CAPÍTULO 9: Fue entonces cuando le miró por última vez.

 I

Egoísta el ángel que habita tristes veladas,

la soledad enamorada del clasista sol

que estropea amor con sal en el dolor,

falsa luz que despista grutas anheladas.

La pista gris que llama en brumas al calor,

que sigue su curso sin valor,

que ya no importa ni importaba,

que escapa siempre con temor

y entrega besos a cualquier albor,

y responde por nombre la olvidada.

Las noches condales, 2014  (Francis Campos)

Plaça Real de Barcelona

Plaça Real de Barcelona

Un día despiertas y te das cuenta de que estás solo, y te das cuenta de que siempre lo estuviste, y que el regalo del azar fue mantenerte a flote en los tiempos en que la soledad era la única cosa que te rodeaba. Eso debió pensar Alexandre cuando abrió los ojos por primera vez después de haber pasado los últimos tres meses desvalido.

No se preocupó lo más mínimo de su estado, y cuando quiso darse cuenta, ya se había incorporado sobre la cama y poco después incluso plantado los pies sobre el suelo hasta el momento de ver entrar en la habitación a la enfermera de turno, que atónita le contemplaba con los ojos como platos, como si ya hubiera apostado por la rendición del muchacho que acababa de demostrar que lo imposible es el pretexto que tienen quienes se sienten desafortunados por no querer cambiar aquello que les hace dormirse y despertarse habiendo perdido la ilusión por vivir.

  – ¿Se puede saber qué estás haciendo levantado? – Preguntó la enfermera.

  – Perdona, ¿Podría preguntarle al doctor cuándo volveré a correr? – respondió Alexandre con otra pregunta, al tiempo que la mujer, sorprendida, señaló la cama a la vez que le ordenaba volver a ella.

A varios kilómetros de allí, en la terraza del Restaurante Roma de la Plaça Real, un alto galés de cabello y ojos claros posaba sus ojos en la sonrisa del sueño de Alexandre.

Los dos soles del color de la melaza, a su vez lucían al compás de la luz de aquel día despejado, como concentrando todos sus esfuerzos en buscar sinergias y la alegría común de quien precisa un nuevo aliado para ser feliz, para sobrevolar un cielo que se le resiste. Él, con el gesto templado la contemplaba con la expectación del que impresiona sin hablar, sin hacer rugir el alma, con la sola muestra del “yo soy”, “yo he estado”, “yo tengo”, “yo haré”. Ella, cautiva y presa del esbelto talante astuto dio un sorbo a su dulce cocktail asintiendo a la pregunta de si asistiría a su próxima fiesta el siguiente fin de semana.

El chico, orgulloso de su porte caballeroso, le guiñó un ojo y miró hacia otro lado buscando una pose interesante de su perfil, sin mediar más palabras que las justas para asediar al pensamiento simple del festín efímero y fugaz tambaleo de las emociones.

Antes de marchar, ambas miradas conectaron y el chico la besó en la mejilla al despedirse. Ella sintiendo en su cara su barba de tres días, cerró los ojos tras mirarle por última vez, risueña y soñadora. Después, como desconectando fácilmente de escenario, se encaminó en metro dirección al Hospital de Sant Pau.

Aquella misma tarde, Rebeca estaba terminando de vestirse e iba a comenzar a maquillarse, para decorar más aún su gran belleza. Se disponía a visitar un día más a Alexandre, y era como si se preparara para darle al muchacho la bienvenida al mundo real. Eso hacía un día detrás de otro, al mismo tiempo que permanecía expectante y fiel a su esperanza.

