CAPÍTULO 8: Te perdí mil veces. Te elegí otras mil.

Fue la iniciativa de nunca llamar, de no hablar ni caminar. Fue la última mirada al perderse en el mar, la luz que no iluminó y nunca lo hará. Fue la infelicidad, que se quedó atrás, marcando las distancias con la sonrisa de cada mañana, con los sueños al atardecer y los anocheceres de felicidad. Fue la madrugada al pasar, que se estremeció al contemplar el paso de tiempo. Fue después, cuando al salir el sol volvió a sonreír y comenzó a luchar de verdad.”

 Francis Campos

  “Te perdí mil veces. Te elegí otras mil.”

@PoéticaAcciones

Hospital Sant Pau de Barcelona

Hospital Sant Pau de Barcelona

Brindaron con una copa de Listán rosado de Bermejo del año 2012, apurando los últimos restos de la botella. Vio en sus ojos la llama de la emoción, las ganas que tenía de besarle y pidieron la cuenta. No había más palabras que las miradas que se entrelazan para buscar un punto en común. Y los hechos discurriendo suaves a través de los segundos al pasar, como un reloj que levemente relata los acontecimientos que están por venir. No el amor, sino ese más allá que la fe que se apropia de noches que jamás se repetirán.

Pasearon cogidos de la mano dirección al hotel, apresurándose a rescatar cada momento que se perdía en cada segundo que no estaban a solas sobre la cama. La abrazó con sus brazos por su espalda mientras caminaban, atando cada recodo de su piel morena con la ilusión de no dejarla escapar. Ella sonreía constantemente, como si nunca nadie la hubiera abrazado de aquella manera tan especial, como si supiera que el amor la estaba cortejando incesantemente.

Al llegar, empujaron la puerta y Alexandre tomó en brazos a Lucía, más pequeña que él. Cargó con ella hasta la cama y se dejaron caer sobre la blancura de las sábanas. No supo cuánto tiempo pasó besándola y acariciándola como si nunca fuera a amanecer, como si eterno fuera un batirse en suspenso, intermitente e indescifrable. Se desnudaron mutuamente con más prisa que calma. Sus pieles se abrazaron y continuaron extenuados besos. El viento lanzaroteño golpeaba la ventana, que se abría y cerraba para dejar pasar a la sinrazón de lo que ha de venir al amanecer cuando el amor no ha alcanzado su cometido.

Pasaron minutos y después horas. Rodaron inevitablemente por cada centímetro de la superficie en que se buscaban el uno al otro. Él sobre ella y ella sobre él imaginaron cómo sería una vida con tantas noches como aquella. Sintieron la grandeza del éxtasis cada vez que alcanzaban el clímax al mismo tiempo, como si cada radiante vaivén estuviera previsto y juntos pudieran rozar la luna con sus deseos más ansiados. No se soltaron ni un segundo, y al final de la madrugada, cuando las estrellas pusieron fin al espectáculo de luces, el rugir del sol encajó definitivamente la puerta de la ventana y abrió la puerta del dormitorio para ver salir a Lucía a medio vestir, con los tacones en las manos y sus pantalones ajustados y blusa vaquera desabrochados.

Miró durante un breve instante al chico que le había cautivado aquellos hermosos días, y después se marchó a casa, donde le esperaba su familia. Prefirió no pensar al mismo tiempo en que Alexandre soñaba con una vida ejemplar en la que amar y ser amado a un mismo nivel. Prefirió abandonarle para evitar la responsabilidad de elegir, para acallar los momentos en que entregarse cuando los demás necesitaban el aliento para continuar, para quedarse egoístamente para sí ese pequeño respiro que el amor te hace sentir que es para el prójimo. Se fue, indecisa pero habiendo decidido irse, con la mente en blanco y pidiéndole al corazón que se enfriara lo antes posible. Para qué sentir. A lo mejor para no vivir triste cada mañana, para mantener la ilusión y lanzarse al vacío de la esperanza. Pero no, marchó con los brazos cruzados abrazados a su propio cuerpo, en persecución de un recorrido más corto, de un lugar inexistente, de un momento único que nunca vendría…

Hacía rato que los pitidos y las gráficas sobre la pantalla medían la evolución del pulso de Alexandre. A su lado, Rebeca caminaba de un lado hacia otro de la habitación, llevándose las manos a la cabeza y culpándose una y otra vez por el grave suceso acontecido. Alexandre no tenía familia. Ella era en aquellos momentos su única esperanza, y no le abandonaría.

