un segundo, pero no pudo evitar estremecerse al encontrarse con su mirada. La mirada de Cristina Sanz.

Su cara le sonaba pero no alcanzaba a recordar el momento exacto en que se habían encontrado antes. Sintió que no era la primera vez que se veían, ni siquiera que hablaban y en sólo un momento, ya no había nadie alrededor de él excepto ella.

–          ¿Has llamado a una ambulancia? – preguntó Alexandre.

–          ¿La necesitas?

–          No.

–          Deberías ir al médico –insistió Cristina.

–          Paso de los médicos. Bueno, tengo que marcharme.

–          ¿Ya está?

–          ¿Cómo que ya está?

–          ¿No quieres que te acompañe?

–          Bueno si quieres venir, voy hacia Sant Andreu.

Se extrañó que le tratara con tanta confianza. Seguía sin recordar el momento en que se habían conocido, pero de pronto comenzó a visualizar alguna imagen de ella. Ya está, se dijo, se saludaban en el río cada vez que se cruzaban, aunque nunca se habían parado a hablar. Y si las cosas eran de tal modo, no entendía entonces por qué ella se había empeñado en acompañarle hasta casa. Luego, imaginó que no quería dejarle solo a causa del accidente, lo cual valoró en un momento en que nadie se preocupaba por cómo se sentía.

Pasaron varias semanas y bastantes veces más bajó al río a entrenar. Reconocía que su nivel no era el de antaño, pero lo cierto era que podía correr mejor de lo que hubiera esperado el día en que decidió calzarse las zapatillas de nuevo. Nadie conocía sus verdaderos límites, y realmente siempre era buen momento para pensar que avanzar simplemente era cuestión de fe, esfuerzo y constancia. Eso mismo le contaba Cristina cuando juntos descalentaban por el río al anochecer, después de cada entrenamiento. Admiraba su forma de correr y nunca dejó de pensar que llegaría lejos si mantenía la misma ilusión que su sonrisa delataba.

Con ella, nada era idílico porque sus conversaciones le mantenían en vilo. Aquellos minutos que compartía con Cris cada día le daban la sensación de ser ese algo más que se necesitaba de una persona para que sobrepasara su piel. Le gustaba que le hablara, le tanteara e incluso a veces le provocara. Pero sobre todo, le encantaba su sonrisa siempre vigente, osando avanzar dentro de él como un huracán que nunca se detenía. Le embelesaba de tal modo, que un día sin ese momento le producía una tremenda desolación.

Es por eso que llegado el momento de marcharse a Lanzarote, comenzó a plantearse qué era lo que de verdad necesitaba, quería y anhelaba. Porque estas tres cosas eran muy diferentes entre ellas, pero en realidad lo que esperaba que transcurriera en su interior debía ser un conjunto de todas acompasadas entre sí.

Pensó que podría alcanzar algunas conclusiones durante su estancia en Sands Beach Resort. Allí el tiempo se detendría, y sus pensamientos en suspenso valorarían cada acontecimiento y cada sueño. Y no sólo eso, también saldría a entrenar contemplando el amanecer y sobre todo descansaría para preparar su regreso al mundo del running.

Pero antes de marchar, la noche previa, quiso conveniente, y así lo quiso su corazón, invitar a Cris a cenar para llevarse consigo lo mejor de ella y poder debatir con todas las cartas sobre la mesa lo qué estaba pasando en su vida. Por qué dos mujeres tan distintas y tan diferentemente presentes en su día a día estaban copando cada rincón de su mente, ya cansada de soñar, yendo y regresando, inestable e ilusionada, sigilosa y atenta, preocupada y a la vez confundida.

Esa noche salió del portal convencido de que su vida avanzaba irremediablemente hacia la dirección correcta. Pero la vida, si fuera fácil sería otra cosa bien distinta a lo que en realidad era. Dejó que la puerta se cerrara sola y salió del bloque. Su mundo complejo no le avisó en los efímeros cinco minutos que debía caminar para encontrarse con Cris, y quiso el destino que justo en el primer minuto de caminata sonara el teléfono.

Más confuso si cabe, se detuvo. Frenó en seco cada paso que su mente quiso dar y permaneció de pie, erguido y con la mirada atenta en el cielo nocturno. Había casi luna llena, casi. No fue capaz de avanzar, y aunque quiso no defraudar a las múltiples razones que tenía para proseguir, su corazón estaba palpitando como nunca antes y se mantuvo en el mismo sitio. Nervioso, fuera de sí, se dio la vuelta y entró en casa. Se sentó en el sofá y se echó las manos a la cabeza. De pronto arrancó a llorar. No podía más.

No durmió en toda la noche. Amaneció y sólo el olor a café recién hecho le tranquilizó un poco. Se encaminó al aeropuerto con una imagen fija en la cabeza. No podía dejar de pensar en ella ni un segundo. No entendía cómo ni por qué, pero debía escapar cuanto antes. Cada segundo veía el embarque más cerca, y su respiración se estabilizaba al tiempo que pensaba con algo más de nitidez.

Sin embargo, complejidades añadidas a nuestra existencia y momentos en que no sabemos hacia dónde mirar, de repente la vio allí de pie, frente a él, preciosa como siempre y más sonriente que nunca. No alcanzó a definir qué contenía aquella mirada increíble. No al menos con palabras. No tuvo que pensar ni que decir nada porque ella definía todo cuanto les rodeaba en ese mismo instante. Sintió ganas de besarla pero se contuvo. Ella lo miró como nunca y dio un paso adelante.

–          Alexandre, me voy contigo a Lanzarote

Francis Campos

Barcelona, 24 de noviembre de 2013

 

CAPÍTULO 3

Los Regresos de La vida

“El amor no es un ente que se extraña por momentos. La mezcla de días malos y días buenos nunca alcanzan la ilusión. Los sueños no son cosa del estado de ánimo. Echar de menos a alguien no es el azar del recuerdo. Estar y no estar significa desilusión camuflada. El corazón no es una banda que fluctúa como la decepción…”

(F.Campos. Barcelona)

Llegada a meta 10 K Lanzarote Marathon

Llegada a meta 10 K Lanzarote Marathon

Nadie dijo que la vida fuera fácil. Pero allí en Costa Teguise, tumbado en una hamaca en pleno mes de diciembre, si no era fácil al menos lo parecía.

Observó a todas aquellas chicas nadando y sintió envidia sana al imaginarse dando brazadas como un pato mareado. Algún día haría un triatlón, pero aún faltaba para ese momento. Por lo pronto correría al día siguiente su primer 10 K de los últimos años. Había entrenado duro para poder hacer el mejor papel posible y sentirse a gusto consigo mismo. Los últimos meses le habían visto progresar de tal modo que había pasado de no poder correr ni diez minutos seguidos a deslizarse a un ritmo medianamente bueno. Ahora, en cierto modo había recuperado esa satisfacción de sentirse libre en cada paso y pleno al terminar cada entrenamiento.