Cuando hubo terminado, cruzó la puerta de su casa para partir hacia el hospital, justo en el instante en el que la vibrante lanzaroteña hacía acto de presencia en el hospital por primera vez en las dos últimas semanas. Entró con esa sonrisa inconfundible que escondía niveles de pensamiento ocultos y enlazados a esa constante búsqueda de la satisfacción momentánea, siempre inspirándose en los pequeños detalles, aquellos insignificantes placeres que nunca colmarían la plenitud de una existencia infinita. Irrumpió a lo grande en la habitación, con aquel torrente de risa impregnaba las paredes de un encantador ambiente que más valía que perdurara en el tiempo para enfrentarse a los días tristes que un día vendrían y mostrarían a todos que no hacer absolutamente nada servía para eso, para no alcanzar nada y quedarse siempre en el mismo estado en que uno se consumía a lo largo de los días.

Vio a Alexandre abrir los ojos como platos y apretar los puños al agarrar con fuerza las sábanas, como si rebobinara en su mente hacia experiencias olvidadas que le situaban en un punto de dolor que se calmaba con la presencia de aquellos ojos falsamente ilusionados, y que habían dejado de corresponderle hacía bastante tiempo.

Por un momento, Alexandre no musitó palabra alguna, aunque no dejó de mirarla. Ella cerraba los ojos cada cierto tiempo, apagando la visión durante un segundo en que evitaba encontrarse con las expectativas de aquel muchacho que nunca firmaría la rendición en ningún campo de su vida.

Hablaron de temas banales en una conversación en la que él apenas participó. Era como si ya se hubiera cansado de regalarse a pesar de que la seguía queriendo. Lucía, por su parte, se esforzó de mala gana en mantener un interés que se había evaporado con el tiempo. ¿Qué buscaba entonces? Pensó el chico al cerrar los ojos para evitar mirarla durante unos minutos en que descansaría.

Fue la aparición de Rebeca lo que rompió la placentera siesta del joven que de pronto se recuperaba a pasos agigantados. La muchacha llevó sus manos a la boca muy sorprendida al ver que Alexandre ya se había despertado. No cabía en sí de gozo, pero un segundo después, su gesto alegre le cambió por completo al ver que Lucía estaba arrebatándole aquel momento que le pertenecía por sus imperiosas ganas de mantener la fe en la capacidad del muchacho por salir a flote durante todos aquellos meses de letargo.

  – ¿Otra vez tú por aquí? – le preguntó a Lucía, quien se acercó desafiante a la rubia barcelonesa de hermosas facciones.

 – Puedes irte cuando quieras – contraatacó la isleña – Somos demasiados aquí dentro y llevo meses esperando este momento como para compartirlo contigo – mintió descaradamente y apretando los dientes en su afán por infundirle miedo.

En ese instante, una lágrima asomó por el rosto de la muchacha de ojos marítimos, como quien encaja un golpe que no espera y aguarda envistes que no merece. Por un momento, su cara de sorpresa había tornado a imagen desilusionada y visiblemente triste. Hubo un silencio que pareció durar horas, y Alexandre, que intentaba descifrar aquel momento de tensión, no fue capaz de comprender, y para entender, finalmente preguntó:

  – Lucía, ¿Quién es esta chica? ¿La conozco de algo?

 – Tranquilo Alexandre – se apresuró a contestar la joven de Lanzarote, sintiéndose victoriosa al invertir la suerte de los acontecimientos – ya se iba – añadió abriendo la puerta de la habitación e invitándola a salir descaradamente.

En ese momento Rebeca Romeu se sintió hundida al no esperar aquel giro radical de los hechos en los que había depositado toda su confianza. Maldijo a la vida y no pudo defenderse al ver que el muchacho había perdido parte de la memoria y ya no la recordaba.

Mantuvo su silencio cuando contenerse significaba retroceder, marcharse después de tanto esfuerzo y dedicación. No vio justicia ni razón en aquel suceso irreal que estaba robándole el tiempo que había guardado para regalar a Alexandre si algún día despertaba. Fue entonces cuando le miró por última vez dedicándole el confín de sus ojos mitad cielo, mitad mar, y sus lágrimas emulando a las olas que retroceden, y finalmente se van…

Palma d’Ebre, 9 de febrero de 2014

Francis Campos

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