Su cabello dorado brillante contrastaba con las lámparas de la habitación, y su mirada marinera se refugiaba tras el rímel corrido de haber llorado desconsoladamente durante largo rato. Miró a Alexandre una y otra vez y se maldijo de nuevo. Quién era aquel solitario muchacho que le había embelesado en tan poco tiempo. Quería saber más cosas de él, conocerle a fondo pero ahora se debatía entre la vida y la muerte, por su culpa, por su insistencia en saber sobre su vida sentimental. No tenía ningún derecho a hacer lo que había hecho, debía haberse comportado de otro modo.

Sus ojos de la mezcla más hermosa entre el verde y el azul le miraron entristecidos. Mantendría la fe. Eso se dijo en cada paso que daba alrededor de la cama de Alexandre, que la sentía cerca, que en cierto modo yacía expectante y valiéndose de sus persistentes ganas de vivir. Y así se sucedió un día tras otro, en que la creencia de un final u otro disipaba otra existencia que no fuera la que había entre aquellas cuatro paredes. Lo único que contuvo la melancolía de Rebeca eran los sueños, las ganas que tenía de recuperar aquellos momentos con aquel chico que le hacía temblar como nadie más.

Pasaron semanas en que Rebeca sólo regresaba a casa para ducharse y prepararse la comida para el resto del día. Ya no cantaba ni vivía más experiencia que la esperanza de ver recuperarse a Alexandre. Él se había convertido en su única vida, como si todo lo demás se hubiera detenido. Le nacía ser así, no se sentía obligada a estar allí, sino todo lo contrario. Los días se sucedían solitarios, allí se pasaba las horas recorriendo cada rincón de la habitación, mirando a través de la ventana los bellos amaneceres y anocheceres de la ciudad Condal. Algún día, pensó, fuera de allí podría perseguir cada estrella y sentir la leve brisa de la mañana junto a Alexandre. Seguiría creyendo en el día en que saldrían alegres por aquella puerta que se había cerrado a cal y canto, y que aquella tarde dio paso a una visita inesperada.

  – ¿Quién eres tú? – Preguntó Rebeca

  – Soy Lucía, vengo a ver a Alexandre, me han dicho que estaba aquí – el muchacho sobre la cama se movió, como si estuviera soñando, pero mantuvo los ojos cerrados. Ambas chicas miraron hacia la cama.

  – ¿Qué haces aquí? Ya puedes estar yéndote – le dijo Rebeca señalando la puerta.

  – ¿Y tú quién eres? – preguntó Lucía acercándose a Alexandre.

  – Eso a ti no te importa.

De repente, Alexandre volvió a moverse y su pulso comenzó a desestabilizarse, como si oyera la escena que ocurría a sólo un metro de distancia.

  – ¿Has visto lo que estás consiguiendo? Vete por favor – insistió Rebeca.

  – No me voy a ir a ningún sitio. He recorrido dos mil quinientos kilómetros para venir hasta aquí – adujo la lanzaroteña, desafiante.

Alexandre continuó moviéndose y por un momento pareció estar ahogándose. Rebeca pulsó el botón de emergencia para que alguien viniera a asistirle. Miró con desprecio a Lucía mientras llegaba la enfermera, que les pedía que abandonaran la habitación con la sensación de que algo se había sucedido minutos antes de que el muchacho comenzara a empeorar su estado. Entonces, todo ocurrió muy deprisa. La enfermera pidió más ayuda e instantes después, las dos chicas vieron pasar a su chico en una camilla empujada por los celadores.

Dicen que antes de morir se divisan en un instante los momentos más importantes de tu vida. También dicen que puedes elegir entre seguir hacia la luz blanca o detener tu paso y darte por vencido. Si al cruzar la barrera de lo imposible avanzas inexorablemente hacia la vida es entonces cuando el pulso se acelera y le demuestras al mundo que has vuelto para aprovechar cada minuto de tu existencia. Sonríe, no te dejes vencer por los momentos y las personas tristes. Algún día puedes volver a tener una segunda oportunidad. O no.

2 de febrero de 2014

Francis Campos

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