Si le preguntaban por qué corría simplemente emitía una sonrisa. No encontraba vocablo perfecto para definir ese estado puro de felicidad que desprendía su figura corriendo camino del poblado de los Ancones. Se había acostumbrado a aquella apacible estancia en Sands Beach Resort. Cómo no habituarse a un lugar en el que hasta respirar era distinto a cualquier otro sitio. Si eras deportista, estabas en enclave perfecto para entrenar. Y si aún no lo eras, tenías ante ti el momento perfecto para iniciarte.

Cada día comenzaba entrenando al amanecer. Primero deambulaba durante varios minutos por la terraza del apartamento. Le gustaba ver a los triatletas nadar a primera hora de la mañana. Pero ese día, otra imagen representó para él un aliento de inconfundible aroma al alba de unos ojos soñadores. Entró en la habitación para vestirse de corto y salir a correr, y la luz clara tras la cortina iluminó el cuerpo desnudo de aquella hermosa chica que tanto le cautivaba. Su cabello oscuro se deslizaba sobre su espalda y cada mechón de color más claro brillaba al compás del sol radiante que iluminaba la habitación que unas horas antes había estado totalmente oscura.

El amanecer delataba ese deseo entre los amantes llevado hasta el final cuando las horas no tenían prisa. Cuando avanzar y retroceder tenían un mismo significado. Por una vez había intentado ser consecuente con los hechos. Le iba bien, no lo negaba. Incluso apenas se detenía a pensar en el pasado. Como si olvidar los acontecimientos fuera una de las consecuencias de agotarse físicamente un día detrás de otro.

Cristina le encantaba. No sólo sentía profundas ganas de besarla cuando la tenía frente a él. También el conversar con ella le producía una agradable sensación que le hacía ver que se encontraba ante una persona que, por encima de todas las cosas, se preocuparía por él. No estaba ante un vaivén de sensaciones que un día le abrazaría más y al día siguiente dudaría sobre la medida del amor entregado en un encuentro.

Para ella, su dosis exacta de dar le daba el derecho inalienable de recibir a cambio un trato que jamás antes había tenido. Entendía perfectamente cuál era su fin y lo que menos le importaba era la repercusión de sus actos. En realidad, no tenía nada pensar ni nada que perder. No podía evitar sentir lo que sentía. Podía intentar escapar, pero arrepentirse tampoco era la mejor de sus armas. Ser firme y perseverante la hacían merecedora de la voluntad de Alexandre. Era como si sus dos caminos inevitablemente tendieran a confluir en un único punto.

Y con esa idea fija en su cabeza partió Alexandre un día más dirección el poblado de los Ancones. Como día previo a la carrera, sólo tenía un rodaje de 20 minutos para soltar piernas. Y menos mal, porque si le hubiera tocado tirada larga seguramente su mente se hubiera colapsado antes de llegar al punto de regreso. Mucho más al fondo de su alma, traspasando el corazón, no sabía qué cosa le martirizaba y le impedía al mismo tiempo no disfrutar al cien por cien de cada minuto con Cris. Pero al final, siempre acaba llegando a la misma conclusión sin punto de retorno. Los hechos hablaban por sí solos, mientras que el vago recuerdo y alguna que otra mirada eran huellas que por sí solas se olvidaban. Lo volátil siempre acabaría siendo parte del pasado.

La noche anterior había comenzado por la primera botella de Lambrusco. Cuando estaba con Cris todo se disipaba. Se sumergía en su mirada marinera y olvidaba todo cuanto recordar y todo a su alrededor. Con la segunda botella de lambrusco lo de dejarse llevar no era pura casualidad. Una cosa llevaba a la otra y no por azar sino por la voluntad de ambos acabaron en la misma cama del mismo apartamento.

Se estremeció al recordar su piel y su cuerpo desnudo sobre el suyo. Sus besos y sus manos acariciándole. Cada segundo un impulso, un avance, un minuto nuevo en que pedirle más tiempo al reloj. Una madrugada lenta, dos amantes que se buscan, que persiguen un mismo fin que es más verdad que las palabras que pronunciamos en nuestros días de escapatoria. Cerró los ojos y los volvió a abrir. Cris, nada surrealista, todo tan real. Quedarse para siempre, no huir ni volar. Correr y valorar el sueño como extensión de lo vivido. Era ella, sin duda estaba, seguía y seguiría estando. Imprescindible y trascendente. Nada superfluo y no constante. Ritmo fluyendo suave. Volver y caminar este camino sin mirar atrás.

Detuvo su paso al llegar al espigón para hacer unos progresivos. Quería llegar a la habitación cuanto antes para bajar a desayunar con su Cristina. No se ensañó con la velocidad e hizo las rectas alegres pero sin intensidad elevada. Miró al suelo y con las manos en la cintura se dirigió a la puerta del Sands Beach mientras descendía su pulso. Cerró los ojos de nuevo para continuar recordando el pasado e imaginar un futuro a semejanza de lo acontecido la noche anterior, los meses anteriores. Pero se concentró tanto que no vio a la corredora que venía dirección al paseo marítimo.

No tuvo tiempo de reaccionar. Sólo advirtió de su presencia cuando sus dos cuerpos tropezaron y cayeron sobre el piso irregular. Por un momento ninguno de los dos se movió. Alexandre sintió sobre sí aquella inconfundible piel morena y el cabello dorado revuelto y brillante a causa del sol naciente que avanzaba sigiloso en la mañana. Sólo fue capaz de decir “lo siento”. Ella le miró a los ojos y después retiró su mirada. Cuando él la miró, ya no fue capaz de pronunciar una palabra más. Sólo su corazón, ahora acelerado, y su pulso regresando a la cumbre de Los Ancones parecían comunicar algo con sentido.

“Lo siento, he de marchar”, dijo ella levantándose deprisa. Él a su vez gritaba “¡espera, no te vayas!”, pero ella ya marchaba con el ritmo poco constante de quien escapa constantemente. Lucía el bello sol. Lucía Barco, lanzaroteña hermosa, había pasado de largo sin detenerse un solo instante. Suficiente para paralizar la embarcación que transportaba a Alexandre a un punto intermedio entre la vida y los sueños.

Con el corazón a punto de estallar regresó a su apartamento. Sin hacer ruido entró dentro, cabizbajo como quien ha confirmado una derrota ya anunciada. Quién no busca consuelo en un anzuelo dulce. Y al cerrar los ojos de nuevo oyó palabras que ahogan el alma y tumban sueños y avances cotejados con la vida. “Sí, cariño, yo también tengo muchas ganas de verte. Tengo que colgar, ¿vale? Te quiero”.

No supo que hacer y se mantuvo en pie escasos segundos, perdido y lanzado contra las cuerdas. Pero ser hábil que se pone en pie en un instante, se aferró a sus pensamientos más profundos y su propio yo levantó la mirada. De pronto se olvidó de todas las conversaciones consigo mismo e irrumpió en la habitación como quien afronta la verdad y enfrenta la razón contra la pasión. No hacía falta decir nada, ni siquiera con la mirada. Minutos después Alexandre salía del apartamento hacia el restaurante con la esperanza desilusionada de no encontrarse a nadie a su regreso.

Decepcionado no era la palabra, sino aterrizado en la realidad. Giró sobre sí y no paró de pensar. No reparó en los porqués porque realmente le importaban bien poco. Se detuvo en sí mismo y buscó el avance continuo. Trabajarse y ser perseverante. Consecutivo y constante eran dos descubrimientos a tener en cuenta. Y con esas armas se plantó  al día siguiente en la línea de salida.

Temperatura radiante, ambiente inmejorable y la tranquilidad haber vuelto, de haber encontrado la senda de no abandonar nunca, de no rendirse ni dar pie a la desilusión. Y así comenzó a correr por Costa Teguise viendo escapar a los primeros corredores, siguiendo el ritmo de su corazón y disfrutando de cada zancada junto al mar. Vació su mente en el primer instante en que arrancaba con más fuerza que nunca. Sentirse desolado era una elección y él había decidido ser valiente y acometer ascensiones aunque las circunstancias fueran desfavorables. Y eso era precisamente lo que le estaba devolviendo a la cumbre.

Minutos después encarriló la última recta que le devolvía a la meta, justo enfrente de la puerta de entrada del Sands Beach Resort. Últimos metros donde las vallas le indicaban el número de suspiros que debía soportar antes de llegar. Puño en alto una vez más, y sin mirar el reloj cruzó ilusionado la línea que separaba lo imposible del punto de partida de una nueva existencia.

Fue de un lado hacia otro en el corto espacio entre el arco de meta y el recinto donde avituallarse. Dejó que le colgaran la preciosa medalla de la prueba. Los 10 K del International Lanzarote Marathon luciendo sobre su pecho, mientras continuaba avanzando con la cabeza alta, cada vez más sonriente y menos expectante cuando la mejor de las expectativas era el camino incesante hacia el infinito.

Y es cuando no sabes qué te depara el gran trayecto que se inicia en ese mismo instante, cuando de pronto lo inesperado acontece y la vida de pronto ya no es ese complejo entramado de acontecimientos indescifrables. Alexandre se detuvo delante de ella, que le esperaba sonriente como si fuera ayer, como si su imagen nunca se hubiera movido de su mente ni de su corazón. Ninguno de los dos medió palabra en los segundos que se sucedieron a continuación, pero nada impidió que poco a poco se acercaran sigilosos, embelesados y deseosos de abrazarse para primero besarse apasionadamente y fusionar sueño con vida, idílico con instante fluyendo libre e incesante.

Se miraron y siguieron sin pronunciar ni una sola palabra, como si el amor no necesitara comunicarse verbalmente, como si el paso del tiempo se justificara con esa atracción irremediable y ese imposible delirante vuelto real y desconcertante.

Entonces, al fin apareció esa voz dulce con acento canario, esa simple sentencia que vuelca un no esperado y reclama un posible acontecer, que persigue esa realidad que muchas veces ignoramos equivocadamente al huir de la senda verdadera.

–          Alexandre, esta vez podrías quedarte en Costa Teguise.

La vida pone cada imagen en su sitio. No importa cada escapatoria. La vida tiene regresos para todos los que huyen de las verdades del corazón.

Francis Campos

Costa Teguise (Lanzarote) y Sant Andreu (Barcelona).

Diciembre de 2013.

CAPÍTULO 4:

ALEXANDRE

“Ver pasar el tren es la desesperanza de quien egoístamente obvia la verdad de su corazón, y acata reglas de supervivencia que en vez de vivir enseñan a escapar, y en vez de soñar echan a volar…”

F.Campos

..."Y en vez de soñar, echan a volar"...

…”Y en vez de soñar, echan a volar”…

Alexandre respiró hondo como quien avanza en sus pensamientos hacia nuevos derroteros, nuevas formas de ver la vida. Qué quería realmente y qué esperaba de Lucía.

Dio un sorbo a su café y se dijo que no quería sentirse solo. No pensó en el amor como un complemento a su riqueza personal. No lo veía como un accesorio, un envoltorio en el que resguardarse cuando le hacía falta. No necesitaba regodearse en esa sensación de ser acompañante en las noches de penumbra, la sola mirada que resistía días de desilusión y después se perdía en un mar que sólo se necesitaba a sí mismo.

Su corazón tembló al acudir a su razón en busca de cobijo, de la cabaña atenta y la atención inmediata de quien pase lo que pase estaría al otro lado, lo que no tuvo ni tenía en ese instante, lo que no tendría a causa de su mirada perdida, sólo deslumbrante en los momentos en que él la buscaba, escasos tiempos en que se esforzó por cambiar una realidad que era lo que era, que ni siquiera le pertenecía, ni adornaría el sueño que siempre había tenido: Derrochar amor por doquier con la libertad de saber que al volver la vista atrás, al avanzar y al regresar, siempre estaría allí, mirándole, sonriéndole.

Pero nada de eso tenía. Se engañaba y se había engañado. Había conseguido levantar un alma desde las cenizas y llevarla al cielo, cortejarla y darle un mundo, para qué. Para ella, y para él la triste desesperanza que le abrazaba en el despertar lluvioso lanzaroteño.

La contempló desnuda sobre su cama, y apenas sintió nada. Un castillo de naipes desplomado y el resquebrajado recuerdo de Cristina siempre buscándole y otorgándole todas aquellas furtivas tentativas del calor que las personas necesitan para sentirse queridas. Le dolió comparar, y fue tan simple el argumento que retuvo en su mente, que tuvo claro desde el primer momento qué cosas detestaba, y qué cosas valoraba como motivo de abrazo a la esperanza y la ilusión de una vida que se recompone.

Fue curioso el símil entre presente y pasado. Se marchaba sin despedirse, sin pensarlo una última vez, y tal vez como muestra de quien se defiende de las personas que comparan póquer con amor y enamorarse con azar. No dudó ni un instante, no tembló su pulso y no musitó ni un vocablo más. Adiós, cortejo desolado y días en que regalar este concierto amoroso gratuito. Hasta siempre, musa ideal que rellena el hueco del diario envenenado de quien mide después de dar, y retira tras no recibir.

Se sintió valiente, y firme el paso abandonó tierra para regresar a Barcelona. Cerraron las puertas del avión y enterró sus besos y miradas, no así inexistentes palabras que siempre echó en falta en los momentos en que esperó eternamente a la espera infinita. Era el mejor regalo para quien necesitaba estar sola. La moneda de cambio de la desolación que nunca conoce días de gloria y amor. La independencia frente a la virtud de dar. Y la posterior soledad para quien ha rechazado tanta generosidad.

Alexandre se guardó su silencio y miró al cielo casi anochecido. Contempló ciudades e islas, las diferentes sensaciones que pueblan vidas que siempre esperan algo mejor, lo que ha de llegar y que con esfuerzo siempre acaba acaeciendo. Se sintió libre, desatado de esos pensamientos que le atormentaban el alma, que sujetaban su corazón en vilo a punto de alzar el vuelo, y finalmente apagó toda imagen de su mente para recordar a Cristina.

Por qué sería que dentro de nosotros dejaban huella las personas que al fin y al cabo siempre habían estado ahí, al otro lado, expectantes y preparadas para dar lo mejor de sí. La atracción era esa realidad de confrontarse dos miradas que se entienden y buscan un mismo destino.

Estaba cansado, y el sueño se estaba apoderando de él. Era el resultado de haber dormitado toda la noche bocarriba con los ojos abiertos de par en par, como quien espera ilusionado el amanecer porque sabe que ese film nocturno es un mero peaje para aprender, avanzar y olvidar.

Apagó la mirada y dejó atrás por fin esa sensación de seguir de expectante. Inconscientemente navegó nuevos océanos sin buscar nada, dejándose llevar por ese ritmo que guía versos que narran cimas que se caen y cimientos que remontan torres destruidas ahora altas y fornidas.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando aquella voz cantando en voz baja le endulzó el despertar y le recordó mientras divagaba, que en ocasiones la vida era la sucesión de comienzos que siempre encontraban nuevos momentos y personas que campar en caminos donde discurrir, empujado por el viento y ajeno a los límites del tiempo.

La bella melodía entró en su imaginación, que empezó a visualizar días en que dar las gracias por la vida que le correspondía. Después de todo, lamentarse y recordar el pasado era demostrarse a uno mismo que no había tomado las decisiones con el corazón, y ese era precisamente el sentimiento que jamás viajaría con él a ninguna parte.

Abrió los ojos con la sonrisa de quien esperaba averiguar la procedencia de ese hilo musical que daba placer a su vuelo. A su lado, cuaderno y bolígrafo en mano, una chica de edad parecida a la suya canturreaba al tiempo que escribía, comenzando y retrocediendo como las olas que se abrazan y se despiden de la arena. Sin duda, componía canciones que cantaba y Alexandre no pudo evitar sorprenderse ante esa estampa tan poco habitual y tan hermosa, como preciosa su compañera de viaje que planeaba alegre por los altos del mundo a veces simple, a veces complejo y que rodeaba nuestra existencia a veces triste, a veces de ensueño.

–          Es precioso lo que estás escribiendo, y cantas con esa voz tan bonita. Perdona que lo haya leído. No he podido evitar dejarme llevar – se dirigió a ella.

–          No pasa nada – contestó la chica-. Es una simple idea, un boceto que a lo mejor ni siquiera llega a nada.

–          Bueno, eso dependerá de ti, de tu osadía y empuje – añadió Alexandre .

–          Pues sí.

–          ¿Sabes qué? –preguntó él-. Yo antes escribía poemas y canciones.

–          ¿Sí? ¿Y ya no escribes? – continuó ella la conversación.

–          No, ya no tengo inspiración, no me nace esa frescura, esa garra de quien sobrevuela vidas y nunca aterriza.

–          Bueno, eso dependerá de ti, de tu osadía y empuje – respondió ella con media sonrisa y sus marcados rasgos sureños.

–          No te falta razón, por qué negarlo. Por cierto, esta artista que entona notas que sueñan, ¿Tiene nombre?

–          Sí claro, toma mi tarjeta, … – respondió marcando un silencio que aguardaba un nombre como respuesta.

–          Alexandre, mi nombre es Alexandre.

–          Encantada Alexandre, espero que nos volvamos a ver repletos de osadía y empuje.

Fueron sus últimas palabras antes de agarrar su maleta y salir del avión. Atrás quedaron medias sonrisas buscando el sentido de los pentagramas que inundan el devenir de los acontecimientos, el aterrizaje de los versos que vuelven. Un sol que amanece enfrentado a la luna. Un balance de pensares y sentires que nunca se detuvo. Una lucha constante, un descenso por las escaleras. La búsqueda de la llamada perfecta. El regreso, volver y empezar. El teléfono sonando. Una nueva espera.

–          ¿Dígame? – contestó ella al otro lado de la línea.

Francis Campos

Vuelo Sevilla-Barcelona, 15 de diciembre de 2013

CAPÍTULO 5: 
Adiós, adiós al Mar

“Lo que eres, me distrae de lo que dices.”

Pedro Salinas, La voz a ti debida.

Sitges anocheciendo

Sitges anocheciendo

Caminaba a paso lento por Aribau dirección Plaza Universitat. La ausencia de prisa marcaba el ritmo constante de sus zancadas, como si la esperanza le invitara a fluir despacio esperando esa llamada que nunca llegaría. Pobre iluso sufridor que dejaba escapar una lágrima y mil silencios acompasados a ese caminar nostálgico. Ella ya le había olvidado. No sólo eso, jamás le recordó, y ni siquiera estuvo para él, que se había desvivido por ella y había demostrado tanto sin esperar nada a cambio.

Sufrir nunca fue en vano, al fin y al cabo aunque quisiera maldecirla a cada momento, en el fondo quería recuperar aquellos hermosos momentos, o al menos entender por qué ella se había entregado tanto, y ahora de pronto desaparecía constantemente para ir y venir como una ola, rompiendo su equilibrio vital, deshaciendo sus sueños y embargando cada expectativa creada.

Ya no significaba nada. Simplemente debía asumirlo. Alexandre no entendía por qué estaba haciendo tan difícil la vida. Por qué se empeñaba en perseguir lo imposible, lo que nunca tendría. Necesitaba conocer a alguien capaz de devolverle la ilusión, alguien que le hiciese dejar atrás aquella sinrazón que le estaba matando por dentro y no le dejaba vivir. Lucía tenía que desaparecer. Ese era su único y posible destino.

No podía echarla de menos como si se mereciera siquiera una insignificante mirada. Había escapado, y aunque en el fondo no sentía que esa debiera haber sido su mejor decisión, esta era firme y no podía volver atrás. Tenía que pensar en él, en su avance. El amor no era un vaivén a veces triste, a veces alegre. Estaba dispuesto a luchar, pero él no podía cambiar la barrera que se había interpuesto en su camino, y tampoco quería traspasarla. No sentía que fuera fiel a sus principios si asaltaba un castillo que nunca le devolvería el amor que necesitaba. Él había sido poeta y había visto y sentido grandes cosas. Tenía claro que el amor no era un compendio de sobresaltos y descensos, sino vivir constantemente alzando el vuelo. Y esa era precisamente la clase de existencia que necesitaba. Lo efímero y volátil nunca justificaría un vuelo prolongado. El amor era mucho más que eso.

La locura era el estado de necesitar un parche para taponar heridas, pero la cordura inevitablemente era el sustantivo que podía traspasar un alma. Necesitaba saber qué clase de conexión le unía a Lucía. Finalmente no tuvo que pensar demasiado, apagó la mirada y rompió a llorar. Qué significado tenía aquel cariño, qué cosa más absurda era amagar una y otra vez, tomar un corazón que no era de piedra, y ponerlo en jaque. No se merecía ni un ápice de sentimiento. No quiso imaginar falsos besos y caricias, sonrisas que alguna vez esperó que tuvieran algún significado, y que sólo trajeron silencio tras silencio.

No estaba dispuesto a ceder más espacio de su yo, de su más íntimo querer y de su expectante amar. Lo había intentado pero ella se había rendido desde el primer día. Y lo suyo, ¿era una rendición? ¿O era quizás haber sembrado una semilla que un día le devolvería un precioso jazmín? Entonces pensó que debía avanzar más, hacer algo diferente, experimentar un cambio importante, algo nuevo que dejara atrás aquellos ojos del color de la miel, que siempre quisieron hablar pero callaron para escapar, para irse.

Entre tanto avanzó por la Ronda San Antoni hacia el Jazzsi, un Club de jazz donde recrearse y echar a volar la imaginación. Dentro, la batería, el piano y el contrabajo entonaban los sueños de Alexandre, que por un momento dejó de tambalearse. Pidió una Corona y se sentó atrás, justo debajo de la escalera. Comenzó a fluir, como la cerveza dentro de sí, ya que aún no había cenado. Otra Corona, por favor, le dijo al veterano camarero.

Se sintió triste y solo, pero no se culpó ni culpó a nadie. Era la simple consecuencia de no traicionarse a sí mismo. Nunca pensó que el cortejo sin ser mutuo fuera cortejo, ni amor, ni conquista, ni absolutamente nada. Pensar en amor como desequilibrio de voluntades convertía en un don nadie al llanero solitario que caminaba triste por la vida. Regalar sin recibir equivalía al corto espacio temporal que pudo ser pero que nunca fue. Seguía el jazz y su yo presente comenzó a respirar aliviado. Ya no habría llamadas ni momentos de esperanza. Pronto se marcharía y todo se habría disipado.

Respiró al compás del bello jazz, y pidió la tercera Corona. Su presencia pasó a doble presencia, y ya ni siquiera pensó en nada más. Estaba agotado, completamente loco, y por primera vez después de mucho tiempo se sintió poeta. Sintió los versos corriendo por sus venas, esa decepción mezclada de ilusión, y esa certeza de no defraudarse nunca, de anteponer el sentir a la razón, y los sueños a la repercusión.

Nunca dudaría que moriría a sabiendas de que su trayectoria estaría marcada por la persecución constante de la felicidad. Por qué dudar entonces, por qué frenarse. ¿Para arrepentirse? Lo tuvo claro, el arrepentimiento constituía el fracaso de quienes se conformaban con sobrevivir cada día para no pagar el precio de la felicidad póstuma, el naufragio de los ángeles, la desolación posterior de quien se da cuenta de que ha perdido lo irrecuperable, lo que se irá para no volver y que pudo elegir quedarse.

Se puso en pie al terminar la función, como para irse. Pero a dónde marchar ahora, pensó. La angustia le volvió al cuerpo, pero esta vez con tres cervezas de más, y se sintió afligido, derrotado, inmerso en la absurda nostalgia. En ese instante de desolación la vio bajar por las escaleras. Cómo confundir su increíble silueta deslizándose peldaño a peldaño, metros que separan la sorpresa de la casualidad, sonrisas que evocan hechos que se encaminan hacia el radiante suceso amoroso. En cuestión de segundos, Alexandre tuvo frente a sí a Cristina, su Cristina, y no pudo evitar cerrar los ojos varias veces para ver si se trataba de un sueño o de algo real.

Se quedó de pie sin saber cómo reaccionar. Ni siquiera supo qué decir, qué hacer cuando vio una figura masculina bajando tras ella por las escaleras, como un momento en que la vida concatena un cuento para comprender, valorar y actuar del mejor modo posible. Quiso hablar ante la mirada atónita de Cristina, al menos expresarse, decir algo por mínimo que fuera, pero lo único que consiguió fue verlos pasar delante suya cogidos de la mano, sin más miradas que unos ojos que extrañan el pasado, y las puntas de su cabello brillando a causa de los focos del escenario.

No supo qué más sintió, qué otra cosa podía pasar sino el tiempo camuflado. Se pidió un poco de distancia, alcanzar un lugar en el que romper con todo, regresar y ser Uno Mismo con un solo propósito: ser feliz y jamás dejar de soñar, dejar atrás momentos tristes y cerrar las puertas del alma a quien nunca respondió a su pregunta. Adiós para siempre. Adiós, adiós al Mar.

Francis Campos

Barcelona, 21 de noviembre de 2013

CAPÍTULO 6:

Ni tú ni yo…

Il me semble que je serais toujurs bien là oú je ne suis pas”

Baudelaire

Film "Up in the air"

Film “Up in the air”

–  Te echo de menos, Lucía.

Seguramente se arrepentiría, pero no pudo evitar contactar con ella aquella mañana de sábado en un fin de semana que sería el primero sin saber absolutamente nada de ella desde su regreso de Lanzarote. No había ningún día en que no se despertara habiendo soñado con su imagen. Necesitaba escribirle, saber algo, lo que fuera, algo, sólo meras palabras. Se le vino el mundo encima, cuestionó el haber abandonado, pero por otro lado pensó que no había nada que le empujara a volver. Dónde estaba. No estaba. Se había ido hacía mucho tiempo.

 – ¿Qué te pasa? – volvió a escribirle varios minutos después ante la desesperación de no recibir una respuesta.

 Entonces se sintió mal, decepcionado por ella y por sí mismo, inútil en el cortejo y blando, sobre todo blando. Se levantó para ponerse más café y vestirse con la ropa de correr, y dejó pasar los minutos. Cuando hubo terminado fue a coger su mochila para marcharse al entreno de la playa, y antes de salir escuchó el pitido del móvil.

 – Nada, estoy bien. Estaba pintándome las uñas – respondió ella al otro lado.

Alexandre dio un porrazo fuerte en la encimera y apretó los dientes. Nunca más, nunca más, nunca más, se dijo una y otra vez. Después cerró la puerta de casa con fuerza y bajó al parking. No maldijo la situación sino se maldijo así mismo. Estaba completamente loco por aquella muralla impasible que se había topado en su camino. Decir adiós fue lo más fácil. Lo difícil fue ausentarse, lo imposible olvidarla y la odisea asimilar que nunca significó nada para ella, simplemente noches de lujuria y pasión, o ni siquiera eso.

Se dolió por sentir, por ser tal vez diferente a los demás, por entregarse y luchar cada día por estar ahí, por hacer que sonriera en cada instante en que se entristecía, comprenderla en cada instante en que sus manos le buscaban para paliar esa soledad que encuentran quienes clavan lanzas en sus corazones para paralizar el ritmo del amor. Se dolió, y pensó que ya bastaba, que ya tenía suficiente una vez más, otro día más en que empezaba a necesitar ausentarse de aquel martirio.

Condujo durante diez minutos hasta la playa de Nova Icaria. “Por si el tiempo me arrastra a playas desiertas”. Sonaba el CD una y otra vez como si nunca fuera suficiente. Instantes breves en que dejó la mente en blanco. Qué quería, qué necesitaba, se preguntó durante el breve espacio de tiempo que se sucedió.

Por un momento salió de su pensamiento unidireccional e inevitablemente tuvo que acceder a comparaciones que nunca habría rescatado para momentos de ese tipo. Sin embargo necesitaba ahondar dentro de su mirada, recordarla para extraer sus propias conclusiones. Después se sintió triste y concluyó que lo importante no eran sus ojos, sino los hechos que estaban provocándole aquel sufrimiento innecesario y que sin saber porqué se habían adueñado de su interior más profundo.

 Comenzó a correr con los compañeros para calentar antes del duro entreno que les esperaba. Su corazón comenzó a latir más deprisa y mientras avanzaba comprendió que más allá de las miradas y la complicidad con una persona había algo mucho más grande. Para amar a alguien no era necesario esforzarse en compartir algo, era necesario no hacer absolutamente nada. No existían los corazones de piedra, ni la piedra en los corazones. Estaba pensando en ese surgir inevitable del sentimiento, que cuando venías a darte cuenta había explosionando dentro de uno mismo, accediendo a cada uno de los rincones de nuestro ser.

No era necesario saber que ella estaba al otro lado para permanecer tranquilo. Estar al otro lado era simplemente el punto de partida de conversaciones hasta las cinco de la mañana, de sueños compartidos y corazones entrelazados hasta el infinito. El amor no era permanecer impasible jurando una y otra vez ser o haber sido una persona entregada y cariñosa. Ninguna promesa atestiguaba ser puro de alma, ni de palabra, ni de ninguna otra cosa.

Sintió de nuevo el corazón palpitar, pero esta vez no supo si de amor o de los latidos provocados por la actividad física sobre la arena. Tenía que salir adelante, tenía que proponer cambios, y sobre todo avanzar, no estancarse ni mirar atrás. No podía controlar los sentimientos de Lucía, ni siquiera hacer nada más para atraerla hacia él, ni nada que tuviera que ver con estar más cerca de ella si ella no ponía de su parte. Pero sí que podía trabajar sobre sí mismo, podía tomar el mundo con las manos abiertas y decidir extraer lo mejor de él.

Mientras estiraba no quiso venirse abajo una vez más como le sucediera en días anteriores. No quiso otorgarle el poder de controlarle a cosas que escapaban a su control. Él era el único responsable de permanecer expectante y dubitativo. No importaba que ella no llegara a entender nunca absolutamente nada de lo que él había sentido, no importaba las horas que había pasado pensando en ella constantemente, imaginando a ambos viajando por lugares hermosos, caminando junto al mar cogidos de la mano. Ella nunca lo entendería porque ya le había olvidado, y eso, por más que quisiera, no iba a cambiar. No podía seguir culpándose por algo así. No era cuestión de ética, ni de fe, ni de esfuerzo, ni de nada. Era cuestión de sentir. Y su única salida era convivir con ese sentimiento no correspondido dentro de sí mismo.

Por la tarde deambuló por el comedor de su piso de un lado hacia otro. Extrañó el placer de fumarse un cigarro, pero prefirió pensar que era muy grande el beneficio proporcionado por el atletismo, y pensó que no podía simplemente tirarlo todo por la borda. Llevaba meses muy bien encaminado. Su corazón estaba sufriendo, pero sus piernas estaban más en forma que nunca.

Se tomó una taza de café como quien se alía con un amigo que siempre está ahí al otro lado. Bendita cafeína, que restaba fuerza al sufrimiento y sumaba energía y ganas de vivir. Después se vistió y se fue a Sant Antoni, al Bar Calders a cenar, por qué no un pequeño homenaje para comenzar su nueva vida, llena de ilusiones y sueños.

Durante el trayecto en metro pensó de nuevo en el amor, qué raro, el amor, qué vocablo tan amplio y poderoso. Tanto, que pocos querrían acercarse a él, como si tomar algo de distancia fuera a evitar su paso, como si pudiéramos calmar las aguas del sentimiento con sólo mirar a otro lado. No supo si estaba enamorado, pero para él las cosas tenían un significado, y aquella mirada tan penetrante y en contradicción constante con lo actos de una huida irreparable, era imposible de olvidar. Si al menos Cristina apareciera para hacerle ver cuan equivocado estaba. Pero estaba solo, completamente solo, y eso le produjo una profunda desolación. No es que quisiera saltar al metro ni nada eso, pero ese enfoque casi poético le estaba matando, así que tragó saliva y salió de la Línea Roja por Plaza Universitat, siempre mirando hacia el mar, nunca hacia atrás.

Avanzó por la Ronda Sant Antoni, despacio, contemplando tiendas y transeúntes, como si tras el paseo fuera a recopilar las múltiples fotografías que su mente estaba tomando. Ensimismado, caminó absorto en pensamientos trascendentales y sueños ocasionales relacionados con viajes a lugares muy lejanos. El siguiente paso sería irse a otra ciudad, a otro país, lo tenía absolutamente claro. Y dejaría todo atrás, absolutamente todo. Sí, tenía pensado no sólo no dejar de sentir, sino de soñar y avanzar. Quería desafiar a los acontecimientos y planear nuevos derroteros y senderos para explorar.

Parecía perdido a pesar de que muchas veces había pasado por allí, y cuando sólo faltaban unos treinta metros para llegar a su destino tropezó con alguien.

 – Disculpe, no estaba atento… – dijo a la vez que levantaba la mirada.

 – No pasa nada -respondió una muchacha mirándole a su vez a los ojos.

Sucedió un breve instante, unos segundos en los que dos chispas se cruzan y encienden una llama.

 – ¿Nos conocemos? – preguntó Alexandre como despertando del letargo.

 – Creo que no – respondió la chica.

 – Bueno, eso dependerá de ti, de tu osadía y empuje… – añadió Alexandre, sonriente, esperando que recordara algo – volamos juntos hace unos días desde Lanzarote.

 – Mmm… ¡Claro! ¿Cómo no acordarme.

 – La chica de dulce voz.

 – Anda ya, tampoco es para tanto. Oye, qué casualidad volvernos a encontrar. ¿Qué haces?

 -Voy a cenar en Calders con unos amigos – mintió sin saber por qué.

 – Ah bien, me gusta mucho ese sitio. Oye, llámame un día. A lo mejor podemos tomar un café. Ahora me tengo que ir, que llevo prisa.

 – Descuida, te llamaré – se despidió Alexandre viéndola marchar.

Una brecha rompió el paso de la inercia de los movimientos de Alexandre. Por un momento mantuvo su mente en blanco y su corazón sin expectación alguna. Se dejó llevar y fluyó durante el inicio de la noche condal. Con la sonrisa de quien casualmente se detiene ante dos formas de ver la vida, recordó la frase que tanto había leído en sus “Cartas Marineras”: El que dice que es feliz en realidad no lo es, quien persigue ser feliz de verdad ansía serlo, quien mantiene que no lo es, lo es y aún no lo sabe. Sé sincero, corre y persigue tus sueños. Mañana ya será demasiado tarde para regresar a buscar los momentos en los que dejaste de luchar.

Francis Campos

Barcelona, 19 de enero de 2014

CAPÍTULO 7:

La última llamada

 “Ya no necesito tus palabras, me basta con saber que mi corazón sigue funcionando. Sé que si me miras es porque tiemblas al pasar, y sé que cuando pasas te estremeces igual que yo me estremezco al verte. No me importa que retrocedas. Vete si quieres, porque en el fondo sé que quieres quedarte. No voy a decirte lo que tienes que hacer para ser feliz. Dejo a tu juicio tu propia escala de valores. Estas palabras ya no son para ti, y discurrirán al compás del tiempo que nunca se detiene. Esto, al fin y al cabo es poesía, y la esencia del poeta no es alcanzar, sino encontrar, y después escribir.”

 Francis Campos, Cartas Marineras (Próximo libro en 2014).

Las fuentes que llevan a Montjuïc

Las fuentes que llevan a Montjuïc

Despertó extasiado, convulso y desorientado. No quería soñar con ella pero no era algo que pudiese evitar. Maldita sea, se dijo, otra vez otro despertar igual. En seguida miró el móvil y vio que ninguna luz parpadeaba. Otro día empezando con mal pie.

Después tomó el primer sorbo de café y algo dentro de él comenzó a transformarse.

Se puso las zapatillas y salió a correr por el Besós. Con las primeras zancadas pudo verse más tranquilo porque ya se sentía seguro de todo. No tenía dudas ni preguntas más allá de las que podía formularse a sí mismo. Qué buscaba entonces en los demás, en los amores y en la vida. Nada. Debía bastarse por si solo hasta el gran momento, hasta el día en que apareciera de nuevo, en que ella regresara para mirarle con aquellos ojos tiernos y le tomara su fría mano para volverla cálida otra vez. Mentira, mentira, se repitió al pensar de aquella manera.

Continuó corriendo sobre el lateral del río dirección hacia el mar y observó que sus pasos eran cada vez más fluidos. Y así fue saltando sobre el asfalto hasta llegar al Puerto de Badalona, donde tantas veces había soñado partir en barco hacia México. Una vez allí sonrió al recordar Tulúm y toda la península de Yucatán, donde años atrás había cubierto mil doscientos kilómetros de experiencias inolvidables. Ahora, Barcelona era el punto de inicio de su nueva vida, de su nuevo yo ilusionado y siempre alegre, como tiempo atrás, como aquella tarde en que dos miradas se confundieron en besos que hubieran amanecido de no haber sido por lo crudo del presente que deja escapar al futuro y permanece inmóvil para siempre.

Sintió el sudor correr por su piel y el frío entrar en su cuerpo. En ese momento pensó que debía llamar a Rebeca Romeu para tomar ese café que tenían pendiente. No iba a morirse esperando a un amor que le estaba matando por dentro. Ya se había despedido mil veces pero nunca se había marchado de verdad, y ahora era el momento de avanzar, de encontrar nuevos derroteros en los que verse reflejado, conocer a personas a las que de verdad le importaran sus sentimientos, y así hasta llegar hasta el verdadero amor, ese que sienten quienes viven sin miedo porque lo importante de sus vidas son sus sueños y no las múltiples circunstancias que hacen imposible el camino del corazón.

Llegó a la casa y se puso a estirar en la terraza. Luego se metió en la ducha y cerró los ojos durante unos segundos en los que permaneció inmerso en sus próximos proyectos. Mientras caía el agua caliente sobre su cuerpo pensó en el cambio de trabajo y en su viaje a París para emular a Hemingway y Scott Fitzgerald. Después se afeitó a la vez que sentía el olor a café que desprendía la taza sobre el lavabo.

Se sintió grande y canturreó mientras saltaban las tostadas que acompañaría de aceite de oliva, pavo y queso fresco. Abrió las ventanas de par en par para dejar entrar el fresco matutino, para airear su vida y dejar paso a sus nuevas pretensiones. Avanzaba la mañana y por primera vez se sintió libre, desatado y feliz. Abstraerse de esa manera inútil de sufrir le hacía retractarse de los momentos tristes. Por un instante pensó que ahora ya no tendría que esforzarse en llamar y llamar a la puerta, en hacerla feliz cuando se sentía triste. No, ya no iba a luchar por algo en lo que había dejado de creer. Ahora no le importaría verla caer, porque él al caer había tomado impulso para ascender a lo más alto, y desde ahí, al cambiar de paradigma había comprendido que no iba a entregar su mejor yo a nadie que jamás sufriría por él, que nunca le cuidaría, que no estaría al otro lado esperándole, a alguien que no existía ni había existido. ¿Yo, yo y yo? Eso para ti, gritó al cielo. Me quedo con el nosotros sin ti, con quien esté por venir, se dijo con los ojos abiertos y mirando al cielo al otro lado de su terraza.

Pasó el día entre libros y manuscritos de su época literaria, sentado en el sofá, soñando su nueva vida y filosofando nuevas verdades e ilusiones. Cuando se cansó se puso en pie y llamó a Rebeca para quedar a las 16:00 h en la puerta del Fnac del Triangle para mirar unos Cds. Le parecía una gran idea para pasar la tarde de un sábado en que el sol estaba radiante e iluminaba cada rincón de la ciudad Condal. Ella podría recomendarle música que no conocía y que pondría melodía a las vivencias que estaban por venir.

Llegó ilusionado por pasar una tarde diferente. La reconoció a lo lejos y al acercarse ambos sonrieron y se dieron dos besos lentos, como si hubiesen estado esperando ese encuentro desde muchos días atrás. Rebeca le tomó de la mano y le dijo vamos. Él simplemente se dejó llevar y mantuvo su mente en blanco. Mejor así. Subieron las escaleras mecánicas hasta llegar a la zona de música y empezaron a escuchar CD tras CD. Alexandre empezó a impresionarse con la cultura musical que tenía aquella muchacha. Tantas cosas le explicó entre sonrisa y sonrisa…

  – ¿Lo estás oyendo? – preguntaba ella imitando con su linda voz las notas musicales de la canción que sonaba en ese instante…

Él sonreía una y otra vez…

  – Oye, vamos a tomar una cerveza, ¿vale? – le propuso Rebeca – Te voy a llevar a un sitio que te va a encantar. Hacen cerveza artesana, se llama La Més Petita. Podemos ir dando un paseo si quieres. Así luego subimos a la terraza de Las Arenas para ver las fuentes de colores de Montjuïc.

Volvió a tomarle de la mano y Alexandre se dejó llevar de nuevo hasta aquel pequeño local donde comenzaron a conversar plácidamente, como si se conocieran de toda la vida, y como si el tiempo que tenían no fuera suficiente para contarse cosas el uno al otro.

  – Oye cuéntame algo sobre ti – preguntó él dando un sorbo a aquella exquisita cerveza.

  – Dime, ¿qué quieres saber señor reportero?

  – No sé, es verdad que vives de la música…es decir, que eres cantautora.

  – Mmm… podría decirse que sí, ¿por?

  – No sé, tenía curiosidad por saberlo. Estoy muy sorprendido, la verdad…

  – Pero ¿por qué?

  – Sorprendido para bien, me refiero. Es algo que valoro mucho, a las personas como tú que tienen algo grande que decirle al mundo.

  – Bueno, todos tenemos una historia que contar.

  – Ya, pero me refiero a que no se puede contar lo mismo desde una oficina. Tú seguro que viajas mucho y expresas lo que sientes en tu música, en tus letras y con tu hermosa voz.

  – Oye, ¿tú eres muy profundo, no? ¿También tienes historias que contar?

  – Pues la verdad es que me las reservo para mi.

  – Anda ya, y eso por qué.

  – La gente que conozco no entiende ni entendería los mensajes que podría transmitir.

  – ¡Uy, que interesante! ¿no?

  – No te rías de mí… – le dijo Alexandre dándole un amistoso empujón a la vez que pedía al camarero la segunda ronda.

  – A ver, cuéntame eso que tienes que contarme – le dijo Rebeca como quien asegura una respuesta al otro lado de una afirmación.

  – ¿A qué te refieres? – preguntó él.

  – A ella, a la chica de la que me hablas.

  – Yo no he hablado de nadie.

  – Venga ya, cuéntamelo – insistió ella.

Alexandre mantuvo un silencio durante varios segundos y luego la miró fijamente con el gesto cortado por la situación que se había generado, pero sobre todo por la intempestiva presencia de sus recuerdos más próximos en aquella conversación que había estado siendo tan agradable.

  – ¿Te hace feliz? – Insistió Rebeca.

  – No, y nunca me hará feliz – espetó él con firmeza y seriedad en el tono.

  – ¿Por qué dices eso?

  – ¿Es evidente, no? Ahora mismo estaría sonriente, con la cara de tonto, desfigurada, y no es así. Estoy aquí contigo, disfrutando de este momento…

  – ¿Pero qué sientes realmente?

  – Pues a veces nostalgia, otras veces miedo.

  – Entonces no sientes amor – afirmó con rotundidad Rebeca.

  – Eso ya lo sé.

  – No tengo tan claro ese ya lo sé. ¿Por qué estás tan obsesionado con ella?

  – No lo sé.

  – ¿Acaso recuerdas la conversación más importante que tuvisteis? ¿Tienes en mente algún momento especial?

  – No, nunca tuvimos conversaciones interesantes.

  – ¿Me estás contando que estás colgado por una tía con la que te has acostado tres veces y con la que ni siquiera has cruzado frases de más de cinco palabras?

  – ¡Oye, ya vale! ¡ Significa mucho para mi!

  – ¡Tú estás chalado, chaval! Tienes pinta de haber sido feliz, muy feliz, antes de que todo esto pasara, claro. Y ahora mírate, quién te ha pegado esa tristeza, esa nostalgia que dices que llevas dentro de ti. Porque tú no eres así, ¿verdad?

Alexandre se levantó súbitamente de la mesa y fue hacia la caja para pagar, mientras ella permanecía sentada, expectante pero segura de sí misma y de sus palabras.

  – Tú no me conoces. No tienes ni idea de nada – le dijo justo antes de salir por la puerta, como herido, como quien escucha una verdad que no quiere asumir.

Pasaron apenas dos minutos cuando Rebeca cogió su abrigo y se despidió del camarero para salir tras él. A lo mejor había sido demasiado dura con él. Quizás porque aquel chico tenía algo dentro que le atraía y le causaba interés. Quería entrar dentro de él, pero a lo mejor no había elegido bien el momento ni la forma para hacerlo. Había caminado tan segura de sí misma que no había medido la repercusión que podían tener sus palabras. Entonces se sintió mal y comenzó a correr por Diputació hasta el cruce con Vilamarí para alcanzarle.

  – ¡Alexandre, espera! – le grito al verle a lo lejos.

Siguió corriendo apresurada. Sólo le distanciaban de él veinte metros. Llegaría sin problemas y le pediría disculpas. Entre tanto, él avanzaba dirección Plaza d’Espanya para tomar la Línea Roja y regresar a casa. En ese instante sonó su teléfono móvil, y automáticamente llevó la mano al bolsillo de su chaqueta para contestar. Maldita cremallera que siempre se atascaba. Comenzó a tirar pero no se abría. Segundos después consiguió por fin extraer el móvil con la mala suerte de que se le escapó y cayó al suelo. Mierda, se dijo mientras lo veía caer sobre la calzada cuando cruzaba la calle. Entonces se agachó para cogerlo, obsesionado con atender la llamada. Pero despistes que juegan en el campo del enemigo, no vio el vehículo que se le venía encima a gran velocidad, frenando y derrapando para detenerse.

   – ¡¡No!! ¡¡Alexandre!! – chilló con fuerza Rebeca al ver el grave accidente que se sucedía.

Instantes después se paralizó el mundo y el teléfono continuó sonando y vibrando sobre el alquitrán. Segundos más tarde la llamada de Lucía finalizó y la luz del aparato se apagó.

 Francis Campos

Barcelona, 26 de enero de 2014

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